6 de julio de 2026

Análisis

Síndrome de Miami

Facciones en competencia debaten el futuro de Cuba ante la catástrofe en curso

La anticipación define a Miami. La ciudad se desarrolló a principios del siglo XX en un terreno inhabitable. Fue construida sobre islas dragadas del océano y financiada por la especulación inmobiliaria respaldada por el Estado que, desde entonces, ha marcado su crecimiento a lo largo de repetidos ciclos de auge y caída. La riqueza se genera a partir de lo que se percibe que está por llegar: oleadas de nuevos habitantes, nuevas construcciones, entradas de capital, inflación de los activos. La anticipación también desempeña un papel fundamental en el régimen de gobernanza del riesgo de Florida—tanto en los mercados de seguros privados como en las finanzas públicas—, que intenta adaptarse frente a la amenaza de que sus costas del sur se sumerjan para finales de siglo como efecto del cambio climático.

Pero durante más de medio siglo, casi todas las miradas en Miami se han centrado con especial énfasis en un horizonte: la perspectiva de un cambio político en Cuba. La Habana está a solo 230 millas de Miami, más cerca incluso que la segunda ciudad de Florida, Tampa. El Ayuntamiento de Miami, en Coconut Grove, a orillas de la bahía de Biscayne, se encuentra en la antigua terminal de hidroaviones Pan American, que conectaba la ciudad con La Habana mediante vuelos diarios durante la Gran Depresión. La Marina la requisó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Miami servía de base militar, y el regreso de los militares tras la guerra desencadenó un auge demográfico y la expansión suburbana. Sin embargo, su economía turística seguía siendo relativamente limitada, y la ciudad se vio desgarrada por feroces divisiones raciales en las décadas de 1950 y 1960, que se vieron agravadas por la construcción de autopistas que aislaron a los barrios negros.

La ciudad se revitalizó a partir de 1959 con el éxodo de personas y capital provocado por la Revolución Cubana. Los exiliados cubanos —muchos de ellos miembros de la élite prerrevolucionaria— transformaron Miami de una ciudad turística para quienes venían del noreste en un centro de negocios internacional. Actualmente, 1,2 millones de cubanoamericanos residen en el condado de Miami-Dade, lo que supone más del 50 por ciento del total de su población.

La crisis de los misiles cubanos de 1962 consolidó a Florida como un importante baluarte ideológico y militar en la lucha contra el comunismo y otros enemigos de las causas conservadoras. Es un papel que el Estado—que actualmente alberga tres de los principales comandos de combate del ejército estadounidense—sigue desempeñando con entusiasmo hasta el día de hoy. Desde la pandemia del Covid, que los dirigentes republicanos de Florida vieron como una oportunidad lucrativa para atraer a personas y empresas a su estado libre, Miami se ha convertido en el patio de recreo de los multimillonarios, con una actividad comercial en plena ebullición: el “Wall Street del Sur”.

En los últimos meses, tras la intervención de la Administración Trump en Venezuela y el intenso bloqueo petrolero contra Cuba, las expectativas de un cambio político en La Habana han aumentado. El gobierno de Trump ha estado desplazando buques de guerra desde Oriente Medio hacia la isla, al mismo tiempo que ha intensificado sus sanciones económicas y sus operaciones de inteligencia en La Habana y Santiago. El 17 de mayo, Estados Unidos comenzó a acusar a Cuba de preparar ataques con drones contra las fuerzas armadas estadounidenses en Guantánamo y, posiblemente, en Cayo Hueso, en Florida. Varios días después, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó una acusación formal contra Raúl Castro, expresidente cubano y hermano de Fidel. Para muchos observadores de Miami y de otros lugares, Cuba parece estar de rodillas, con los logros de su revolución en peligro.

A medida que se agrava la crisis en la isla, Miami está preparando planes de contingencia para celebraciones públicas y una posible nueva oleada de migrantes—tal y como hizo a principios de la década de los noventa, cuando la caída de la Unión Soviética situó a Miami en la vigilia de la muerte del régimen cubano. Pero, al igual que en los años noventa, nadie tiene realmente “la más mínima idea de lo que pasaría si cayera el régimen de Castro”.

Desde la revolución de 1959, una característica persistente de la vida política de Miami ha sido el esfuerzo por presionar a Washington para que impulse un cambio de régimen en Cuba. Washington ha alimentado repetidamente esas expectativas solo para posponerlas de nuevo. Aunque hoy en día existe un amplio apoyo al cambio de régimen entre los cubanoamericanos del sur de Florida, no hay en absoluto unidad sobre la cuestión de cómo lograrlo, ni sobre la mejor manera de beneficiarse de ello. Si bien prácticamente todas las facciones prevén el fin del comunismo en Cuba, discrepan profundamente sobre qué debería sustituirlo. Los maximalistas —entre los que se incluyen grandes corporaciones estadounidenses, como Exxon— siguen buscando la derrota total del régimen de La Habana, acompañada de restituciones y reparaciones. Los grupos más pragmáticos y liberales abogan por una transición controlada basada en reformas de mercado y en evitar el colapso del Estado. Las élites empresariales más ricas de Miami, por su parte, siguen mostrándose reacias a invertir hasta que Washington asuma los riesgos políticos y financieros de la reconstrucción. El hecho de que sean las grandes empresas estadounidenses, los emporios que concentran la riqueza cubanoamericana o los propietarios de pequeñas empresas, las que impulsen la transición, sin duda tendrá consecuencias para el futuro de Cuba. No obstante, dada la crisis que se está desarrollando en la isla, no está claro hasta qué punto cualquiera de estas visiones sea realista a corto plazo.

Mientras tanto, Miami se sitúa a la vanguardia y, cada vez más, en el centro del poder financiero y político mundial, presentándose como una capital hemisférica y una puerta de entrada y salida hacia una América Latina, una región que la administración Trump está intentando someter a un control cada vez más directo. El futuro, por muy vago o incierto que sea, sigue siendo el proyecto que la ciudad mejor sabe vender, financiar y monetizar.

De Coral Gables a Hialeah

Desde el punto de vista administrativo, la ciudad de Miami es solo un municipio dentro de un área metropolitana más amplia que abarca los tres condados más poblados de Florida—Miami-Dade, Broward y Palm Beach—, que se extienden desde el océano Atlántico hasta los Everglades. En esta geografía política están grabadas profundas disparidades raciales y económicas. Múltiples generaciones de exiliados cubanos se entrecruzan en el sur de Florida, diferenciadas por la época de su llegada y los barrios en los que pueden permitirse vivir.

Desde el punto de vista administrativo, la ciudad de Miami es solo un municipio dentro de un área metropolitana más amplia que abarca los tres condados más poblados de Florida—Miami-Dade, Broward y Palm Beach—, que se extienden desde el océano Atlántico hasta los Everglades. En esta geografía política están grabadas profundas disparidades raciales y económicas. Múltiples generaciones de exiliados cubanos se entrecruzan en el sur de Florida, diferenciadas por la época de su llegada y los barrios en los que pueden permitirse vivir.

Los terratenientes adinerados (en su mayoría blancos) y la burguesía urbana que fueron desposeídos por la revolución y llegaron a Miami inmediatamente después están ahora firmemente integrados en las estructuras de poder de su país de adopción, y viven en las zonas inmobiliarias más cotizadas de Coral Gables, Pinecrest o Key Biscayne. Tras el fiasco de la Bahía de Cochinos y una serie de intentos clandestinos fallidos de asesinar a Fidel Castro y derrocar al régimen, los militantes exiliados se reinventaron como empresarios étnicos y se hicieron con importantes posiciones en la política y la economía. Estos primeros emigrantes fueron capaces de determinar tanto el éxito empresarial como el social de quienes les siguieron, en gran medida debido a la concentración espacial de los cubanos en el sur de Florida y a su sensación de aislamiento respecto a los demás, ya fueran sus anfitriones estadounidenses o sus vecinos latinoamericanos. La intolerancia política del enclave, según los sociólogos Alejandro Portes y Alex Stepick, “impuso una visión monolítica de la ciudad, a menudo sin tener en cuenta las preocupaciones e intereses de otros segmentos de la población”. A mediados de la década de 1980, Joan Didion describió a los exiliados cubanos en Miami abogando por el desmantelamiento total del régimen comunista y rechazando cualquier posibilidad de diálogo.

La firme oposición de estas generaciones al régimen de La Habana encontró su expresión política en las actividades de la Fundación Nacional Cubano-Estadounidense (CANF). Se trata de una organización de presión política creada en 1981, inspirada en el Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC). El fundador de la CANF, el magnate de la construcción Jorge Mas Canosa, fue una figura voluble que dominó la comunidad exiliada durante décadas.

En 1992, la revista Time lo describió como “el hombre que derrocaría a Castro”. En 1994, a cambio de un embargo estadounidense más duro contra Cuba, Mas Canosa respaldó la detención por parte de la Administración Clinton de refugiados cubanos en Guantánamo, revirtiendo la política de larga data de conceder asilo político a los cubanos. Clinton introdujo la interpretación “pie mojado/pie seco” de la Ley de Ajuste Cubano de la era Johnson, que especificaba que los cubanos interceptados en el mar serían devueltos, mientras que aquellos que lograran llegar a suelo estadounidense podrían reclamar legalmente el derecho a quedarse. A este endurecimiento de la política de inmigración cubana le siguió la Ley de Libertad y Solidaridad Democrática Cubana de 1996, respaldada por la CANF. Conocida popularmente como la Ley Helms-Burton, codificó el embargo económico de Estados Unidos contra Cuba e impuso sanciones a las empresas extranjeras que operaran en el país.

La generación original del exilio ya ha desaparecido en su mayor parte. Sus hijos y nietos suelen mantener el compromiso con el cambio de régimen, pero han construido sus vidas en Estados Unidos. Un ejemplo destacado es el secretario de Estado Marco Rubio. En su autobiografía—titulada, significativamente, An American Son—, Rubio, hijo de inmigrantes cubanos de clase trabajadora de la época prerrevolucionaria, se describe a sí mismo como “un heredero de dos generaciones de sueños incumplidos”.

Las oleadas posteriores de migrantes procedentes de Cuba han llegado a Miami en circunstancias diferentes, como las de quienes llegaron en 1980 como parte de la “crisis del Mariel”, cuando, bajo presión, el Gobierno cubano permitió que casi 120 mil de sus ciudadanos—muchos de ellos presos y enfermos mentales—emigraran a Estados Unidos. Otra oleada se produjo durante el Período Especial —un eufemismo para referirse a una de las contracciones económicas más graves en tiempos de paz de la América moderna. Con la caída de la Unión Soviética, principal patrocinador financiero de Cuba, el PIB del país se desplomó un 35 por ciento. El comercio se redujo en un 75 por ciento, y la escasez de alimentos y energía transformó la vida cotidiana. Durante la crisis de los balseros de 1994, entre treinta y cincuenta mil cubanos abandonaron la isla con destino a Florida, y muchos de ellos se ahogaron durante la travesía. El embargo más estricto de Mas Canosa tras 1994 frenó el flujo de balseros, pero se han dado oleadas posteriores de migrantes menos prósperos hacia Florida, como los más recientes “caminantes”, que desde 2017—gracias al fin de la política de “pie mojado/pie seco” por parte de Obama y a los privilegios especiales que aún se mantienen para los inmigrantes cubanos—han estado llegando a Estados Unidos a pie a través de México y solicitando asilo como muchos otros de todo el mundo. Una ola migratoria masiva desde la isla, que comenzó en 2021, contribuyó a hacer caer su población por debajo de los 10 millones de personas, de las cuales una cuarta parte tiene 60 años o más.

Con amigos y familiares aún en Cuba, y a veces décadas de experiencia bajo el comunismo, estos migrantes más recientes han sido tratados a menudo con recelo por la élite cubano-estadounidense. A su llegada, existe una enorme presión para adoptar la narrativa anticastrista obligatoria del exilio, aunque muchos mantengan vínculos con el mundo que dejaron atrás. Miami, escribió María de los Ángeles Torres, “es una ciudad en la que el deseo de relacionarse con la patria se ha considerado un acto de traición”.

Muchos recién llegados se han establecido en Hialeah, una ciudad de clase media-baja con una población latina del 90-94 por ciento, de la cual al menos el 75 por ciento es cubana. Se estima que 80 mil cubanos se trasladaron a Hialeah solo entre 2022 y 2024. Hialeah, centro neurálgico de miles de pequeñas empresas (casi el 93 por ciento tiene menos de diez empleados) y de autoempleados, es la principal vía de envío de remesas y mercancías a Cuba. Los defensores del movimiento MAGA siguen controlando las actividades de los cubanos de clase trabajadora de Hialeah en consonancia con el exilio: el joven alcalde de Hialeah, Bryan Calvo, está liderando actualmente una campaña de represión contra los pequeños comercios familiares que envían alimentos, medicinas y otros productos de primera necesidad a sus familiares en Cuba. El 8 de mayo de este año, el gobernador Ron DeSantis utilizó el Museo de la Bahía de los Cochinos, en Miami, como escenario para la firma de la Ley de Restricción y Aplicación de la Interferencia Extranjera. Conocida comúnmente como la Ley FIRE (HB 905), esta norma legislativa apunta contra la “influencia extranjera hostil” en Florida, centrándose en particular en las empresas que comercian con Cuba. Aunque estas medidas no son más que una mera pose política—la regulación del comercio es competencia federal y ya está controlada por la Ley Helms-Burton—, las amenazas de revocación de licencias pretenden frenar el apoyo político al diálogo con La Habana, así como el apoyo material y emocional a quienes se encuentran en Cuba.

¿Reforma y/o cambio de régimen?

La CANF ejerció su máxima influencia en las décadas de los 80 y los 90. Pero a mediados de la década de 2000, era obvio que el embargo más prolongado de la historia de Estados Unidos no había producido los resultados esperados en La Habana. El aparente fracaso de la Ley Helms-Burton abrió la puerta a que un grupo cubano-estadounidense diferente y más liberal saltara a la palestra. El Cuba Study Group (CSG) se formó a principios de la década de 2000 a partir de un grupo de élite de cubanoamericanos de la zona de Miami, la mayoría de los cuales son descendientes de la élite prerrevolucionaria y de la primera generación de inmigrantes.

Aunque se opone igualmente al régimen de La Habana, desde su aparición el CSG ha abogado por el diálogo y el acercamiento con el Gobierno cubano. En consonancia con la fe bipartidista en las revoluciones de colores y las transiciones democráticas que caracterizaron el “fin de la historia” y el momento unipolar de Estados Unidos, el CSG consideraba que el comunismo cubano era anacrónico y se encaminaba hacia la obsolescencia. En cuanto a la cuestión de la transición, tendría que ser más lenta y pragmática que cualquier cosa que hubiera defendido la CANF; ni los embargos ni la intervención militar servirían. Si se le daba el empujón adecuado, argumentaba el CSG, el cambio vendría desde dentro de la propia Cuba a través de reformas de mercado, el Estado de derecho y una “sociedad abierta”.

Este énfasis en las cuestiones de oportunidad y ritmo provenía del estudio minucioso que sus miembros habían realizado de las transiciones poscomunistas en Europa del Este. Con la perspectiva que da el tiempo, y conscientes de los peligros de la violencia durante la transición—como ocurrió en Rumanía en 1989—o de un retroceso democrático a largo plazo—como en la Hungría de Orbán—, asesoraron a la Administración Obama para que siguiera una vía de apertura gradual hacia Cuba durante los dos mandatos de su presidencia.

La visita de Obama a La Habana en marzo de 2016, la primera de un presidente estadounidense en ejercicio desde 1928, fue el punto álgido de esta apertura. El líder del CSG Carlos Saladrigas fue un participante clave en las negociaciones de Estados Unidos con el Gobierno cubano durante ese periodo, que dieron lugar al restablecimiento de las relaciones diplomáticas, la facilitación del comercio y las remesas, y la flexibilización de las restricciones de viaje. Aunque muchas de las medidas fueron posteriormente revocadas por la Administración Trump al año siguiente, Estados Unidos siguió fomentando las relaciones empresariales privadas con Cuba. El CSG, a través de su Fundación Cuba Emprende, ha formado a 15 mil propietarios de pequeñas empresas en Cuba y ha acogido a sus emprendedores en Miami. El CSG y otros pragmáticos consideran que las redes establecidas a través de estos contactos constituyen la base de lo que sería una transformación pacífica en Cuba, en la que el régimen comunista simplemente se “eliminaría gradualmente” sin grandes trastornos.

El grupo también se ha pronunciado en contra de la perspectiva de una transición que situaría a Cuba en la senda de desarrollo del Caribe: una economía dependiente del turismo y los cruceros. En su lugar, al CSG le gustaría transformar Cuba en un centro financiero y tecnológico análogo a Singapur, Israel o los países bálticos. Se considera que la tecnología financiera, la sanidad y la inteligencia artificial son el camino a seguir, además de las posibilidades de capitalización y rehipotecación para el sector privado, dada la elevada tasa de propiedad de viviendas en Cuba. Los informes del CSG hacen hincapié en el papel de “el notable dinamismo de las empresas privadas” a la hora de amortiguar, cuando no evitar, los efectos negativos de la devastada economía cubana. En opinión de los líderes cubano-estadounidenses del entorno del CSG, debería ser Hialeah, y no Coral Gables, quien impulse la transición.

El CSG mantiene estrechos vínculos con el grupo de abogados que ayudó a negociar un acuerdo el mes pasado por el que se permitiría a la empresa de Coral Gables, Vanguard Energy, suministrar petróleo al sector privado cubano, y su director ejecutivo se pronunció cuando Rubio bloqueó finalmente el envío. Consideran que las duras sanciones son lamentables, ya que devastan la economía cubana y bloquean el acceso de Cuba al sistema financiero internacional, lo que dificulta enormemente la inversión extranjera. Al mismo tiempo, han argumentado que las sanciones eran necesarias para presionar al Gobierno cubano a aceptar reformas: “Está claro que el principal obstáculo eran las autoridades y su tan invocada voluntad política, más que la viabilidad o la necesidad de las reformas”. El cambio de régimen sigue siendo el objetivo final inevitable para el CSG: aunque no se pueda prever el momento exacto del colapso y se deba fomentar un aterrizaje más suave, consideran que el fin vendrá impulsado por el agotamiento del experimento comunista y la ineptitud de su élite, más que por las acciones de Estados Unidos. Al igual que la generación del exilio, los líderes del CSG coinciden implícitamente con Rubio en que los comunistas cubanos no son solo comunistas, “eso ya es bastante malo, pero son comunistas incompetentes”.

Un «dulce trato»

Lejos de Hialeah, el grupo más influyente dentro de la diáspora cubano-estadounidense es el círculo de personas enormemente ricas y, a estas alturas, políticamente poderosas que se han hecho un hueco en los lujosos patios de Mar-a-Lago y en las cenas de Estado de la Casa Blanca. Pero desde que Trump intensificó el asedio a Cuba a principios de este año, estos donantes y simpatizantes se han mantenido sorprendentemente callados sobre la cuestión de la transición en Cuba.

Los Fanjul, los hermanos Mas y Benjamin León Jr. son descendientes de tres de las familias empresariales más destacadas de la Florida. Anticomunistas vociferantes, defensores del libre mercado y partidarios de la línea dura con Cuba, han crecido sus fortunas en Estados Unidos gracias a sus conexiones políticas y a las subvenciones gubernamentales. Los hermanos Fanjul, que ahora rondan los ochenta años, son los magnates azucareros de Florida; sus vastos campos e ingenios azucareros en los límites de los Everglades se han considerado durante mucho tiempo como los principales responsables de la contaminación del agua. Hace una década, cuando Alfonso —Aly— Fanjul insinuó que podría estar dispuesto a invertir en Cuba, fue inmediatamente reprendido por las principales figuras políticas de la comunidad cubana. Rubio, el protegido político de los Fanjul, declaró en aquel momento que estaba “sorprendido y decepcionado” por la propuesta. Esta vez, los Fanjul se mantienen al margen, satisfechos con el “dulce trato” que ya recibieron de Donald Trump: el cambio en Coca-Cola al uso de la caña de azúcar.

Los hijos de Jorge Mas Canosa, fundador de la CANF, han optado por centrarse en los negocios en lugar de en la política, y han llevado a la empresa constructora de su padre, MasTec, a formar parte de la lista Fortune 500. Jorge Mas Canosa fundó la empresa en 1969 como contratista de servicios públicos; su ascenso reflejó la trayectoria general de la Florida de la posguerra. Al operar en un estado con legislación de “derecho al trabajo”, la empresa se basó en mano de obra no sindicalizada y se expandió desde el sector eléctrico hacia las telecomunicaciones, los oleoductos, las energías renovables y, más recientemente, la infraestructura de centros de datos. Además, se adjudicó el contrato para la reparación de la red eléctrica de Puerto Rico tras el huracán de 2018.

Los hermanos Mas, han aprovechado esta fortuna generada por la construcción industrial para convertirse en copropietarios (junto con David Beckham) del equipo de fútbol Inter-Miami, que hace dos años fichó a la superestrella argentina Lionel Messi. Actualmente, están dando los últimos retoques al Miami Freedom Park, un complejo de 131 acres al este del aeropuerto de Miami, que incluye un estadio de fútbol con capacidad para 25 mil espectadores, inmuebles de lujo, parques públicos y zonas comerciales. El nombre del proyecto evoca la cercana Freedom Tower, un centro de acogida para generaciones de inmigrantes cubanos. En un importante gesto simbólico, también está previsto que el Ayuntamiento de Miami se traslade al Freedom Park desde su histórico edificio Pan Am de 1931, situado en Coconut Grove. Dadas las necesidades de infraestructura de Cuba, MasTec está bien posicionada para convertirse en un actor crucial en su reconstrucción, siempre y cuando —y esta es la principal salvedad— el Gobierno de Estados Unidos corra con los gastos.

Benjamin Leon Jr. es un gran donante de Donald Trump y, actualmente, embajador de Estados Unidos en España. (Otros dos cubanoestadounidenses ocupan cargos de embajador designados por Trump, en Argentina y Panamá.) En 1964, el padre de León, Benjamin León Sr., fundó una pequeña clínica en Miami para los exiliados cubanos que llegaban. En 1972, padre e hijo presionaron con éxito a la Asamblea Legislativa de Florida para que aprobara la Ley de Organizaciones de Mantenimiento de la Salud (HMO) del 1 de octubre de 1972.

A su “Clínica Asociación Cubana” se le concedió la primera licencia de HMO en Florida, allanando el camino hacia un imperio sanitario cuyos centros médicos atienden ahora a más de 40 mil pacientes de Medicare en el sur de Florida. Cabría esperar que León liderara la campaña para privatizar la sanidad cubana—el único sector que, según el consenso general, es de primera categoría—, pero hasta ahora se ha mantenido en silencio sobre el tema, centrándose en cambio en reparar las relaciones entre Estados Unidos y España. La mayoría de los cubanoamericanos tienen vínculos familiares con España, que acoge a la segunda diáspora cubana más grande del mundo; muchos canales diplomáticos extraoficiales hacia La Habana suelen pasar por Madrid.

En marzo, el viceprimer ministro de Cuba, Óscar Pérez-Oliva Fraga, anunció que los ciudadanos cubanos residentes en el extranjero serían bienvenidos a invertir en el sector privado, pero ninguno de estos millonarios cubanoamericanos se está lanzando a la refriega. Para algunos, Cuba está demasiado deteriorada como para atraer a los inversores. El promotor inmobiliario Jorge M. Pérez, por ejemplo, una figura clave en el “mayor auge de la historia” de Miami, ha expresado públicamente su interés en devolver a la Habana histórica su antigua gloria, pero nada más. En abril, un grupo de empresarios cubanoamericanos vinculados al Partido Republicano se reunió para invertir millones en la isla, pero no sin el respaldo de Estados Unidos. Michael Fux afirmó que los inversores necesitarían supervisión federal “al menos hasta que Cuba se recupere. Una vez que lo haga, creo que podrá seguir adelante por sí sola”. Sin interés en realizar inversiones en un entorno jurídico y político incierto, las grandes empresas parecen contentas con esperar entre bastidores.

En Miami, Didion escribió: “Las revoluciones y las contrarrevoluciones se enmarcan en el sector privado, y el aparato de seguridad del Estado existe exclusivamente para ser reclutado por uno u otro actor privado”. En la “América de Trump”, gobernada desde Mar-a-Lago, en la cercana Palm Beach, los planes de política exterior aventureros e intervencionistas siguen expresándose en el lenguaje de los negocios—Trump ha dicho que quiere “hacer que Cuba sea un destino de inversión”—, aunque aún no está claro si el Estado llegará tan lejos como el sector privado exigiría para que este pueda adquirir una participación considerable en el futuro de Cuba.

Espiral descendente

El historiador Greg Grandin sostiene que Estados Unidos se ha constituido a través de repetidos encuentros, a menudo violentos, con el continente americano. La conquista y la revolución en Sudamérica y el Caribe definieron los propios horizontes políticos de Estados Unidos. La Revolución Haitiana de 1791 atormentó a los Padres Fundadores, intensificando sus temores ante una revuelta de esclavos y el desorden racial, aunque también permitió la expansión territorial que supuso la Compra de Luisiana. Los proyectos republicanos de Bolívar inspiraron a generaciones de movimientos anticoloniales, al tiempo que provocaban inquietud en Washington ante la aparición de modernidades alternativas que escapaban al control estadounidense. Y, tras 1959, la Revolución Cubana transformó Florida en una frontera militarizada e ideológica de la Guerra Fría, vinculando el destino de Miami a la isla caribeña situada a noventa millas de su costa. La radicalización política de Florida, sostiene Grandin, no puede entenderse sin comprender su papel como estado santuario para quienes huyen de los desafíos de izquierda en otras partes de las Américas. “Allí traman”, escribe Grandin, “como lo han hecho desde los tiempos de JFK y Nixon, su regreso al poder. Y allí estrechan lazos con sus compañeros conservadores estadounidenses, entendiendo que su lucha tiene un alcance hemisférico”.

Así, al igual que la Revolución Haitiana, la Revolución Cubana amplificó lo que Richard Hofstadter denominó en 1964 “el estilo paranoico” de la política estadounidense. Durante décadas, los cubanos —tanto comunistas como anticomunistas— aparecieron como figuras en la sombra detrás de las conspiraciones políticas más determinantes de Estados Unidos, desde la Bahía de Cochinos y el asesinato de John F. Kennedy hasta el Watergate, el Irán-Contras y las controvertidas elecciones presidenciales de 2000.

Al mismo tiempo, las diferencias intergeneracionales y las disparidades de riqueza, ingresos y clase —tanto en la Cuba prerrevolucionaria como en la posrevolucionaria, así como en sus comunidades de exiliados— siguieron influyendo en la política del sur de Florida y en las elecciones presidenciales. La respuesta de la Administración Clinton a la saga de 1999-2000 de Elián González —un niño de seis años rescatado en el mar mientras emigraba y que quedó atrapado en una batalla por la custodia entre su padre en Cuba y sus familiares en Miami— contribuyó a la pérdida del apoyo cubano a Al Gore en las controvertidas elecciones de 2000. El éxito de Obama a la hora de ganarse a los cubanos más jóvenes y la promesa de una apertura económica hacia Cuba hicieron que el voto cubano-estadounidense se decantara hacia los demócratas en 2008 y 2012. El descontento con el ritmo de los cambios políticos y económicos en Cuba, como consecuencia de las políticas gradualistas de Obama, hizo que el voto volviera a decantarse hacia los republicanos en las tres elecciones presidenciales posteriores.

Pero cuanto más se convertía Cuba en el centro de la imaginación política de Miami—y de Estados Unidos—, menos probabilidades tenía de triunfar su experimento socialista. De nuevo, al igual que Haití—que se vio agobiada por la aplastante indemnización impuesta por Francia en 1825 y aislada por la angustia racial de las potencias esclavistas—, Cuba fue sometida al embargo comercial más prolongado de la historia moderna, aliviado durante el período de la Guerra Fría por las subvenciones soviéticas. Y posteriormente, por la ayuda china, mexicana y brasileña, así como por el petróleo venezolano.

La crisis actual difiere de la prolongada crisis económica que sufrió Cuba en los años noventa. Desde aproximadamente el año 2016, la reducción del papel del Estado en Cuba, las renovadas sanciones estadounidenses durante el primer mandato de Trump, la destrucción de los ingresos por turismo a causa de la pandemia y la creciente deuda externa, generaron que la economía cubana entrará en una espiral descendente de la que quizá ya no pueda recuperarse. Incluso sin la agresión militar de los buques de guerra que ahora rodean la isla.

Hoy en día, las imágenes que llegan desde La Habana se asemejan a las de Puerto Príncipe. Montañas de basura sin recoger se acumulan en las calles. Los hospitales se quedan sin electricidad durante intervenciones quirúrgicas y tratamientos críticos. Las farmacias están vacías. Barrios enteros se sumen en la oscuridad durante horas o días enteros a medida que la red eléctrica falla repetidamente. Profesionales, médicos, ingenieros y jóvenes abandonan la isla en cantidades sin precedentes, incluso para los estándares posrevolucionarios. El endurecimiento del bloqueo petrolero estadounidense y la interrupción de todas las transacciones con el exterior han puesto de rodillas a la ya debilitada economía cubana.

Los dirigentes de Miami—compuestos principalmente por cubano-estadounidenses—observan este deterioro con notable indiferencia. Las expresiones públicas de empatía quedan eclipsadas por el discurso ritualizado del anticomunismo y el cambio de régimen. Los gestos humanitarios se tratan con recelo. Los envíos de ayuda por parte de organizaciones solidarias como CODEPINK han sido denunciados por políticos estatales como “turismo comunista de mal gusto”, y han sido blanco de activistas exiliados de línea dura que temen que cualquier alivio del sufrimiento pueda prolongar la vida del régimen. La misma ciudad que en su día celebró la llegada de los cubanos ahora participa con entusiasmo en la maquinaria antiinmigrante del Estado estadounidense contemporáneo. La oficina local del ICE en Miami ha liderado el país en deportaciones. Los inmigrantes cubanos, que antes eran acogidos como refugiados del comunismo, ahora son perseguidos como todos los demás en virtud de las políticas de inmigración de la era Trump. Alligator Alcatraz, el famoso centro de detención de Florida situado en los Everglades, fue construido por inmigrantes cubanos de segunda generación: Carlos Duart y su esposa, Tina Vidal-Duart, y su grupo empresarial CDR.

Mientras tanto, Miami se encuentra en pleno auge de la construcción, financiado por capital privado y por la riqueza extranjera que huye del país. Las exenciones fiscales están impulsando la construcción de rascacielos. Actualmente hay aproximadamente noventa rascacielos en fase de construcción, desde los rascacielos del Waldorf Astoria y el Delano hasta la prevista Biblioteca Presidencial Donald J. Trump. La FIFA ha transformado Coral Gables en el centro administrativo del Campeonato Mundial de Fútbol de 2026, mientras que Doral, el complejo de golf de Trump, se prepara para acoger la cumbre del G20 en septiembre. Stephen Ross, socio de Jorge Pérez en Related Group, y el fundador de Citadel, Ken Griffin, han lanzado “Ambition Accelerated”, una campaña publicitaria y de imagen de marca de 100 millones de dólares que busca atraer a directores ejecutivos y líderes empresariales al sur de Florida. Palantir, proveedor de vigilancia algorítmica y vigilancia, ya se ha trasladado a Aventura. Miami prospera gracias a la especulación y a la promesa de Trump de que Florida ocupará un lugar geopolítico central en un hemisferio en pleno proceso de reorganización.

Ni siquiera desde los rascacielos más altos de Miami se ve Cuba. El horizonte se curva, ocultando la isla. Distraída por su propio éxito, Miami brilla con intensidad mientras las luces de Cuba se apagan. Incluso antes de esta última ola de intensificada coacción económica, los indicadores económicos de Cuba se parecían cada vez más a los de Haití. A diferencia de Venezuela, Cuba no posee ni reservas de petróleo ni materias primas estratégicas capaces de sostener una transición prolongada. Y hay pocos indicios de que la campaña de presión de Washington haya preparado a un sucesor político viable capaz de gobernar la isla en caso de que el régimen actual se derrumbe o se fracture. Trump, siempre aceleracionista y creador de espectáculos, quizá desee escenificar la rendición de Cuba coincidiendo con el aniversario 250 de la independencia estadounidense y las celebraciones del Mundial en Miami. Llegue o no el “Cuba Libre” a tiempo para la final del Mundial, cualquier cambio que beneficie genuinamente a los cubanos sigue estando muy lejos.

Further Reading


Asalto Donroe

Geopolítica del imperialismo en “Nuestra América”

El proyecto de supremacismo estadounidense de la doctrina Donroe, redefine la dominación imperial bajo el ideario de la "Gran Norteamérica".

Cuba bajo asedio

La asfixia energética como instrumento de presión imperial

El más reciente "bloqueo petrolero" impuesto por Estados Unidos sobre Cuba exacerba el histórico asedio contra la isla y el frustrado anhelo imperial.

Fin de la Revolución Bolivariana

La recolonización de Venezuela

Aunque el futuro es incierto, la intervención estadounidense y la capitulación gubernamental parecen sellar el fin de la Revolución Bolivariana.

;