Número 1, junio de 2026
Análisis
Guerra comercial fallida
Brasil reclama su rol en el orden multilateral
En 2025, Brasil y Estados Unidos protagonizaron un incidente diplomático sin precedentes. Tras casi dos siglos de relaciones estables, Donald Trump rompió con esta tradición al imponer una serie de medidas coercitivas contra Brasil que incluyeron un aumento de aranceles del 50 por ciento contra los productos brasileños. Pero, además, las acciones unilaterales de Estados Unidos incluyeron intentos de injerencia política, sanciones contra autoridades en virtud de la Ley Magnitsky y la revocación de visados de miembros del Ejecutivo y del Poder Judicial. No obstante, lo que pretendía ser una demostración de fuerza económica y un ejercicio abierto de hegemonía acabaría, un año después, poniendo de manifiesto las grietas que amenazan los pilares del imperio. Los vaivenes de la agresión comercial contra Brasil ilustran el error de la estrategia trumpista.
Los posibles impactos de los aranceles sobre el rendimiento económico de Brasil causaron un fuerte temor inicial y una reacción mediática explosiva. Aun así, Lula no cedió ante las amenazas de Trump ni negoció condiciones más favorables a cambio de concesiones. Lo que siguió fue un rápido ciclo de adaptación, marcado por la compensación de la caída de las exportaciones a Estados Unidos con otros mercados. En lugar de una imposición imperial, la ofensiva estadounidense y la reacción brasileña apuntan en la dirección opuesta: la debilidad del ejercicio del poder de la potencia hegemónica global frente a la mayor economía de América Latina—región que, según la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, está sometida a la “Doctrina Monroe”—. Los aranceles fracasaron económica y políticamente: en 2025, las exportaciones de Brasil batieron récords, Bolsonaro fue detenido por la trama golpista y Brasil no quedó sometido a la tutela de Washington.
El desajuste entre las expectativas y la realidad en la agresión de Trump exige replantear el lugar de Brasil en la dinámica geopolítica global. La ofensiva se produjo en un contexto muy distinto al de otros episodios de presión comercial (y militar) de Estados Unidos en la región. En las últimas tres décadas, las relaciones internacionales del país han cambiado significativamente. En materia de diplomacia, el período democrático se ha caracterizado por el apoyo al multilateralismo, el fomento de la integración regional y la cooperación con otros países del Sur Global. En el ámbito comercial, China ocupó el lugar de Estados Unidos como principal socio económico, Asia y el Mercosur cobraron protagonismo como destinos de las exportaciones y el país adoptó una estrategia activa y coherente a través de la diversificación de sus socios. En este contexto, la subida de aranceles no hizo más que acelerar una reorientación que ya estaba en marcha. Se ha reforzado la capacidad de Brasil para absorber los choques externos sin converger hacia Washington y el país ha fortalecido sus lazos con socios más estables, tanto antiguos como nuevos.
Tres décadas de comercio exterior
Desde la redemocratización, la economía brasileña ha experimentado una profunda transformación. La dictadura militar impulsó un proceso de industrialización financiado mediante el endeudamiento externo, y caracterizado por el proteccionismo del mercado interno, una fuerte concentración de la renta y la represión de las clases trabajadoras. Las victorias electorales de Fernando Collor de Mello en 1989 y de Fernando Henrique Cardoso en 1994 y 1998, alinearon al país con el programa neoliberal. El período se caracterizó por una acelerada apertura comercial, un amplio programa de privatizaciones e incentivos al capital extranjero, además de la adopción de un plan de estabilización monetaria para responder a las secuelas inflacionarias de la dictadura.
En conjunto, estos acontecimientos expusieron a la industria nacional a nuevas vulnerabilidades. La apreciación del tipo de cambio abarató las importaciones y la apertura económica intensificó la competencia para la industria nacional. El país perdió el dinamismo económico alcanzado anteriormente y comenzó a registrar déficits comerciales.
A ello se sumó la entrada de China en el comercio internacional y el consiguiente choque de la demanda de recursos naturales. En la década del 2000, el significativo aumento de los precios de las materias primas afectó positivamente al comercio exterior brasileño: la riqueza en recursos naturales y tierras cultivables, así como la necesidad de reequilibrar la balanza comercial, consolidaron a Brasil como un proveedor clave. Irónicamente, la adopción del Consenso de Washington en la década de 1990 abrió el camino para el auge de la asociación con China en la década siguiente. A partir de 2001, Brasil volvió a registrar superávits comerciales.
Pero los cambios en el perfil productivo brasileño significaron algo más que una nueva era de protagonismo de China en la balanza comercial: en las últimas dos décadas, el comercio exterior del país experimentó un verdadero giro, marcado también por el declive de la importancia de Estados Unidos y por la ampliación significativa de las relaciones con otras partes del mundo. La transición del eje comercial del Atlántico al Pacífico y la búsqueda activa de nuevos mercados tuvieron especial relevancia a lo largo de los gobiernos liderados por el Partido de los Trabajadores, bajo los auspicios de una política exterior “activa y altiva”.
En otras palabras, entre 1990 y 2025 se produjo un cambio estructural en la inserción internacional de Brasil. En 1990, Estados Unidos era el destino de casi una cuarta parte del valor total de las exportaciones de Brasil—el 24,6 por ciento—, mientras que China absorbía solo el 1,2 por ciento. Diez años después, en 2000, el panorama seguía siendo básicamente el mismo: Estados Unidos lideraba con un 24,3 por ciento y China representaba el 2 por ciento del total exportado. A finales de la primera década del siglo XXI, el panorama se invirtió.
En 2010, la participación de China se disparó hasta el 15,3 por ciento, superando a la de Estados Unidos, cuya cuota cayó al 9,7 por ciento. Los años siguientes consolidaron esta tendencia: en 2015, China ya había alcanzado una participación del 18,8 por ciento en las exportaciones y, en 2025, figuraba como el principal destino de los productos brasileños en el mundo, con casi el 29 por ciento del total. La cuota de las exportaciones con destino a Estados Unidos, por su parte, fue del 12,9 por ciento en 2015, del 12 por ciento en 2024 y, en 2025, tras la imposición de aranceles, cayó al 10,8 por ciento. Los datos de Comtrade/ONU revelan también el crecimiento de las relaciones comerciales con otros socios a lo largo del periodo.

Lo que ocurrió no solo fue un “giro” de Brasil hacia China. El auge de las materias primas elevó la demanda mundial en su conjunto, y varios países empezaron a importar más de Brasil: en 1990, las exportaciones tenían 161 destinos; en 2000, la cifra aumentó a 201; y, en 2025, se registraron 215 compradores. Superar los 200 destinos significa que Brasil se relaciona con casi todo el universo de socios económicos reconocidos internacionalmente.1 Esto incluye, además de los Estados soberanos, a los territorios independientes y a las zonas aduaneras separadas, por ejemplo.
El ascenso de China estuvo directamente relacionado con la toma de la posición que anteriormente ocupaban Estados Unidos y otros miembros del G7, como Japón, Alemania e Italia. El gráfico que se muestra a continuación, que compara las exportaciones de Brasil a diferentes destinos en 1990, 2000 y 2025, ilustra esta tendencia. La evolución temporal de la participación de los diez mayores compradores y del «resto del mundo» en el total de las exportaciones de Brasil indica, además, el giro del Atlántico hacia el Pacífico y el aumento de la importancia de América Latina.

A mediados de la década de 2010, la desaceleración de China, la caída de los precios internacionales y la crisis interna en Brasil redujeron el valor de las exportaciones, limitaron las importaciones y provocaron una pérdida de la cuota de mercado del país en el comercio mundial. Pero ese impacto se compensó finalmente con una estrategia diplomática y comercial activa, en la que Brasil buscó nuevos mercados en Oriente Medio, el Sudeste Asiático, África y la propia América Latina. Desde la pandemia y el inicio de la guerra en Ucrania, la demanda de productos brasileños ha registrado un nuevo aumento significativo. El perfil geopolíticamente más neutral del país y el movimiento global de protección de las cadenas de suministro han hecho que Brasil emerja como un proveedor seguro en un escenario cada vez más inestable.
La defensa brasileña del “no alineamiento activo” y de los organismos y sistemas multilaterales de comercio encuentra, por tanto, un respaldo económico en la reducción de la dependencia comercial respecto al centro hegemónico del capitalismo global y en la capacidad de Brasil para absorber las crisis en las relaciones bilaterales mediante la expansión del comercio hacia otros lugares. Más allá de la dependencia respecto a China, que actualmente representa casi un tercio del total de las exportaciones, es un hecho que Brasil ha sabido desenvolverse en un mercado global más fragmentado, ampliando las asociaciones tanto en número como en alcance geográfico.
El vaivén de los aranceles
Desde la campaña para su segundo mandato, los aranceles han ocupado un lugar central en el discurso de Donald Trump sobre política exterior. Si la promesa ya era incongruente—la guerra comercial impulsada por Trump en su primer mandato, de alcance mucho menor, demostró que los aranceles repercutieron casi en su totalidad en los importadores y consumidores estadounidenses—, su aplicación resultó caótica. En febrero de 2025, al mismo tiempo que imponía un recargo del 10 por ciento a China, el presidente anunció aranceles del 25 por ciento contra México y Canadá, los socios comerciales más cercanos de Estados Unidos, ambos signatarios del T-MEC, acuerdo negociado por el propio Trump en 2018. Pero el siguiente paso de la nueva política comercial sería aún más disruptivo.
El 2 de abril de 2025, Trump anunció, a bombo y platillo, el “Día de la Liberación”. Fue como si el programa The Price is Right hubiera llegado a Washington, informó The Guardian. Sin ningún criterio económico, se impuso un arancel del 34 por ciento a China, del 20 por ciento a la Unión Europea y del 46 por ciento a Vietnam. La medida entraría en vigor el día 9 de ese mes. Pero, en la mañana del 9 de abril, Trump anunció la suspensión de los aranceles durante 90 días, periodo en el que todos los exportadores estarían sujetos a una tasa del 10 por ciento. Así nació la iniciativa de “90 acuerdos en 90 días”: el Gobierno del republicano presentó la primera “retirada” arancelaria como, en realidad, una estrategia de presión para que los países afectados firmaran acuerdos bilaterales favorables a Estados Unidos. Pero pasaron noventa días y, el 9 de julio de 2025, la maniobra ya se mostraba esencialmente fallida (incluso a finales de 2025, el éxito seguía siendo cuestionable) La Casa Blanca, entonces, se arriesgó con un tercer plan: el de las “cartas arancelarias”.
Brasil salió prácticamente ileso del Día de la Liberación, sujeto únicamente al tipo impositivo universal del 10 por ciento. Con el recargo de otros socios comerciales de Estados Unidos, hubo incluso quienes apuntaron a una apertura de oportunidades para la economía brasileña, que podría aprovechar la guerra comercial global para mejorar su posición en el mercado estadounidense. Algunos sectores de la economía llegaron a señalar una posible “victoria” en la guerra comercial: entre enero y junio de 2025, las exportaciones de café a Estados Unidos crecieron un 40 por ciento, mientras que las de carne se duplicaron. El café y la carne ocupaban, respectivamente, el tercer y cuarto lugar en la lista de productos brasileños más vendidos del país. El optimismo duró poco: noventa días después, el panorama se invirtió. El 9 de julio de 2025 se entregó la lista de aranceles de Brasil. Trump comunicó a la presidencia brasileña que todas las exportaciones destinadas a Estados Unidos estarían sujetas a un recargo adicional del 40 por ciento a partir del 1 de agosto, lo que suponía un gravamen total del 50 por ciento. Se trataba, por tanto, del arancel más alto impuesto en todo el mundo. Cualquier supuesta oportunidad creada en abril quedó suspendida. En tres meses, Brasil pasó de ser un potencial ganador de la guerra arancelaria a convertirse en el mayor perdedor.

Pero la particularidad del caso brasileño no se limitaba a eso. En esta ocasión, la principal justificación de las restricciones comerciales era política, y no económica: para Trump, el expresidente Jair Bolsonaro era víctima de persecución por parte de la justicia brasileña. Además de los aranceles, esto sirvió de base para medidas como la revocación de visados a autoridades brasileñas y la sanción, en virtud de la ley Magnitsky, contra Alexandre de Moraes, ministro del Tribunal Supremo Federal (STF) e impulsor del proceso que llevaría a Bolsonaro a la cárcel poco tiempo después.
En la carta de julio de 2025, Trump presentó tres motivos para la agresión comercial. En primer lugar, se refirió a la supuesta “caza de brujas” contra el expresidente Jair Bolsonaro. A continuación, mencionó la amenaza de Brasil a las “elecciones libres” y a la “libertad de expresión” del pueblo estadounidense—el texto calificaba las medidas reguladoras de las redes sociales como “órdenes de censura”—. El tercer motivo, por último, se refería a la relación comercial entre los países que, según Trump, estaría “lejos de ser recíproca”.
Inmediatamente, Lula publicó una nota en la que afirmaba que “Brasil es un país soberano con instituciones independientes” y que el proceso contra los implicados en el intento de golpe de Estado de enero de 2023 era competencia exclusiva del poder judicial brasileño. El documento desmentía, además, la afirmación de que Estados Unidos tuviera un déficit comercial con Brasil: según la propia Casa Blanca, desde 2008, la balanza comercial entre ambos países es favorable a Estados Unidos.
La inusual motivación política de los aranceles acaparó, en un primer momento, la mayor parte de la atención. En aquel momento, Paul Krugman cuestionó el efecto de la medida: “Las exportaciones a Estados Unidos representan menos del 2 por ciento del PIB de Brasil. ¿De verdad cree Trump que puede utilizar los aranceles para intimidar a una nación gigantesca, que ni siquiera depende mucho del mercado estadounidense, hasta el punto de llevarla a abandonar la democracia?”.
Pero el tema económico pronto recibió la atención que merecía. Representantes de la industria nacional defendieron la negociación de una suspensión de los aranceles, destacando la interdependencia de los mercados de ambos países. Las entidades empresariales de Estados Unidos, como era de esperar, se sumaron a la petición: quienes realmente soportan la carga de los aranceles de Trump son los importadores estadounidenses, que repercuten los costes a los consumidores del país. La Cámara de Comercio de Estados Unidos destacó que “más de 6.500 pequeñas empresas en Estados Unidos dependen de productos importados de Brasil, mientras que 3.900 empresas estadounidenses invierten en el país. Brasil es uno de los diez principales mercados para las exportaciones de Estados Unidos y el destino de aproximadamente 60 mil millones de dólares en bienes y servicios estadounidenses cada año”. La semana siguiente al anuncio de Trump, había esperanzas de que Brasil lograra aplazar la fecha de inicio de los aranceles, pero el equipo de Lula pronto empezó a afrontar directamente la posibilidad de que no hubiera acuerdo. Se comenzó a diseñar un fondo de crédito temporal para los sectores afectados. El Ministerio de Hacienda anunció un plan de contingencia. El Gobierno declaró que trabajaría para diversificar aún más sus socios comerciales y fortalecer el multilateralismo. Lula reafirmó su disposición al diálogo: “si Trump quiere, nuestra relación será la mejor posible”.
“Trump hizo grande a Lula otra vez”
Para la población estadounidense, la decisión de Trump de aumentar el precio de las importaciones brasileñas fue inoportuna. Incluso antes de que entrara en vigor el arancel del 50 por ciento, el mercado interno de Estados Unidos ya notaba el impacto inflacionista en productos que forman parte de la cesta de la compra de la mayoría de las familias: el café y el zumo de naranja. En 2024, Brasil suministró más de la mitad de todo el zumo de naranja comercializado en Estados Unidos y el 30 por ciento de los granos de café importados por el país. El anuncio de Trump provocó que el precio de ambas materias primas se disparara en el mercado interno. La semana siguiente al envío de la carta a Brasil, los precios del zumo de naranja congelado para entrega futura ya habían subido un 10 por ciento y los del café, un 6 por ciento.
Políticamente, en ese momento, Lula fue quien más se benefició. Desde el boom de las materias primas, la balanza exportadora del país no había sido tan favorable para la imagen del presidente. “Trump hizo grande a Lula otra vez”, afirmó un columnista de Veja, revista notoriamente conservadora. Las encuestas de opinión confirmaron las ganancias. En palabras del Washington Post, “Papá Noel llegó antes de tiempo para Lula, y el regalo lo envió Trump”. Mientras que los sectores progresistas se unieron en torno a Lula, en la oposición, el efecto no pudo ser peor. Titulares como “La reacción a Trump amplía la brecha entre los aliados de Bolsonaro” y “Trump pone de manifiesto el coste de Bolsonaro para la derecha” se publicaron repetidamente en los principales medios de comunicación del país. Las encuestas de opinión también señalaron el impacto negativo de la subida de aranceles entre los votantes de derecha. En Estados Unidos, la actitud de Trump fue desaprobada por la opinión pública.
La decisión de Lula de no ceder y buscar el diálogo tuvo éxito. La primera señal llegó ya en la orden ejecutiva del 30 de julio de 2025, que formalizó la aplicación de los aranceles a Brasil, pero incluyó una lista de 694 excepciones que abarcaba el 43,3 por ciento de las exportaciones brasileñas. Productos como combustibles, minerales, aeronaves civiles y fertilizantes quedaron exentos de los aranceles.
La tensión diplomática podría alcanzar su punto álgido en septiembre, cuando el STF juzgue la trama golpista. El día 11 de ese mes, Bolsonaro fue condenado a 27 años y tres meses de prisión. Se desmoronó lo que, según Trump, había sido el principal objetivo de la adopción de los aranceles. Pero, en lugar de un recrudecimiento de las relaciones, lo que se vio fue un cambio de rumbo por parte de Estados Unidos. El 23 de septiembre, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), Trump mencionó en su discurso la “excelente química” que sintió al reunirse brevemente con Lula entre bastidores. El 6 de octubre, ambos hablaron por teléfono e iniciaron negociaciones formales para el alivio de los aranceles. El 20 de noviembre, tras una reunión entre Mauro Vieira y Marco Rubio en Washington, se amplió la lista de exenciones al recargo del 40 por ciento. Otros 269 productos volvieron al tipo básico del 10 por ciento, como el café, el zumo de naranja y la carne. En ese momento, el New York Times anunció: “Brasil desafió a Trump y ganó”.
En febrero de 2026 se produjo un nuevo giro, de alcance mundial, cuando el Tribunal Supremo de los Estados Unidos declaró inconstitucional el uso de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés) para la imposición de aranceles. La decisión anuló el arancel exorbitante, pero la respuesta de Donald Trump fue inmediata: amparándose en la Ley de Comercio de 1974, el presidente instituyó un nuevo arancel global del 10 por ciento.
El panorama volvió a parecerse al de abril de 2025, con Brasil en ventaja en la comparación global. Los productos gravados con un recargo del 40 por ciento ahora solo estarían sujetos al arancel global del 10 por ciento. Pero la lista de exenciones a las exportaciones brasileñas, que incluye artículos importantes en la lista de exportaciones de Brasil a Estados Unidos, como petróleo, combustibles, minerales y aeronaves civiles, siguió vigente. Mientras que aliados como Japón y la Unión Europea entraron en un limbo comercial por haber cedido al acoso trumpista y haber firmado acuerdos bilaterales desfavorables, Brasil recuperó la competitividad frente a sus competidores sin aceptar ninguna de las exigencias de Trump.
El vaivén de un año de aranceles trumpistas revela elementos económicos y políticos centrales de las relaciones internacionales en la fase actual del capitalismo global. El declive de la importancia de Estados Unidos en la lista de exportaciones de Brasil explica la limitación de los efectos de la política arancelaria de Trump sobre la balanza comercial de la mayor economía de América Latina. Lejos de atraer de nuevo a Brasil con fuerza, Trump aceleró aún más esta tendencia. El análisis de los datos del comercio exterior brasileño no solo corrobora esta hipótesis, sino que sugiere un reposicionamiento más amplio del país, que va más allá del aumento de la participación china y apunta a una profunda reconfiguración de su inserción en la economía global.
El mundo como alternativa
A pesar de su tamaño y su importancia como proveedor mundial, Brasil tiene una economía bastante cerrada. En 2025, las exportaciones totales alcanzaron un récord histórico de 348.700 millones de dólares, lo que supone un crecimiento del 3,5 por ciento con respecto a 2024. Aun así, solo representaron alrededor del 17 por ciento del PIB del país, un nivel bajo en comparación con el resto del mundo. Según el Banco Mundial, en 2024, las exportaciones representaron el 30 por ciento del PIB mundial, el 25 por ciento del PIB de América Latina y el 50 por ciento del PIB de la OCDE.
El aumento de los aranceles tuvo, por supuesto, un impacto en las exportaciones de Brasil a Estados Unidos, que registraron la mayor caída desde la pandemia en 2025, con una contracción del 6,6 por ciento respecto al año anterior. Mientras tanto, las exportaciones a China crecieron un 6 por ciento, a la Unión Europea un 3,2 por ciento y al Mercosur un 26,6 por ciento. En el primer trimestre de 2026, Estados Unidos tuvo la menor participación de la serie histórica en las ventas brasileñas. El total en valor retrocedió un 18,7 por ciento en comparación con el mismo periodo de 2025.
En 2024 y 2025, las exportaciones de Brasil a Estados Unidos no representaron más del 2 por ciento del producto del país: la exposición de la economía brasileña al mercado estadounidense es limitada. Las crisis comerciales bilaterales pueden tener repercusiones sectoriales, pero tienden a no tener efectos macroeconómicos significativos. El crecimiento récord de las exportaciones en el año de los aranceles muestra cómo el principal impacto de la agresión de Trump fue intensificar la estrategia de diversificación de Brasil.La comparación del rendimiento comercial de Brasil en la primera mitad de 2025 (antes de los aranceles) y en la segunda (después de los aranceles) ilustra esta tendencia. En los primeros siete meses de 2025, las ventas a Estados Unidos crecieron un 4,8 por ciento; en los últimos cinco, registraron una variación negativa del 21,3 por ciento. En el caso de China, las exportaciones retrocedieron un 6,6 por ciento en los primeros siete meses y aumentaron un 29,8 por ciento en los últimos cinco. Las exportaciones a otros destinos, especialmente a países de Asia, África y Oriente Medio, también crecieron. Las ventas a Marruecos aumentaron un 62 por ciento y a la India, un 52,9 por ciento, por ejemplo. El gráfico siguiente muestra las variaciones de las exportaciones brasileñas a Estados Unidos, China y el resto del mundo entre 2024 y 2025.

El fuerte aumento de los aranceles no afectó negativamente a las exportaciones de Brasil. Al contrario, el país evitó posibles pérdidas gracias a otros mercados. Entre agosto y diciembre, China había absorbido el 37 por ciento del comercio afectado por los aranceles de Estados Unidos. Gran parte de ese volumen se debió a que China sustituyó materias primas que antes se importaban de Estados Unidos. En resumen, las secuelas de la guerra comercial de Trump contra Brasil distaron mucho de ser catastróficas. En el plano interno, el Gobierno brasileño logró un grado inusual de cohesión entre las fuerzas políticas y económicas, hasta el punto de aislar a la oposición de derecha en torno al tema y garantizar a Luiz Inácio Lula da Silva los índices de aprobación más altos del año. En el plano exterior, el país reafirmó la soberanía nacional como principio rector de su inserción internacional, algo que ni siquiera las potencias europeas lograron mantener con la misma consistencia. Para Estados Unidos, si uno de los motores de la “Doctrina Donroe” era disminuir la relevancia de China en las Américas, el “arancelazo” hizo precisamente lo contrario.
Es importante destacar que, a pesar de que los efectos macroeconómicos se han atenuado en gran medida, en algunos sectores la estrategia de compensar la caída de las exportaciones a Estados Unidos mediante la diversificación de mercados no ha tenido éxito. Según el Icomex publicado en marzo de 2026, “entre los 28 sectores analizados, 24 registraron un retroceso en las exportaciones entre el primer trimestre de 2026 y el de 2025. De ellos, 15 registraron una variación positiva en las exportaciones al resto del mundo y un retroceso en las ventas a Estados Unidos, mientras que 9 registraron una caída tanto hacia Estados Unidos como hacia el resto del mundo. Cuatro sectores aumentaron las ventas a Estados Unidos”.
Brasil se esforzó por mitigar estos impactos sectoriales. Uno de los principales mecanismos fue la creación del programa Brasil Soberano, gestionado por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). Se trata de una línea de financiación destinada a los exportadores afectados. En 2025, los desembolsos totales de la institución alcanzaron los 169.700 millones de reales, lo que supone un crecimiento del 27 por ciento con respecto al año anterior. Del total, Brasil Soberano aportó 19.500 millones de reales, destinados a 676 empresas. En 2026 se creó una nueva línea de crédito para apoyar a los sectores afectados por crisis globales.s.
El sentido de la soberanía
La coyuntura mundial y nacional ha situado el tema de la soberanía en el centro del debate político brasileño. A pesar del impulso político que el ataque de Trump supuso para Lula, sus efectos fueron tan volátiles como los de los aranceles. Y, aunque el intento de intervenir en el juicio de Jair Bolsonaro haya fracasado, el bolsonarismo seguirá siendo el principal adversario en las elecciones de octubre. La polarización entre una postura activa y altiva y una asociación subordinada a Estados Unidos volverá a reflejarse en las urnas.
A la cabeza de la carrera electoral se encuentran, por un lado, la extrema derecha representada por Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente e igualmente entusiasta de Trump; por otro, el lulismo, en busca de un nuevo mandato presidencial con la plataforma de defensa de la democracia y el multilateralismo. Flávio Bolsonaro ya está técnicamente empatado con Lula en las encuestas de intención de voto. Aunque los giros en el comercio internacional puedan indicar que habría una base material para el apoyo de diversos sectores de la economía a Lula, habrá otros factores en juego. El dominio financiero, los conflictos distributivos y los intereses de las grandes tecnológicas en el mercado brasileño son solo algunos ejemplos.
Las idas y venidas internacionales indican que pasarán muchas cosas de aquí a octubre. En cualquier caso, el análisis de los impactos de la política arancelaria de Trump sobre la economía brasileña ofrece algunas pistas sobre el momento histórico actual. En primer lugar, más que una demostración de fuerza, la ofensiva comercial de Estados Unidos ha ilustrado el declive del poder imperial sobre Brasil. En segundo lugar, aunque el aumento de la importancia de China en la balanza comercial brasileña sea relevante, por sí solo no explica la capacidad de absorber los ataques de Estados Unidos: el éxito va más allá de las relaciones bilaterales y apunta a la capacidad de operar fuera de un único eje de dependencia.
El caso brasileño sugiere que la construcción de un orden multipolar no depende exclusivamente de la emergencia de nuevas potencias, sino también de la ampliación del margen de maniobra de los países intermedios. El error de cálculo de Washington no fue solo económico, sino geopolítico: las políticas de coacción son cada vez más limitadas en un orden internacional en el que las potencias medias logran resistir sin alinearse. En este sentido, la defensa del multilateralismo no es simplemente un artificio retórico de la diplomacia brasileña. Tiene una base material en el reposicionamiento internacional de Brasil.
Esto cambia el eje del debate interno. Lo que está en juego en las elecciones de este año no es solo la elección entre dos proyectos de gobierno, sino también entre dos formas de inserción internacional. La disputa electoral entre subordinación y multilateralismo se sustenta en condiciones materiales concretas, demostradas de forma didáctica por el episodio de los aranceles. La lección de la respuesta brasileña al ataque de Trump es que la soberanía no es un concepto abstracto, ni una mera promesa electoral. Es, por el contrario, la capacidad efectiva de resistir, decidir y negociar bajo presión. Y eso también estará en juego en las urnas.
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