Número 1, junio de 2026
Análisis
Asalto Donroe
Geopolítica del imperialismo en “Nuestra América”
Convocados bajo la iniciativa denominada “Escudo de las Américas”, doce jefes de Estado de la región latinoamericana y caribeña concurrieron el pasado mes de marzo a una cumbre de países en un club de golf en Doral, Miami—propiedad del presidente Donald Trump—donde se reafirmaron los preceptos de seguridad continental establecidos por el denominado Corolario Trump y la más reciente Estrategia de Seguridad Nacional.
Los principales líderes de la derecha política que han profundizado su alineamiento al proyecto regional de Washington y los principios doctrinarios del Departamento de Estado y de Guerra estadounidenses aplaudieron sin reticencia la conformación de la Coalición Anti-cárteles de las Américas. Una plataforma que consiste en coordinar operativos y cooperación militar orientada al desmantelamiento de los cárteles de droga en la región y la lucha contra el “narcoterrorismo”—además de la implementación de políticas antiinmigrantes y para la contención de China en la región—. En esta Cumbre destaca la ausencia de los representantes de México, Colombia, Brasil y Canadá, que han reivindicado un grado relativo de soberanía en materia de seguridad y un posicionamiento claro por el respeto a la libre determinación. Refleja también, los términos del sometimiento y el alcance regional del actual despliegue de la geopolítica de asedio y subordinación imperial ordenada bajo los principios de la denominada Doctrina Donroe a escala hemisférica.
El imaginario imperial que aquí se conceptualiza como “Donroe”—síntesis crítica entre la Doctrina Monroe, el Destino Manifiesto y sus exacerbadas reformulaciones contemporáneas derivadas del Corolario Trump—puede leerse como un dispositivo de producción de espacialidades de poder supremacista para la dominación sin hegemonía, más que como una simple doctrina de política exterior. En este sentido, el presente análisis conjuga tres estampas analíticas que permiten comprender las continuidades, cambios y disputas de este imaginario geopolítico de larga duración.
La primera de ellas aborda los legados en pugna entre monroísmo, panamericanismo y antiimperialismo nuestroamericano. Para ello se discuten los preceptos fundacionales de una matriz geopolítica que ha combinado expansión territorial, institucionalización hemisférica y producción de legitimidad imperial, en tensión permanente con legados ideológicos alternativos que han incentivado la unidad regional latinoamericana y reclamos emancipatorios—desde el integracionismo de Simón Bolívar hasta la defensa revolucionaria de la soberanía y el antiimperialismo de José Martí—. Pero hoy, el panamericanismo es un andamiaje de dominación institucional en plena crisis y el hemisferio, más que una referencia geográfica, constituye una construcción política estratégica en plena contienda.
La segunda se concentra en la definición de los preceptos que promueve la Doctrina Donroe a partir de la toma del poder presidencial por parte de Donald Trump. En esta fase, que representa la quinta etapa del imperialismo hemisférico, el imaginario imperial se redefinió como una geopolítica abiertamente unilateral y supremacista, centrada en valores securitarios, raciales, patriarcales y nacionalistas que articulan militarización, coerción económica y producción de amenazas.
La tercera estampa analiza el despliegue geopolítico concreto de esta doctrina en el contexto actual, caracterizado por la disputa global por recursos estratégicos, la presión arancelaria, el endeudamiento y la subordinación militar. Su proyección multiescalar manifiesta una profundización en los términos de control territorial y de la capacidad de intervención directa de Estados Unidos sobre todas las esferas de poder soberano de sus “socios”. Para ello se articulan imaginarios, dispositivos económicos y estrategias militares que redibujan el mapa de la seguridad regional.
Las tres estampas conjugan un lienzo útil para interpretar el proyecto de supremacismo estadounidense en la clave doctrinaria Donroe y los actuales términos de la dominación imperial en esta quinta etapa. Esta doctrina se expresa en una visión de realineamiento sobre el hemisferio que ahora se presenta no como una relación entre el Norte y el Sur, sino una expansión ideológica basada en la noción de la “Gran Norteamerica”. Se trata de un diagnóstico necesario para incidir en los ambiguos derroteros de las agendas antiimperialistas que hoy reclaman el horizonte de “Nuestra América”.
Legados en pugna
En su discurso de 1904 ante el Congreso, Theodore Roosevelt hizo explícita la fusión de dos idearios imperiales: la Doctrina Monroe (1823) y la Doctrina del Destino Manifiesto (1845). La primera establecía que el continente americano no debía ser objeto de colonización europea, mientras que la segunda legitimaba la expansión territorial de Estados Unidos como un mandato histórico. Esta convergencia doctrinal sentó las bases de una proyección continental que combinó principios de defensa hemisférica con prácticas de dominación. Pero el imperialismo estadounidense no es simplemente una actividad unilateral de subordinación. Siempre ha sido cuestionado y remodelado por aquellos movimientos que se resisten a él.
En una suerte de microhistoria crítica del imperialismo estadounidense y el antiimperialismo latinoamericano es posible distinguir cuatro periodos históricos y un panamericanismo diverso, con sus respectivas formas de resistencia latinoamericanista que preceden al periodo actual de imperialismo en clave Donroe.1 Pablo González Casanova, (<)em(>)Imperialismo y Liberación. Una Introduccion a la Historia (<)/em(>)(Mexico City: Siglo XXI Editores, 1985). Jaime Preciado, “Pan-Americanismo: Un instrumento geopolítico para la implementación de la Doctrina Monroe,” in (<)em(>)La doctrina Monroe contra América Latina y el Caribe(<)/em(>) (<)em(>)(1823–2023)(<)/em(>), ed. Carlos Oliva Campos (Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2023). Leandro Morgenfeld, (<)em(>)Nuestra América frente a la doctrina Monroe(<)/em(>): (<)em(>)200 años de disputas (<)/em(>) (Buenos Aires: CLACSO; Batalla de Ideas, 2023). Their histories are defined by five historical periods.
Microhistoria crítica del imperialismo y las resistencias latinoamericanas
| Periodo histórico | Orientación del Panamericanismo | Principios doctrinarios del imperialismo | Resistencias latinoamericanistas |
| Primer periodo (1776-1933) | Panamericanismo fundacional (1776-1880) | Destino Manifiesto Doctrina Monroe | Proyecto bolivariano: Carta de Jamaica Congreso Anfictiónico de Panamá |
| Panamericanismo imperial (1881-1933) | Primera Conferencia Panamericana Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe (1904) | Herencia del pensamiento antiimperialista de José Martí Nuestra América | |
| Segundo Periodo (1934-1953) | Panamericanismo del «Buen Vecino» | Política de la «buena vecindad» y «solidaridad hemisférica» Dominio político y militar: TIAR – esfera militar; OEA: relaciones interamericanas; BID: desarrollismo y endeudamiento. | Constitución de la alianza desarrollista de los regímenes populistas en contra de la burguesía imperial |
| Tercer periodo (1954-1980) | Panamericanismo de la Seguridad Nacional | Doctrina de Seguridad Nacional Política contrainsurgente y antirrevolucionaria: Escuela de las Américas Operación Cóndor Contención anticomunista Alianza para el Progreso | Triunfo de la revolución cubana y emergencia de los movimientos de liberación nacional Antiimperialismo revolucionario y popular Teología de la liberación Triunfo de la revolución Sandinista en Nicaragua Estallidos revolucionarios y contrainsurgencia en Centroamérica |
| Cuarto periodo (1981-2020) | El Panamericanismo neoliberal | Neoliberalización de las relaciones internacionales Consenso de Washington Cumbre de las Américas ALCA como panamericanismo multilateral TLCs y ALC subregionales como estrategia del panamericanismo unilateral Creación del Comando Norte | Ciclo de contestación social de 1989 (Caracazo) a 2001 (que se vayan todos) Revolución Bolivariana Levantamiento zapatista Foro Social Mundial y Alianza Social Continental Ciclo de gobiernos progresistas |
| Quinto periodo (2021-2026…) | Crisis del panamericanismo liberal y supremacía unilateral trumpista | Make America Great Again America First Corolario Trump-Rubio Doctrina Donroe Intervención militar en Venezuela “Escudo de las Américas” Gran América del Norte | Eje Brasil- Colombia – México frente al unilateralismo estadounidense Frente Antifascista Mundial ALBA Movimientos |
El primero de ellos se refiere al panamericanismo fundacional. En él se establecieron los principios imperiales con los cuales Estados Unidos amplió sus aspiraciones expansionistas de alcance regional, a las de una potencia continental. Un hito central fue la Guerra hispano-estadounidense de 1898, tras la cual desplazó a España de su control colonial sobre Cuba y condicionó su independencia plena bajo la enmienda Platt, e inició la ocupación militar de la isla hasta 1902. Para luego expandirse sobre Puerto Rico, Filipinas y Guam, y convertir a la primera en dependencia colonial y a los segundos en territorios no incorporados.
Cabe señalar que la dominación imperial atribuida a estos principios doctrinarios emergió cuando ya se habían consumado la mayoría de las independencias de Hispanoamérica continental. De hecho, para 1815 la Carta de Jamaica escrita por Simón Bolívar planteaba la unión de las naciones independizadas y el Congreso Anfictiónico, celebrado en 1826, pudo plasmar dicho ideario al convocar a la unión hispanoamericana como contrapuesta a la política panamericanista. Por su parte, mientras se concretaba la primera Cumbre Panamericana de corte monroísta en Washington en 1890, el ideario de José Martí, asentado en el emblemático ensayo de Nuestra América de 1891, se expandía entre voces independentistas, anticoloniales y de movimientos soberanos populares convocados a construir un movimientos de unidad regional antiimperialista.
De ahí, que el imperialismo estadounidense no sea la fuente de una sola vertiente definida desde la dominación, sino una categoría en disputa que expresa el antagonismo y la resistencia de las más diversas reivindicaciones independentistas, soberanistas y demandas emancipatorias. Al igual que la idea de americanidad y la concepción misma de continente y hemisferio. La impronta panamericana basada en el Corolario Roosvelt ha alternado desde entonces, entre la gunboat diplomacy, expresada en violentos procesos intervencionistas que incluyeron invasiones, derrocamiento de gobiernos y anexiones territoriales, y la carrot diplomacy, manifiesta en la negociación, la concertación política y comercial y un sistema de endeudamiento.
El segundo periodo refiere al panamericanismo del «Buen Vecino» (1933–1953) que sentó las bases de una cooperación hemisférica y las primeras instancias multilaterales del incipiente sistema interamericano. A lo largo de dos siglos, la dominación geopolítica continental estadounidense buscó institucionalizar un Sistema Interamericano y una plataforma expansiva de control militar. Se instaló la política interamericana en este periodo con una preponderante influencia de los intereses imperiales expresados en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947) y diez Conferencias Panamericanas celebradas desde 1889 hasta 1954. Así como en la creación de la Organización de Estados Americanos (1948), como espacio político diplomático “promotor” de valores de gobernanza democrática, pero que ejerció como plataforma orientada a la contención anticomunista y el aislamiento de países y movimientos contrarios a la hegemonía estadounidense.
En este periodo, los países latinoamericanos y caribeños reaccionaron frente al panamericanismo y surgieron movimientos nacional-populares que impulsaron un proyecto de emancipación frente a las burguesías nacionales y las oligarquías sostenidas por Estados Unidos y Europa. Así como un proceso de integración social basado en el fortalecimiento del mercado nacional protegido.2Enrique Dussel. (<)em(>)20 tesis de política(<)/em(>). (México: Siglo XXI / Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe, 2006), 93. o lo que Cardoso y Faletto denominaron como “alianza desarrollista” entre los sectores industriales y los sectores obrero-populares.3Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto. Dependencia y Desarrollo en América Latina. México, D.F.: Siglo XXI, 2007), 107.
No obstante, la pretensión de cooperación condujo una vez más a la violencia unilateral. Entre 1954 y 1980, en el contexto de la contención anticomunista en América Latina durante la Guerra Fría, surgió una tercera fase: el panamericanismo de Seguridad Nacional manifiesto a través de intervenciones directas e indirectas de Estados Unidos en la región. Este ciclo inició con el golpe de Estado de 1954 en Guatemala y siguió con el intento de invasión a Cuba en 1961; la recuperación panameña de su Canal interoceánico después de la revuelta soberanista en 1964; el golpe de Estado contra el gobierno de João Goulart en Brasil ese mismo año; la intervención militar en República Dominicana en 1965; el asesinato de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia en 1967; el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile en 1973 y la Operación Cóndor en Argentina, en 1975.
El despliegue de infraestructura militar se convirtió en un eje clave para el control hemisférico imperial. Primero, con la creación del Comando de Defensa del Caribe durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo objetivo era controlar el Canal de Panamá, vigilar el Caribe y coordinar misiones militares en la región. Además, nació la Escuela de las Américas, un espacio de adiestramiento que sentó las bases del imperialismo contrainsurgente, por medio del entrenamiento ideológico-militar que moldeó varias de las academias militares y el perfil de las fuerzas armadas latinoamericanas. Para 1963, surgió el Comando Sur (SOUTHCOM), centrado en la contención anticomunista y de las revoluciones populares, y en la expansión de la Doctrina de Seguridad Nacional basada en tácticas contrainsurgentes, operaciones encubiertas y asistencia subordinada hacia Washington. Los legados de estos organismos configuran las actuales alianzas militares continentales.
En conjunto, esta etapa consolidó una estrategia hemisférica orientada a preservar un orden geopolítico favorable a Estados Unidos mediante la represión de proyectos políticos considerados adversos a sus intereses, en detrimento de la unidad y la resistencia latinoamericana. No obstante, la Revolución cubana se convirtió en una inspiración para diversos movimientos de liberación nacional y un epicentro de formación política, militar e ideológica central para diversas experiencias guerrilleras en la región. Fue en esta geografía insurgente que maduraron las más relevantes premisas antiimperialistas del siglo, el internacionalismo solidario, el movimiento de países no alineados y la promoción de un humanismo revolucionario en amplias esferas intelectuales, periodísticas y artísticas de toda América Latina, África y Asia.
Con Ronald Reagan en la presidencia de Estados Unidos, inició una nueva fase de panamericanismo neoliberal que sintetizaba la tesis del Estado mínimo con la teoría de la ‘seguridad nacional’.4 Gonzalez Casanova, Pablo. “La teoría del Estado y la crisis mundial”. En (<)em(>)El Estado en América Latina. Teoría y práctica(<)/em(>), ed. by Pablo González Casanova (México, D.F.: Siglo XXI Editores / Universidad de las Naciones Unidas, 1990), 19. Esto contribuyó a configurar un “supuesto derecho” de intervención en distintas partes del mundo, especialmente en el Caribe y en Centroamérica. En su búsqueda por reforzar su dominio en el continente americano, el gobierno de George H. Bush postuló en 1990 la Iniciativa de las Américas y una serie de Cumbres bianuales a partir de 1992 como parte de las nuevas agendas de postguerra fría.
El gobierno demócrata de Bill Clinton profundizó el giro neoliberal con el objetivo central de concretar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), asumida como prioridad hemisférica por el gobierno de George W. Bush. A ello se sumaron las nueve Cumbres de las Américas realizadas entre 1994 y 2022. A pesar del énfasis en el comercio y los mercados, el panamericanismo neoliberal se acompañó de una agenda de seguridad crecientemente unilateral. En 2002 se creó el Comando Norte (NORTHCOM), como reacción al 11 de septiembre de 2001, incorporando a México como parte del área prioritaria de seguridad ante las amenazas transnacionales, y el lanzamiento de la guerra global contra el terror y la reorganización de la lucha contra el narcotráfico a escala regional.5 Bajo este esquema, las dos esferas de control geoestratégico definidas por el SOUTHCOM y NORTHCOM insertaron al continente a la estrategia de guerra global contra el terrorismo y la concepción de Estados Unidos como una potencia unilateral que asumía el rol de “policía global”.
Ante este panorama, la resistencia latinoamericanista abrió un ciclo de contestación social iniciado en 1989 con el “Caracazo” en Venezuela, la Campaña Continental 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular en 1990, y la articulación inter-escalar de movimientos sociales altermundistas y críticos de la globalización neoliberal, como el emblemático movimiento zapatista en Chiapas y el Foro Social Mundial en Porto Alegre, iniciado en 2001.6 Bringel, Breno y Cabezas, Almudena. “Geopolítica de los movimientos sociales latinoamericanos: espacialidades, ciclos de contestación y horizonte de posibilidades”. En (<)em(>)Anuario de la integración latinoamericana y caribeña(<)/em(>), ed. por Jaime Antonio Preciado Coronado (Guadalajara: Universidad de Guadalajara / University Press of the South New Orleans / Ediciones de la Noche, 2014). Durante más de una década se construyó un tejido regional contestatario, fuente de un multilateralismo de lo social que marcó la resistencia al panamericanismo en general, y al neoliberalismo en particular.7El levantamiento zapatista en 1994 se convirtió en un referente global de resistencia altermundista al oponerse al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), mientras que la Alianza Social Continental (ASC) surgida a finales de la década de 1990 amplio una coalición social transnacional contra el neoliberalismo y en defensa de la justicia social. Además florecieron las Cumbres de los Pueblos y poderosos movimientos indígenas, afrodescendientes y de mujeres en todo el continente.
La Venezuela bolivariana, epicentro estratégico de una geopolítica contrahegemónica orientada a la integración regional, obtuvo un relevante apoyo popular en varios países de América Latina. La implosión del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) en 2005 tuvo como contraparte la creación de relevantes instituciones regionales autónomas al sistema panamericano, tales como la Unión Suramericana de Naciones (UNASUR), la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que articuló gobiernos y movimientos populares en una nueva etapa regional antiimperialista y de autonomía surlatinoamericana que incorporó a Cuba al espacio de concertación latinoamericana y “debilitó” sustancialmente el alcance de la Doctrina Monroe.
El gobierno de Obama, a través del secretario de Estado J. Kerry, declaró en 2013 que dicha doctrina “había terminado” y que daba inicio un escenario de cooperación para que todos los países se consideraran iguales y se adhirieran “no a una doctrina sino a decisiones que tomamos como socios”. La proyección geopolítica bolivariana, el peso de Brasil como una potencia intermedia en Sudamérica (reflejada en su adhesión al bloque BRICS) y la creciente fuerza de autodeterminación regional en un escenario global con crecientes demandas por un orden pluripolar contrahegemónico, abrió un nuevo ciclo para Nuestra América. Bajo esta concertación política latinoamericana y caribeña, la región fue declarada como una zona de paz, un principio que se sostuvo como un pilar hasta el año 2026, en que las agresiones militares estadounidenses en el Gran Caribe fracturaron este consenso.
El fin del gran ciclo progresista en gran parte de los países sudamericanos Sudamérica para la segunda década del siglo XXI, la relativa crisis de la izquierda política—con particulares acotaciones en Brasil, México, Colombia y Chile en donde alcanzaron los gobiernos nacionales— se sumaron al contradictorio ciclo de agotamiento de los procesos revolucionarios del siglo XX. Esto derivó en una crítica descomposición de los procesos de integración nuestroamericana y, en paralelo, al ascenso de la extrema derecha y el recrudecimiento del autoritarismo en varios países de la región.
Actualmente, la amalgama entre el monroísmo y el Destino Manifiesto comprende la histórica proyección continental de una potencia hegemónica en crisis que se aferra a una decadente unipolaridad “destinada” a conducir a la humanidad bajo los principios de una supremacía militarista. Paradójicamente, la impronta de dominación explícita sobre el hemisferio occidental en el actual reordenamiento mundial dinamita la propia institucionalidad panamericana construida a lo largo del siglo XIX y XX.
Imperialismo en clave Donroe
En 2016, Donald Trump comenzó a delinear su proyecto político-ideológico a partir de la constitución del movimiento MAGA (Make America Great Again). Con posturas antiinmigrantes y nacionalistas, el primer gobierno de Trump profundizó su rechazo al multilateralismo comercial como el Tratado México, Estados Unidos, Canadá (T-MEC) y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), a los que responsabilizó de la pérdida de empleos industriales en Estados Unidos.8 Tovar Ruiz, Juan. “La doctrina Trump en política exterior: fundamentos, rupturas y continuidades”. (<)em(>)Revista CIDOB d’Afers Internacionals(<)/em(>) 120 (2018): 264. El giro hacia una doctrina de seguridad nacional ortodoxa y la exacerbación nacionalista se tradujo en una paulatina apropiación de los principios fundamentales de la Doctrina Monroe para definir su relación hacia América Latina y el Caribe.
Si bien en la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de 2017, el hemisferio occidental aparecía como una prioridad relativamente secundaria dentro de la jerarquía geográfica de la política exterior, sí sostenía la centralidad del narcotráfico en la estrategia de seguridad nacional. El documento destacaba el papel de China en su búsqueda por atraer a la región a su órbita mediante inversiones y préstamos impulsados por el Estado. Mientras que consideraba como fallida y anacrónica la política de Rusia orientada a reforzar a sus aliados radicales: Cuba y Venezuela.
Aunque la proyección geopolítica panamericana durante la administración de Joe Biden significó un breve impasse en esta estrategia, el retorno a la Casa Blanca de Donald Trump se inició una etapa que profundizó los principios ideológicos de la doctrina American First. Este terremoto interno se vincula con una profundización explícita del retorno a los principios monroístas y una proyección imperialista supremacista. En su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, a diferencia de la de 2017, posicionó al hemisferio occidental como la región prioritaria dentro de la proyección estratégica estadounidense:
Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y potente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos.
El denominado “Corolario Trump” aspira a refundar los principios históricos bajo la pretenciosa formulación de una “Doctrina Donroe”, cuyo objetivo es dual: “reclutar” aliados consolidados en el hemisferio con el fin de controlar la migración, detener el flujo de drogas y fortalecer la estabilidad y la seguridad tanto en tierra como en el ámbito marítimo. Así como “expandirse” mediante el cultivo y fortalecimiento de nuevas alianzas, al tiempo que se refuerza el atractivo de Estados Unidos como socio económico y de seguridad preferente en el hemisferio.
Con ella se inaugura la quinta etapa de un imperialismo supremacista que exacerba la herencia histórica de las etapas más agresivas del expansionismo y el intervencionismo estadounidense. Pero también socava la institucionalidad panamericana, al suplantar los mecanismo interamericanos por nuevas instancias personalistas, alineadas al esquema ideológico de la extrema derecha y al unilateralismo imperial sin el mínimo consenso ni la concertación de las agendas regionales.
La nueva etapa de imperialismo en clave Donroe ha definido un tránsito postpanamericano, en consonancia con el declive de los postulados de hegemonía neoliberal y los principios del Consenso de Washington. Su enfoque estratégico es coercitivo, expresado en la externalización total del fenómeno migratorio y profundizando la persecución y expulsión de la población inmigrante a niveles históricos. Lo que amenaza, incluso, en desdibujar los fundamentos básicos de ciudadanía estadounidense, bajo los postulados de un nacionalismo fascista del movimiento MAGA que conduce la razón de Estado. Un perfil que podría interpretarse como una superpotencia iliberal que acelera su crisis de hegemonía global, al desestructurar sus alianzas estratégicas, como en el caso de la OTAN, y al subordinar su agenda exterior a la política de guerra israelí y al suplantar la institucionalidad multilateral de la ONU, bajo la figuras como la Junta de Paz. Una instancia personalista que pretende implementar un plan de reconstrucción en la franja de Gaza tras el genocidio perpetrado por Israel entre 2024 y 2025.
La ruta imperial sobre América Latina y el Caribe se ha definido por el asedio político, económico y militar con aspiraciones expansionistas. Desde esta perspectiva doctrinaria, su premisa geopolítica ha sido clara: quien domine el Gran Caribe dominará el corazón del hemisferio occidental.
El presidente venezolano Nicolás Maduro se convirtió en el objeto mediático utilizado por el Pentágono para justificar una militarización exhaustiva del Gran Caribe. Se inició una campaña de bombardeos sistemáticos en aguas del Caribe y el Pacífico colombiano que derivó en la destrucción de más de 45 lanchas no identificadas desde septiembre de 2025 hasta el primer trimestre de 2026, lo cual significó el asesinato extrajudicial de al menos 150 personas. A esto se sumó una campaña de asalto militar centrado en la incautación de buques petroleros que se propuso tomar un control de facto sobre las aguas del Caribe y otras latitudes de mares internacionales a lo largo del Atlántico para apoderarse de todo el petróleo venezolano e interrumpir los flujos energéticos entre Venezuela y sus principales socios energéticos.
En este contexto, llegó la intervención militar del 3 de enero sobre Venezuela, con el objetivo central de tomar el control energético del Gran Caribe, reorientar el capital petrolero de las principales reservas del mundo mediante reformas estructurales, contener un estallido social a gran escala al interior del país, reestructurar las cadenas de mando del régimen de gobierno (sin transición democrática) y revertir las históricas relaciones del gigante energético con Rusia, China e Irán. El aislamiento y el colapso programado sobre el régimen de Cuba es parte de una brutal estrategia de asfixia energética, tras la abrupta suspensión del proyecto de Petrocaribe, el cual representó una fuente vital para la isla por dos décadas y media.
El ajuste doctrinario hemisférico y su nueva impronta imperial posee particular visibilidad en la estrategia de seguridad lanzada en el segundo año de la administración Trump. Durante la Conferencia de Jefes de Defensa del Hemisferio Occidental, celebrada el 11 de febrero de 2026, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, llamó a los jefes de defensa y altos líderes militares de 34 países del hemisferio a unirse para disuadir a los “malos actores.” En la primera “Conferencia de las Américas contra los Cárteles” Hegseth se refirió a los adversarios que amenazan la seguridad y la geografía compartida del continente, al intentar desplazar “la histórica relación ‘Norte-Sur’ que excluye a los Estados Unidos y otras naciones occidentales, pero que incluye potencias no occidentales y otros adversarios.
Desde esta perspectiva definió un mapa estratégico que rechaza la noción de Sur Global y pondera la noción de la Gran Norteamérica. Hegseth afirmó: “todas las naciones y territorios soberanos al norte del Ecuador, desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana, no forman parte del Sur Global. Es nuestro perímetro de seguridad inmediato en este gran vecindario en el que todos vivimos. Cada uno de estos países limita con el Atlántico Norte o el Pacífico Norte.”
En este tenor, el secretario de “guerra”, reafirmó su perspectiva fundamentalista de la geografía y la cultura occidental, al definir a las naciones de “Norteamérica” como “cristianas bajo la protección de Dios,” con una “herencia común.” De allí que esta etapa imperial supremacista sea portadora de una carga ideológica basada en la doctrina de seguridad nacional-continental. Así como en un determinismo geográfico expansionista en torno al cual asume la territorialidad continental como una “esfera natural” de subordinación ante el reordenamiento global.

Mapeando la «Gran Norteamérica»
En esta redefinición del hemisferio como la Gran Norteamérica, el nacionalismo autoritario de la administración Trump se ha traducido en una diplomacia transaccional, fundada en la amenaza y la negociación, particularmente a través de una política arancelaria agresiva. A ello se suma su articulación con la cooperación militar e incentivos financieros basados en el endeudamiento. En conjunto, estos mecanismos buscan influir tanto en los procesos electorales como en la definición de políticas de seguridad y migratorias. Lo que se traduce en la ampliación de la capacidad real de intervención en los territorios latinoamericanos bajo la virtual amenaza del narcoterrorismo.
En esta nueva etapa del imperialismo, es posible identificar un mapa geopolítico cuyo despliegue se expresa a través de cuatro dimensiones. La primera se manifiesta en un imaginario geopolítico que busca la “naturalización” de la expansión territorial que abreva del legado monroísta. Para ello se exacerba un ficticio nacionalismo económico mientras se profundiza el acceso al poder de oligopolios tecnológicos y corporativos que controlan masivamente datos, plataformas, redes y sus algoritmos. De esta forma, los dueños de las principales infraestructuras mediáticas—y en algunos casos también principales financiadores del actual presidente republicano—conducen un aparato ideológico que ha producido los discursos que fundamenta el persistente asedio anexionista promovido por el gobierno de Trump. Estos imaginarios geopolíticos imperiales, expresados en la recreación del “tío Sam” que amplía sus territorios hacia Canadá, Groelandia, Cuba y Canadá, proyectan los principios históricos de expansión e intervención sustentada en la política del Gran Garrote (big stick policy) y la aberrante “diplomacia de las cañoneras”.
La segunda dimensión del despliegue geopolítico se relaciona con la búsqueda de control sobre los recursos naturales. La Reunión Ministerial de Minerales Críticos convocada en febrero de 2026 por el Departamento de Estado refleja una plataforma que busca profundizar los términos del acceso sobre la riqueza natural y controlar el mercado global de acceso a dichas fuentes. Con canales ístmicos estratégicos en el centro del hemisferio que conectan las rutas del Atlántico con el Pacífico y un “potencial relativo de autosuficiencia” que podría otorgar a la potencia hegemónica una situación de invulnerabilidad relativa. La región latinoamericana y caribeña alberga cerca del 20 por ciento de las reservas de petróleo, el 25 por ciento de los metales estratégicos y más del 30 por ciento de los bosques primarios del mundo. Venezuela posee el 17,5 por ciento de las reservas mundiales de petróleo. El triángulo de Litio que conforman Argentina, Bolivia y Chile, concentra los mayores recursos del mundo.
El viraje ideológico de los gobiernos de Chile y Bolivia, tras las elecciones de 2025, se suman al eje de países subordinados al alineamiento con Washington, lo cual podría significar un revés a la capacidad de incidencia estratégica de China en esta región.9Chile y Perú conservan una posición fundamental como líderes mundiales en cobre; mientras que Brasil, Jamaica, Guyana ocupan un lugar relevante en la producción y reservas de bauxita (aluminio). Brasil, por su parte, tiene una relevancia central en el mapa de minerales críticos, en particular sobre el níquel, el cobalto, tierras raras y grafito. Dada la proporción de su territorio, representa una fuente de reservas extraordinaria. La posición soberanista del gobierno de Lula da Silva, su rol estratégico como miembro del bloque BRICS+, su relación comercial con China—que constituye su principal socio comercial—y su extraordinaria diversificación comercial, resultan un contrapeso central a la estrategia de dominación imperial.
La tercera dimensión del despliegue intervencionista se expresa a través de una sistemática presión comercial arancelaria orientada a fortalecer la estrategia diplomático-transaccional que somete a los países a reorientar sus políticas de seguridad, generar recambios ideológicos internos y limitar el acceso a las zonas estratégicas en el hemisferio. Todas estas estrategias transaccionales son parte del discurso de America First y la lucha contra el narcoterrorismo, y prácticamente se han enfocado en revertir las relaciones comerciales, la política de inversiones y la infraestructura activa por parte de China en la región. Así ha ocurrido en el caso del Canal de Panamá, en donde el gobierno panameño acató las presiones estadounidenses de anular la concesión a una empresa hongkonesa que desde 1997 operaba dos puertos en el Canal.
La estrategia arancelaria, si bien ha sido una medida de alcance global, en la región latinoamericana ha enfrentado singulares matices definidos por la negociación de Trump y su equipo con cada uno de los jefes de Estado, condicionados en todos los casos por el grado de subordinación y alineamiento existente. Las políticas arancelarias se han convertido en una palanca de presión política para lograr concesiones en tratados comerciales. O para intervenir en asuntos políticos internos, como ocurrió con el intento de imponer aranceles en julio de 2025, con el fin de presionar al gobierno de Lula Da Silva respecto al proceso judicial enfrentado por el ex presidente Jair Bolsonaro por su responsabilidad en el intento de golpe de Estado entre 2022 y 2023. Así se expresó en el conjunto de acuerdos comerciales y de inversión con Guatemala, Argentina, Ecuador y El Salvador, anunciados en noviembre de 2025, los cuales otorgan un acceso específico al mercado estadounidense y de Estados Unidos a dichas economías nacionales.10Siempre bajo la condición de evaluaciones periódicas no condicionadas a acuerdos comerciales previos—tales como el CAFTA-RD, o acuerdos de libre comercio firmados con anterioridad—. Este mecanismo de reajuste sobre las relaciones comerciales se ampara en la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA) que Trump ha utilizado para subordinar el mapa comercial a sus prioridades de seguridad y migración.11 Una disposición, por cierto, altamente vulnerable ante el reciente (<)a href='https://www.dw.com/es/supremo-de-eeuu-declara-ilegales-los-aranceles-impuestos-por-trump/a-76065075'(>)fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos(<)/a(>), el cual ha determinado que el presidente excedió su autoridad, al imponer una serie de aranceles que trastocaron el comercio mundial.
El apoyo personalista del presidente Trump también se ha manifestado en el nuevo esquema condicionado de endeudamiento hemisférico a través del Fondo Monetario Internacional (FMI). En Argentina, Trump apoyó abiertamente al partido de Javier Milei en las elecciones intermedias de 2025 bajo la amenaza de descartar un paquete de ayuda económica por 20 mil millones de dólares a través del FMI. De igual manera manifestó su apoyo al candidato conservador Nasry Asfura, del Partido Nacional en las elecciones de Honduras de 2025, y presionó a la autoridad electoral para revisar revertir los resultados que desfavorecían a “su candidato” bajo la amenaza de retirar cualquier apoyo al país centroamericano.
Mientras aumentaban los bombardeos extrajudiciales en el Caribe contra “fuentes de narcoterrorismo”, Trump exoneró a Juan Orlando Hernández, el expresidente hondureño que cumplía una condena de 45 años por narcotráfico y lavado de dinero en territorio estadounidense.12En abril de 2026 (<)a href='https://www.diario-red.com/articulo/america-latina/exclusiva-audios-revelan-que-israel-pago-liberacion-juan-orlando-hernandez-que-trump-ayudando-regresar-presidencia-honduras/20260429021833068541.html'(>)el diario Red y Hodurasgate(<)/a(>), filtraron fuentes que revelan una operación de corrupción e injerencia política en Honduras, con la participación directa de Donald Trump y Bejamín Netanyahu. Según esta fuente, Estados Unidos e Israel, a través del expresidente hondureño “indultado”, pretenden la construcción de una nueva base militar, que Honduras diseñe una ley a su medida para incentivar la inversión en Inteligencia Artificial, y dominar las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico. En paralelo, el gobierno estadounidense logró presionar al FMI para entregar préstamos no sólo a la Argentina, sino también a Ecuador (6.500 millones de dólares) y El Salvador (2 mil millones de dólares), tres aliados estratégicos subordinados a este nuevo esquema de endeudamiento hemisférico y al modelo oligárquico neoliberal.
Finalmente, la cuarta dimensión se expresa en la construcción de alianzas basadas en la subordinación económica y militar de gobiernos de extrema derecha que han asumido un alineamiento ideológico explícito con el Corolario Trump. Su convergencia en materia migratoria y de seguridad posee una correlación con el alarmante giro fascista del paradigma migratorio interno de Estados Unidos a través del CBP y ICE.13 De acuerdo con(<)a href='https://www.aclutx.org/cbp-fatal-encounters-tracker/'(>) ACLU Texas(<)/a(>) hasta marzo de 2026 se han registrado un total de 367 muertes, de las cuales 78 corresponden a menores, 51 a ciudadanos estadounidenses/residentes legales permanentes; 62 corresponden a muertes bajo custodia; 16 muertes por agentes fuera de servicio; 23 relacionadas con el muro fronterizo; 119 por persecuciones de vehículos con la Patrulla Fronteriza; y 6 por tiroteos transfronterizos. Aunque el aumento de la cooperación en materia de seguridad—o en la dirección del uso soberano de las fuerzas armadas latinoamericanas para los fines de la agenda panamericana—se sustentan en una larga historia de imperialismo e intervención militar estadounidense en el hemisferio,De acuerdo con el más reciente Informe del Comando Sur para la Seguridad Hemisférica, se ha expedido un monto regional consolidado que alcanza 985 millones de dólares entre 2021 y 2024 durante la administración Biden.[/fn] existe una profundización coyuntural por el perfil subordinado de algunos gobiernos de la región. Así lo expresó la Conferencia de las Américas contra los Cárteles y la articulación del Escudo de las Américas este año.
Por su parte, en el marco de las amenazas arancelarias por parte del gobierno de Trump, México y Estados Unidos han intensificado la cooperación militar. Aunque la posición del gobierno mexicano ha sido la de preservar su soberanía territorial y el control sobre su estrategia de seguridad, también ha cedido gradualmente a las presiones estadounidenses. En febrero de 2025, Claudia Sheinbaum acató de forma inmediata la solicitud de fortalecer la frontera norte con el traslado de 10 mil elementos de la Guardia Nacional y el Ejército, sumados a los 32 mil elementos de la Guardia Nacional que ya estaban asignados a tareas de migración. Por su parte, entre 2025 y 2026, se transfirieron (sin el proceso de extradición formal) más de 90 líderes del narcotráfico que estaban en prisiones mexicanas a Estados Unidos.
Mientras que el gobierno de Gustavo Petro en Colombia ha sostenido una firme defensa de su soberanía y ha cuestionado la legitimidad de las estrategias de intervención impulsadas desde Estados Unidos, también ha operado dentro de los márgenes del sistema de seguridad hemisférico. En este sentido, pese a sus críticas, ha continuado articulándose—aunque de forma tensionada—con la estrategia estadounidense contra el denominado “narcoterrorismo”. Esto sin perder de vista la frágil posición geoestratégica de Colombia, que comparte una endeble frontera con una Venezuela recientemente intervenida, y con Ecuador, con el que guarda una tensa relación política y comercial, y un estrecho aliado con Estados Unidos.
Al cruzar los mapas del despliegue político-militar del aumento del control comercial estadounidense sobre la región y del acceso a recursos estratégicos, es posible identificar la materialidad de la disputa geopolítica que orienta la proyección estadounidense. En este marco hemisférico, cada territorio se configura como un campo de disputa por su control.
Creatividad antiimperialista
La quinta etapa de imperialismo estadounidense bajo la denominada Doctrina Donroe no sólo reactualiza viejos dispositivos de dominación, sino que tensiona los marcos mismos desde los cuales América Latina y el Caribe han pensado y ejercido históricamente su emancipación. En este escenario, la creatividad política e intelectual no puede limitarse a la denuncia del intervencionismo, sino que exige una relectura estratégica de la larga tradición latinoamericanista que, lejos de ser un repertorio nostálgico, constituye un campo vivo de producción teórica y práctica.
El antiimperialismo no es una posición fija, sino una constelación de disputas que deben ser actualizadas frente a nuevas formas de poder: la financiarización coercitiva, el extractivismo ampliado, la militarización securitaria y la hegemonía de las plataformas digitales. La tradición que va de Bolívar a Martí, de nuestras revoluciones a nuestros proyectos democráticos, pasando por las experiencias más recientes de concertación latinoamericana, sugieren que la unidad no es un dato, sino una construcción conflictiva que demanda voluntad política organizada, densidad social y una imaginación institucional novedosa. Así como sensible frente al irrenunciable multilateralismo que abreva de agendas sociales y defiende instituciones basadas en el derecho internacional.
En la coyuntura actual, los límites del panamericanismo se manifiestan en su incapacidad para ofrecer un marco legítimo de cooperación hemisférica. Lo que históricamente se presentó como integración ha devenido en un dispositivo de subordinación selectiva, ahora radicalizado bajo la Doctrina Donroe. Ello plantea preguntas fundamentales: ¿cómo construir un horizonte antiimperialista frente a un imperialismo que ya no se expresa únicamente en la ocupación territorial, sino en redes financieras, plataformas digitales y cadenas globales de suministro? ¿Qué significa hoy lo “nuestroamericano”?

Este legado no puede reducirse a un imaginario identitario abstracto, sino que se ha traducido en proyectos concretos de integración, justicia social y soberanía. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños es una de las expresiones más significativas de este proceso. Las voces de gobiernos y las prácticas de solidaridad internacional muestran las diferencias en la concepción de una creatividad antiimperialista. Figuras como Nicolás Maduro, Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum y Luiz Inácio Lula da Silva han denunciado, con distintos matices, el retorno de una lógica intervencionista hemisférica. Estas posturas, aunque limitadas por correlaciones de fuerza adversas en la región latinoamericana y caribeña, configuran un campo discursivo que mantiene vigente la crítica gubernamental al imperialismo y reivindican que este hemisferio nos pertenece a todos.
La unidad, por su parte, no puede pensarse únicamente como alianzas interestatales, sino como una articulación entre pueblos, movimientos sociales y espacios de producción de conocimiento, lo cual se materializa en la producción de un espacio y un territorio que dibujan imaginarios antiimperialistas y anticoloniales de pueblos indígenas, afrodescendientes y luchas populares. Más allá de los gobiernos, la creatividad antiimperialista se expresa con particular fuerza en la sociedad civil y sus nuevas reflexiones críticas derivadas de las organizaciones populares de izquierda social, como lo expresa, por ejemplo, el Manifiesto de Caracas (2025). Iniciativas como el convoy “Nuestra América” de solidaridad y contra el bloqueo energético hacia Cuba en 2026, las movilizaciones contra la intervención militar en Venezuela y las redes transnacionales de apoyo humanitario contra el genocidio en Gaza evidencian la persistencia de un internacionalismo activo.
Estas prácticas no sólo confrontan al imaginario imperial, sino que activan formas de solidaridad que conectan pasado y presente, y luchas locales con horizontes globales de resistencia popular antiimperialista y antifascistas. En esa tensión entre memoria y reinvención, entre fragmentación y articulación, se juega la posibilidad de un nuevo ciclo histórico para Nuestra América.
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