12 de marzo de 2026
Análisis
La apuesta de Hezbolá
La guerra contra Irán se extiende al Líbano
Mientras Estados Unidos e Israel lanzaban su asalto criminal contra Irán, muchos en la región esperaban ver cómo respondería Hezbolá. Tras su devastador enfrentamiento con Israel en 2024, las capacidades del partido libanés se habían visto considerablemente mermadas y gran parte de su antigua dirigencia había muerto. El Partido había firmado un acuerdo de alto el fuego profundamente desigual, mediado por Estados Unidos, en el que se comprometía a retirarse al norte del río Litani y abandonar sus bases en el sur, mientras Israel continuaba ocupando partes del Líbano y llevando a cabo ataques constantes. Cuando comenzaron a caer las bombas sobre Teherán, algunos dudaban de si Hezbolá sería capaz o estaría dispuesto a volver a enfrentarse al enemigo.
Sin embargo, Hezbolá también había pasado el último año rearmándose y reorganizando sus estructuras de mando bajo la premisa de que una confrontación de este tipo era probablemente inevitable, y de que necesitaba reposicionarse en el cambiante panorama de Oriente Medio. El 2 de marzo, dos días después del inicio de la guerra, Hezbolá abrió fuego contra Israel con una andanada de misiles. Israel respondió emitiendo avisos de evacuación para todo el sur del Líbano, así como para los suburbios del sur de Beirut. Un número sin precedentes de 600 mil residentes abandonó la zona, mientras otros quedaron atrapados en el área marcada para la destrucción. Los posteriores bombardeos israelíes devastaron la infraestructura civil, causando casi 500 muertes e hiriendo a más de 1.300 personas. En este punto, no está claro cuándo terminará la guerra, en medio de señales contradictorias desde Washington. Sin embargo, sea cual sea el calendario, el retorno de las hostilidades en el Líbano podría tener implicaciones a largo plazo tanto para Hezbolá como para Israel. ¿Qué espera ganar cada bando?
Hay razones para especular que la entrada de Hezbolá en el conflicto fue preventiva. En los días previos, Israel había movilizado a unos 100 mil reservistas, con una fuerte concentración en su frontera norte con el Líbano. Según un cable filtrado de la embajada estadounidense fechado en la víspera de la guerra, Israel dudaba de que el gobierno libanés cumpliría su promesa de desarmar a Hezbolá, lo que implicaría, quizá, que Israel tendría que tomar el asunto en sus propias manos. Un informe del Canal 12 de Israel afirmaba que un ataque contra el Líbano ya había sido aprobado antes de que Hezbolá actuara.
Sin embargo, independientemente de si Israel planeaba desde el inicio expandir la guerra al Líbano, su cálculo es bastante claro: considera el debilitamiento de Irán como un medio para eliminar a sus rivales regionales —empezando por Hezbolá y luego, casi con toda seguridad, siguiendo con Ansarullah en Yemen— y así consolidar su posición como líder indiscutido de Oriente Medio. Al hacerlo, también podría expandir su territorio hacia el Líbano, Siria y Gaza, con el fin de compensar su relativa falta de profundidad estratégica. Por su parte, Hezbolá probablemente ve en la respuesta firme de Irán a la agresión —luchando con uñas y dientes para preservar su soberanía— la creación de una posibilidad, por pequeña que sea, de restablecer su posición en el sur del Líbano y expulsar a los israelíes. Si el alto al fuego de 2024 corría el riesgo de convertir a Hezbolá en una fuerza marginal y domesticada, ahora podría percibir una oportunidad para revertir esa situación.
Además, Hezbolá podría estar aprovechando una oportunidad para ejercer presión sobre el frente norte de Israel, mientras los misiles balísticos iraníes tensan los sistemas de defensa aérea en toda la región y la mayor parte de la fuerza aérea y los servicios de inteligencia israelíes concentran su atención en Irán. Según informes, los ataques con misiles de Hezbolá han causado algunos daños en el centro de Israel y en los asentamientos del norte. El partido afirmó haber destruido un centro de comunicaciones satelitales, y sus ataques coordinados con Irán sugieren una estrecha coordinación entre su ala militar y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica —Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC) en el inglés original—. La ofensiva también evidencia un cambio estratégico, con Hezbolá volviendo a las tácticas de guerra de guerrillas que utilizó en la década de 1990: funcionarios militares israelíes informan que Hezbolá ha desplegado pequeñas unidades que atacan a sus fuerzas antes de desaparecer rápidamente.
El gobierno libanés de Nawaf Salam, llevado al poder bajo un mandato estadounidense para desarmar a Hezbolá, respondió al intercambio de fuego prohibiendo de manera absoluta las actividades militares del partido. Salam condenó los ataques de Irán contra los países del Golfo y llamó a negociar con los israelíes, afirmando que discutiría “cualquier agenda” en “cualquier formato” y en “cualquier escenario”. Naturalmente, las solicitudes de Salam fueron rechazadas y, según informes, la administración Trump se negó a atender sus llamadas. Sin embargo, aunque Hezbolá ha frustrado hasta ahora los intentos del gobierno de contenerlo, todavía debe enfrentarse a la opinión pública libanesa, que se opone firmemente a la decisión de volver a la guerra. Muchos consideran que Hezbolá ha sumido a su ya frágil país en otro conflicto desafortunado, ya sea a instancias del IRGC o para recuperar el control sobre territorios ocupados en el sur – territorios que algunos de sus opositores políticos podrían estar cada vez más dispuestos a abandonar si eso evita una mayor escalada.
Adicionalmente, existen riesgos de que las tensiones internas generen conflictos sectarios en el Líbano. Con más de medio millón de chiíes desplazados en todo el país, los informes de agitación sectaria son cada vez más frecuentes. Las divisiones geográficas del país se han ampliado, ya que los habitantes del sur, que sufren bombardeos constantes por parte de Israel, sienten que el gobierno en Beirut no ha hecho nada para protegerlos. Muchos de los simpatizantes de Hezbolá, que aún no se han recuperado de la ronda anterior de combates en la que murieron más de 4.000 personas, no están a favor de este conflicto renovado. Sin embargo, dado que el partido sigue siendo la única fuerza que potencialmente podría disuadir a Israel de anexar gran parte de su territorio, ha logrado conservar una legitimidad duradera, independientemente de las críticas que pueda tener su base social.
A pesar de lo que afirman los opositores de Hezbolá tanto en el Líbano como en Occidente, el partido no se considera a sí mismo una extensión del IRGC ni un peón de la política exterior iraní; es un actor regional con una visión estratégica y una perspectiva política propias. Sin embargo, sería erróneo concluir a partir de esto que Hezbolá no es un elemento esencial de la defensa avanzada de Irán. La alianza entre Irán y Hezbolá es inevitablemente asimétrica, pues la relación entre ambos está necesariamente mediada por la lógica de los intereses de seguridad nacional de Teherán. Esto sigue siendo así independientemente de las relaciones individuales entre ambas partes y de sus disposiciones ideológicas. Hezbolá, plenamente consciente de este desequilibrio de poder, debe sopesar cuidadosamente sus propios intereses frente a los de Irán; sus acciones desde el 2 de marzo reflejan esta compleja relación. En ese sentido, deben entenderse no solamente como un intento de defender a Irán, sino también como una gran apuesta, posiblemente incluso existencial: un intento de recuperar el legado del partido tras la derrota de 2024, junto con los territorios ocupados por Israel.
Adicionalmente, Hezbolá está tratando de reposicionarse en el emergente orden geopolítico de la región, cuyos contornos precisos siguen siendo inciertos. Tras haber hecho una apuesta de altísimo riesgo por la capacidad de Irán de disuadir con éxito a Estados Unidos e Israel, Hezbolá demostrará su valor como socio de seguridad si la República Islámica logra preservar su soberanía al final de la guerra. Sin embargo, si esta estrategia fracasa —ya sea porque el gobierno iraní cae o porque firma un acuerdo de alto al fuego desfavorable, que parece ser la resolución que Trump desea ahora— Hezbolá podría quedar nuevamente aislado. En ese caso, el partido podría verse obligado a enfrentarse al ejército israelí cuando este deje de centrarse en Irán y dirija toda su furia únicamente contra el Líbano. No se puede prever cuán desastroso podría ser este resultado.
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