22 de octubre de 2026
Entrevistas
El péndulo brasileño
Las oscilaciones de la burguesía entre la democracia, el autoritarismo y la consolidación del bolsonarismo en las elecciones de 2026
La política brasileña reciente se ha caracterizado por sucesivos giros y reajustes de clase, que se expresan en una disputa por la propia configuración del régimen político del país. Para comprender esta dinámica, es necesario mirar más allá de las oscilaciones coyunturales y retomar las interpretaciones del pensamiento social y político brasileño sobre las estructuras duraderas del capitalismo dependiente. Es desde esta perspectiva desde la que el politólogo André Singer, catedrático de la Universidad de São Paulo (USP), examina el proceso electoral en curso en Brasil.
Autor de obras fundamentales para comprender el ‘lulismo’ y la política brasileña, Singer acaba de publicar el libro Impasse, en el que retoma y actualiza interpretaciones clásicas para investigar los dilemas contemporáneos del país. Partiendo de la tesis del comportamiento pendular de la burguesía brasileña—formulada originalmente por Fernando Henrique Cardoso—analiza el comportamiento de fracciones de las clases dominantes de Brasil, que oscilan entre el apoyo a acuerdos democráticos y modernizadores y la adhesión a alternativas autoritarias cuando se ven amenazadas por los procesos de integración social.
En esta entrevista con Hugo Fanton y Daniel Pavan, editores de PW, Singer examina el panorama político actual que, según él, se caracteriza por la disputa entre dos grandes coaliciones: la ‘Confederación’ bolsonarista y la ‘Concertación’ lulista. Esta polarización se articula, a su vez, con la pugna entre tres regímenes políticos: el democrático, el semipresidencialista y el autocrático de tendencia fascista. Al analizar las bases sociales e ideológicas de estas coaliciones, Singer aborda la formación de un ‘Bible Belt’ brasileño, la influencia del costo de la vida en el comportamiento electoral y la consolidación del bolsonarismo como concepto, la gran novedad de las elecciones presidenciales de 2026.
Entrevista con André Singer
Hugo Fanton: el libro Impasse parte de una interpretación de largo alcance de la sociología política brasileña, formulada por Fernando Henrique Cardoso: el comportamiento pendular de la burguesía brasileña, que oscila entre el inmovilismo y el cambio social, reproduciendo el retraso con cada avance en el proceso de modernización. ¿Cómo debemos entender la relación de las clases dominantes brasileñas con la política, y de qué manera la palabra ‘impasse’ traduce, en términos actuales, ese comportamiento pendular?
André Singer: He adoptado como hipótesis de trabajo la idea de que la burguesía brasileña tiene intereses contradictorios. El aspecto más significativo de la formulación de Fernando Henrique Cardoso es demostrar que la oscilación entre el autoritarismo y la democracia no es un comportamiento aleatorio o inesperado en Brasil, como podría parecer al observar a las clases dominantes en el ámbito internacional. Aquí, ese comportamiento tiene una base material.
Los intereses de la burguesía brasileña son objetivamente contradictorios y, por lo tanto, su acción política también lo es. Se trata de una hipótesis con un gran poder explicativo de lo que ha venido ocurriendo en los últimos años en el país.
Si observamos el proceso de destitución de Dilma Rousseff, punto de partida de lo que he venido denominando la ola reaccionaria en Brasil, este comportamiento resulta evidente. La burguesía, que había apoyado y desempeñado un papel importante en la redemocratización, comienza a dar un giro a partir de finales de 2014, cuando el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña) no reconoce la victoria electoral de la expresidenta. Este giro acabó desembocando, de forma quizás inesperada, en el bolsonarismo en 2018.
El bolsonarismo surgió en el marco de esa ola, pero también como reflejo de una transformación global, simbolizada por el Brexit y la victoria de Donald Trump en 2016, casualmente el mismo año del juicio político. Bolsonaro se subió a esa ola y le confirió un carácter de extrema derecha que inicialmente no tenía.
La facción cosmopolita de la burguesía, que agrupa al sector más moderno de la clase dominante, se mantuvo relativamente neutral en las elecciones de 2018, mientras que el sector no cosmopolita apoyó a Bolsonaro de inmediato. Esa neutralidad permitió la victoria bolsonarista. Sin embargo, unos tres años después, durante la pandemia, la fracción cosmopolita rompió con el Gobierno y se alineó con la defensa de la democracia. Esto quedó patente en la manifestación del 11 de agosto de 2022 en el Largo São Francisco y en la postura de la Casa Blanca durante el proceso electoral brasileño, cuando dejó claro que no aceptaría un golpe de Estado ni el no reconocimiento del resultado electoral.
Esta doble toma de posición, tanto de la burguesía cosmopolita como de Estados Unidos, fue decisiva para contener el intento de golpe militar. Aprovecho para señalar que, de todos los países que sigo en este proceso global de autocratización, Brasil fue el único en el que se produjo un intento clásico de golpe militar.
Aquí se produce una oscilación. En primer lugar, una postura favorable a lo que Wanderley Guilherme dos Santos caracterizó acertadamente como un golpe parlamentario, en 2016. Seis años después, una toma de posición en defensa de la democracia, en un momento en el que se estaba produciendo un avance autocrático. En las elecciones de 2026, no está claro cuál es la postura de este sector más moderno de la burguesía.
Me parece, por tanto, que la hipótesis del péndulo, sugerida por Fernando Henrique hace más de 50 años, sigue siendo válida para comprender estas oscilaciones, a veces muy rápidas, que responden a intereses objetivos. El péndulo sugiere precisamente eso: la burguesía recurre al autoritarismo cuando la democracia amenaza sus intereses objetivos, pero el autoritarismo tiene un alto coste en términos de pérdida de libertad. Esta contradicción ayuda a explicar las rápidas oscilaciones de la política brasileña. Y, en este momento, aún no está claro hacia qué lado se inclinará el péndulo.
Daniel Pavan: ¿Podría explicar brevemente cómo Fernando Henrique Cardoso plantea esta contradicción de la burguesía en El empresario industrial?
AS: Fernando Henrique señala que la burguesía más moderna, como es natural, tiene interés en la modernización capitalista. Para ello, se alía con el Estado para promover reformas modernizadoras. Ahora bien, estas reformas son también democratizadoras y tienden a fortalecer a las clases populares.
En 1964, si no se hubiera dado un golpe militar, el Estado habría tendido a avanzar en reformas que habrían superado el límite de lo que la burguesía consideraba aceptable para sus intereses objetivos. Existe, por tanto, una contradicción objetiva: la burguesía empuja al Estado en una determinada dirección y, a continuación, le retira el apoyo, provocando la caída del liderazgo político que está llevando a cabo las reformas.
Esto también ocurrió en el primer mandato de Dilma. Cuando las reformas comienzan a traspasar esa ‘línea roja’, la burguesía se une contra el proceso, aunque ello implique incumplir las normas constitucionales. En el caso de Dilma, aunque el juicio político es un instrumento constitucional, su aplicación exige la comisión de un delito de responsabilidad, lo cual no se demostró, tal y como señalaron incluso medios insospechables como Folha de S. Paulo. Por eso, el politólogo Wanderley Guilherme dos Santos calificó el proceso de golpe parlamentario. En el libro, propongo llamarlo golpe parlamentarista.
HF: También se debate cómo este proceso reformista toca las fibras del capitalismo dependiente, estructurado en torno a la sobrexplotación del trabajo y al mantenimiento del ejército industrial de reserva.
AS: Sí. El tipo de desarrollo que ha adoptado el capitalismo brasileño presupone la exclusión social, ya que exige mano de obra extremadamente barata, garantizada por el mantenimiento de un enorme ejército industrial de reserva, mucho mayor de lo habitual.
Por su parte, la cuestión de la dependencia se refiere a la necesidad del capitalismo brasileño de seguir la agenda y el ritmo dictados por el centro del capitalismo mundial. Hasta finales de la década de 1970, el orden mundial permitía y suponía la industrialización de Brasil. Con el desplazamiento del polo industrial mundial hacia el este asiático, sobre todo hacia China, Brasil inició un proceso de desindustrialización, reorientando la economía hacia la producción primaria exportadora. Se trata, por tanto, de dos factores interrelacionados: la subordinación a la dinámica del mercado mundial y las características internas de la explotación laboral.
DP: La relación entre las clases dominantes y la política en la coyuntura actual se analiza en el libro a partir de la formación de dos coaliciones de clase que polarizan la contienda electoral: la ‘Confederación’ bolsonarista y la ‘Concertación’ lulista. ¿Cómo caracteriza usted estas coaliciones y su composición social? ¿Hay indicios, en el panorama electoral actual, de nuevos desplazamientos de clase entre ellas o fuera de ellas?
AS: Desarrollé la idea de la ‘Confederación’ al analizar las elecciones de 2022. Intenté comprender qué coalición de clase sostenía a Bolsonaro al final de su mandato, permitiéndole llegar tan cerca de la victoria. Se trata de una alianza heterogénea, que articula diferentes fracciones de clase y sectores corporativos. En cuanto a las fracciones de clase, destaca el agronegocio. El mapa electoral de 2022 muestra un corredor continuo de voto bolsonarista que va desde el norte de Rio Grande do Sul, atraviesa Santa Catarina, Paraná, el interior de São Paulo y de Minas Gerais, se abre en el Centro-Oeste y llega al sur de la región Norte, incorporando a los sectores extractivos y a los buscadores de oro que se han beneficiado de la flexibilización de las normas medioambientales y del debilitamiento de la defensa de los pueblos indígenas. A este bloque se han sumado el sector de los servicios y los pequeños y medianos empresarios, inmersos en una ola de emprendimiento que posiblemente corresponda a una variante del capitalismo brasileño.
En el ámbito corporativo y social, la Confederación se apoya en dos pilares fundamentales: el segmento evangélico y las fuerzas de seguridad. Los evangélicos actúan como el ‘Nordeste del bolsonarismo’. Representan alrededor del 30 por ciento del electorado, con un apoyo que ronda el 70 por ciento a favor de la extrema derecha, un índice comparable al que obtiene el lulismo en el Nordeste. Aquí se configura un ‘Bible Belt’ brasileño, una base muy sólida del bolsonarismo. Las fuerzas de seguridad, por su parte, abarcan no solo a los militares, sino también a la policía civil, a parte de la Policía Federal y a un amplio sector de la seguridad privada. Estos segmentos se han alineado con Bolsonaro porque, desde 2018, como es típico de la extrema derecha, él sitúa la cuestión de la seguridad pública en el centro de su programa.
He denominado a este bloque ‘Confederación’ en alusión al Sur de Estados Unidos durante la Guerra Civil, para destacar la marcada división geográfica y cultural que se ha establecido en Brasil, acompañada de manifestaciones, sutiles o explícitas, de prejuicio regionalista y racial. Con este término, he querido llamar la atención sobre una tensión sin precedentes en la política brasileña. Aquí no existía una división de esta naturaleza. Es el resultado del fenómeno que ahora quizá podamos conceptualizar, de manera más rigurosa, como ‘bolsonarismo’.
Por otro lado, la ‘Concertación’ es el frente amplio estructurado para frenar la autocratización. Está compuesto por dos vertientes principales: el PT (Partido de los Trabajadores) y el lulismo, y sectores del antiguo PSDB junto con la fracción cosmopolita de la burguesía. El PT es el partido más organizado y con mayor presencia capilar del país, con un apoyo del 30 por ciento del electorado, porcentaje muy superior al de cualquier otro partido. El lulismo, por su parte, va más allá del PT y expresa un programa de superación de la pobreza sin confrontación directa con el capital, tomando como referencia la figura del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Es heredero del ‘campo popular’, un segmento del electorado inaugurado por Getúlio Vargas en 1945 con el advenimiento de la democracia de masas.
El lulismo, por tanto, tiene un gran potencial de votos. Brasil es un país muy desigual, en el que cerca del 85 por ciento del electorado pertenece a familias con unos ingresos mensuales de hasta cinco salarios mínimos. No en vano ganó cuatro elecciones consecutivas, entre 2002 y 2014. Pero, para el regreso de Lula en 2022, fue necesaria la constitución de un frente capaz de frenar el proceso de autocratización, uniendo este campo a los restos del antiguo PSDB.
Esta segunda vertiente está simbolizada por la figura del vicepresidente Geraldo Alckmin y cuenta con el apoyo de los sectores financieros e industriales más modernos, precisamente aquellos que rivalizaban con el PT hasta 2014. De ahí proviene el término que he elegido, en referencia a la Concertación chilena, que unió a socialistas y demócratas cristianos para derrotar a la derecha y pasar página a la dictadura de Pinochet. Este acercamiento entre el PT y sectores del antiguo PSDB contó con el respaldo de la fracción más moderna de la burguesía brasileña, que históricamente encontraba representación política en el PSDB y que, en la recta final de la segunda vuelta de 2022, declaró su voto a favor del presidente Lula.
HF: Al analizar la victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones de 2018, Roberto Schwarz afirmó que, al igual que en el golpe de 1964, Bolsonaro defendió un programa abiertamente procapitalista y movilizó, para hacerse políticamente viable, un ‘fondo regresivo’ de la sociedad brasileña, lo que apunta al resurgimiento de la ideología como componente fundamental de la contienda electoral. Usted muestra que, en 2022, el 47 por ciento del electorado se identificaba con la derecha en el espectro ideológico; curiosamente, el mismo porcentaje que obtuvo Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de 2026. ¿Cómo debemos entender el componente ideológico en la contienda política brasileña actual?

AS: La ideología es un factor a largo plazo. Se consolida en el momento en que la persona está formando su propia personalidad, su visión del mundo, y permanece como un sustrato duradero. Precisamente por eso, no es una buena explicación para las variaciones de cada coyuntura. Es una explicación que trasciende las coyunturas. La pregunta, entonces, pasa a ser: ¿por qué el factor ideológico cambia de una coyuntura a otra? Porque la ideología necesita ser activada por los agentes políticos para desempeñar algún papel.
En Brasil, los estudios indican que el electorado tiene una inclinación histórica conservadora o de derechas. Durante el periodo de polarización entre el PT y el PSDB, se desactivó el lenguaje ideológico directo (izquierda frente a derecha). Al PSDB le interesaba captar los votos de la derecha sin declararse como tal, y al lulismo le interesaba atraer a sectores populares conservadores. La extrema derecha rompió ese amortiguamiento a partir de 2014, sobre todo durante el proceso de destitución de Dilma, reactivando abiertamente el discurso ideológico.
La extrema derecha representa hasta un 15 por ciento del electorado, pero fue quien reactivó el elemento ideológico y atrajo hacia sí al conjunto de la derecha. Quien se benefició de este proceso fue precisamente quien estaba preparado para hablar el lenguaje de la ideología: Jair Bolsonaro, quien, hasta entonces, no tenía relevancia alguna en la política brasileña. El bolsonarismo capturó la difusa disposición conservadora presente en gran parte del electorado y le dio voz política, en sintonía con movimientos internacionales, como el representado por Trump. Se trata de un discurso de extrema derecha que se ha generalizado en todo el mundo.
Pero cuando la ideología se activa en un bando, se activa automáticamente en el otro. La gran manifestación callejera reciente en São Paulo, quizá la mayor de la historia de la izquierda en la ciudad, pone de manifiesto la polarización ideológica en curso. Y conviene recordar que esto no es un fenómeno exclusivamente brasileño. La izquierda en Estados Unidos también está creciendo, lo cual es comprensible, ya que la lucha política se está volviendo más ideológica.
Además, tras esta primera vuelta de 2026, podemos afirmar con bastante tranquilidad que el bolsonarismo persistirá a pesar del aislamiento del expresidente. Este grupo es minoritario entre el electorado, pero tiene un potencial político que trasciende su base. Esto quedó muy claro cuando el candidato natural a la presidencia, el gobernador Tarcísio de Freitas, de São Paulo, fue simplemente dejado de lado por la candidatura del hijo de Jair Bolsonaro, Flávio, que no contaba con ningún apoyo más allá del propio padre. Fíjate en la fuerza del bolsonarismo: descartó al candidato que contaba con el apoyo de toda la derecha y con una simpatía muy clara por parte de la burguesía brasileña, en nombre de una decisión unilateral del expresidente Jair Bolsonaro.
Nos encaminamos hacia un realineamiento electoral similar al de 2006, cuando las capas populares, sobre todo las de la base de la pirámide, se decantaron por Lula, mientras que el resto se acercó al PSDB. En 2018, entramos en una especie de interregno. En las elecciones actuales, podríamos estar encaminándonos hacia un nuevo realineamiento, con el lulismo manteniéndose en un lado y el bolsonarismo consolidándose en el otro.
Además de estos dos grandes bloques con orientaciones ideológicas diferentes hay un tercer tercio del electorado que es menos ideológico y más pragmático. Este bloque intermedio oscila y decide las elecciones, ya que sus elecciones se basan, sobre todo, en los beneficios materiales objetivos que hayan obtenido a lo largo del mandato anterior o que esperen obtener en el próximo.
Aquí entra en juego el factor material. Este electorado evalúa la situación concreta de su día a día: la inflación, el coste de la vida y el precio de los alimentos. Como señala la economista Isabella Weber, en las elecciones celebradas en varios países en 2024, los gobiernos que no supieron hacer frente a la inflación tuvieron dificultades para ganar. Fue la ‘maldición del gobernante’ en la que gobiernos de todo el mundo se enfrentaron al rechazo popular a causa de la inflación.
Para ganarse a este electorado pragmático, el Gobierno de Lula ha desarrollado una serie de políticas dirigidas directamente a las condiciones materiales de la población: la exención del impuesto sobre la renta, la regulación y posterior prohibición de las apuestas, la iniciativa para reducir la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales y el fin del turno 6×1 a favor de dos días libres a la semana —considerada por la Fundación Perseu Abramo como la mayor victoria laboral desde la Constitución de 1988—, el reajuste del programa Bolsa Família y el programa Desenrola 3. El Gobierno busca demostrar de forma concreta lo que ha hecho por estos sectores de la población. Por otro lado, el candidato de la oposición promete promover cambios que también aporten beneficios materiales a estos votantes. Esa es la contienda en curso.
HF: Un componente importante de la dimensión ideológica es la relación entre las bases sociales vinculadas al pentecostalismo y la extrema derecha. Usted sugiere que ciertas ramas pentecostales funcionan como una especie de ‘Bible Belt’ brasileño, en referencia al cinturón bíblico de la región sudeste de Estados Unidos. ¿Podría desarrollar ese argumento? ¿En qué medida la relación entre el pentecostalismo y la extrema derecha revela el peso de la ideología en el comportamiento electoral?
AS: Brasil ha experimentado una enorme transformación en las últimas décadas. El catolicismo era algo que definía a Brasil, era un aspecto importante de la identidad nacional, completamente arraigado en la sociedad. La inmensa mayoría de la población era católica. Y el país dejó de ser homogéneamente católico para pasar a tener una presencia evangélica en fuerte expansión, en todos los sentidos.
Políticamente, sin embargo, este sector no estaba unificado. Históricamente, el voto evangélico estaba fragmentado. En los gobiernos de Lula y Dilma, diversos líderes evangélicos formaban parte de la base aliada. El salto cualitativo se produjo con Jair Bolsonaro, quien unificó políticamente a gran parte de este segmento en torno a su proyecto ideológico, promoviendo una asimilación simbólica e institucional mediante el nombramiento de ministros, las designaciones para el Tribunal Supremo Federal (STF) y la recepción de obispos en el Palacio del Planalto.
A partir de entonces, el segmento evangélico comenzó a actuar en bloque y en sintonía con la extrema derecha. Es en ese momento cuando se constituyó un ‘Bible Belt’ brasileño, similar al estadounidense. En Estados Unidos, desde hace muchas décadas, el electorado evangélico se identifica con los republicanos y, más recientemente, con Trump. El bolsonarismo, por su parte, se inspiró directamente en el trumpismo, llegando incluso a copiar ciertas políticas, posturas y consignas.
La formación de este ‘Bible Belt’ crea un bloque electoral cohesionado. Incluso ante las fluctuaciones en torno a las candidaturas, como en el debate sobre la designación de Flávio Bolsonaro, las encuestas indican que alrededor del 70 por ciento de este segmento sigue inclinándose por el voto bolsonarista. Se trata de un elemento central de la consolidación del bolsonarismo como movimiento y concepto, que encuentra en el ‘Bible Belt’ una de sus bases más duraderas.
Tenemos, pues, dos procesos articulados: la consolidación del bolsonarismo como concepto y la formación, en su seno, de un ‘Bible Belt’ brasileño, constituido por la adhesión de la mayoría de las confesiones evangélicas a este campo político. Esto indica que el bolsonarismo seguirá siendo un fenómeno duradero en la política brasileña, con el que habrá que contar, sea cual sea el resultado de estas elecciones.
DP: Quiero retomar la idea del péndulo de la burguesía y relacionarla con otro argumento del libro: la existencia de tres regímenes políticos en disputa en Brasil: el régimen democrático; el parlamentario o semipresidencialista —que aquí adquiere un carácter antidemocrático al representar el control del proceso político por parte del Centrão—; y, por último, el autocrático de tendencia fascista, representado, sobre todo, por la familia Bolsonaro. ¿Cómo caracteriza usted estos tres regímenes políticos en disputa y de qué manera se manifiesta esta disputa en las elecciones de 2026?
AS: Las elecciones presidenciales en Brasil son el momento en el que las clases populares expresan lo que esperan del Estado. Es el único momento institucional en el que intervienen en la política brasileña. Por su parte, las elecciones legislativas están muy influenciadas por los poderes locales. Son máquinas políticas oligárquicas estructuradas a nivel local las que dominan las elecciones legislativas. Esto explica en gran medida el tipo de composición que tenemos, sobre todo, en la Cámara de Diputados.
Las elecciones presidenciales en Brasil son, en cierta medida, un reflejo de la situación de la lucha de clases, porque constituyen el momento en el que el campo popular se expresa. Cuando la lucha de clases alcanza un punto de cortocircuito, como ocurrió cuando el Gobierno de Dilma intentó acelerar las transformaciones del ‘lulismo’, aplicando ciertas reformas desarrollistas que sobrepasaron los límites de lo que el campo de la clase media consideraba aceptable, surge una competencia entre regímenes políticos.
En el golpe de 1964 se produjo una grave situación de cortocircuito, ya que las capas populares presionaban a favor de reformas, como la agraria. Existía la posibilidad de un cambio estructural significativo. En aquel momento, se produjo un enfrentamiento entre la democracia y el autoritarismo. Pero, cuando se produce este cortocircuito, se presentan tres regímenes en disputa, y no dos. El tercero es lo que hoy denominamos semipresidencialismo. En el período anterior a 1964 se le denominaba parlamentarismo, sistema que llegó a adoptarse durante un breve período para resolver la crisis provocada por la dimisión de Jânio Quadros.
El semipresidencialismo es una forma atenuada de parlamentarismo y ya se manifestaba, de manera subyacente, en el proceso de destitución de la presidenta Dilma. Por eso denomino al golpe contra Dilma ‘golpe parlamentarista’. El objetivo no era solo destituirla, sino cambiar el régimen político al semipresidencialismo. Aquí debo hacer una salvedad. Técnicamente, el parlamentarismo es democrático. Pero, en el caso brasileño, vacía de contenido el único momento en el que las clases populares participan efectivamente en la política: las elecciones presidenciales, ya que las elecciones legislativas están dominadas por los factores que ya he mencionado. El semipresidencialismo transfiere la dirección de la política económica a un primer ministro elegido por el Congreso Nacional. Esto interesa mucho al Congreso y a sectores del Tribunal Supremo Federal, que han manifestado su apoyo a la idea semipresidencialista en varias ocasiones. Creo que esta propuesta resurgirá cuando se produzca una situación más convulsa en Brasil.
Nos encontramos, por tanto, ante una tríada de regímenes en disputa: la democracia de 1988; el semipresidencialismo, que vacía de contenido las elecciones presidenciales; y el autoritarismo, que puede adoptar la forma de una dictadura militar o de una autocratización del país. Este último es, explícitamente, el proyecto del bolsonarismo, que persigue el desmantelamiento de las garantías constitucionales, la autocratización gradual o la transición hacia un autoritarismo competitivo.
HF: En las elecciones de 2026, ¿cómo se manifiesta el componente de sesgo fascista?
AS: En las contiendas actuales observamos la consolidación del bolsonarismo, ahora estructurado también en el seno de un gran partido como el PL, en diálogo con el Centrão y orientado por el trumpismo internacional, lo que reafirma la permanencia de lo que denomino sesgo fascista.
Esta idea de que el bolsonarismo puede estar pasando de ser un movimiento a convertirse en un concepto se basa en la fuerza adquirida por el PL en el Congreso Nacional. Una de las características más destacadas del bolsonarismo en su fase inicial era la ausencia total de una estructura partidista. Ahora nos encontramos ante un partido político que, a diferencia del fascismo histórico, no está militarizado. Puede incluso contar con la participación de agentes de las fuerzas de seguridad como candidatos, pero no se organiza a partir de la formación de milicias, un elemento muy propio de los fascismos italiano y alemán.
Pero este partido se ha estructurado hoy en día hasta tal punto que compite con el PT e incluso lo supera. El bolsonarismo ha elegido a más de 120 diputados, y el número de senadores asciende a 30. La estructura partidaria del bolsonarismo, representada por el PL, tiende a converger con el modo de funcionamiento del Centrão. No es casualidad que el PL esté dirigido por Valdemar Costa Neto, un político típico del Centrão.
El sesgo fascista, por su parte, proviene de otro elemento: el bolsonarismo está más vinculado que nunca al trumpismo. Con la segunda victoria electoral en Estados Unidos, el trumpismo ha pasado a orientar directamente al bolsonarismo. Uno de los elementos que caracterizan este sesgo fascista es el fuerte recurso al inconsciente. Líderes como Donald Trump no tienen propiamente un programa definido. No saben exactamente qué hacer, y eso se refleja en las dificultades por las que atraviesa Trump en este momento. No sabemos cómo se desarrollará todo esto, pero entiendo que el sesgo fascista se mantiene en el bolsonarismo como concepto.
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