29 de enero de 2026
Análisis
Cuestiones del Sur
La larga historia de la resistencia antiimperial en el Líbano
El 27 de noviembre de 2024, poco más de un año después de haber declarado una “unidad de frentes” contra las atrocidades israelíes en Gaza, Hezbolá firmó un acuerdo de alto al fuego con su rival regional. Para entonces, Hezbolá había perdido a su secretario general, Hassan Nasrallah, y a su sucesor, Hashem Safieddine, junto con la mayor parte de su cúpula militar y alrededor de 2 mil combatientes regulares. El acuerdo de paz estaba claramente inclinado a favor de Israel, gracias a una serie de cláusulas secretas negociadas entre Tel Aviv y Washington. Dichas cláusulas exigían que Hezbolá cesara sus ataques y se replegara al norte del río Litani, abriendo así un camino hacia el eventual desarme del grupo. A cambio, Israel debía retirarse de posiciones estratégicas dentro del Líbano; sin embargo, hasta ahora no ha cumplido este compromiso, y tampoco ha habido ninguna reducción de los bombardeos israelíes que se han llevado a cabo casi a diario durante los últimos catorce meses. Los asesinatos selectivos de dirigentes de Hezbolá también han continuado a un ritmo sostenido.
Las ambiciones últimas de Washington para el Líbano van más allá de someter a Hezbolá. Su objetivo es imponer un acuerdo más amplio que pacifique a las poblaciones inquietas —en Beirut, en el este y en el sur del país— a las que Hezbolá representa. Su socio más probable para esto es el Estado libanés. Beirut está deseoso de cumplir con esta tarea y ha fijado como plazo el final de año para tener la región bajo su control, desplegando fuerzas de seguridad para desmantelar infraestructuras militantes y sofocar posibles disturbios. Si tiene éxito, se le ha prometido una compensación en forma de un programa de reconstrucción financiado por los países del Golfo y un nuevo paquete de financiación para el Ejército libanés. Con el nuevo régimen sirio ahora alineado con Estados Unidos, y con Irán significativamente debilitado, Washington se encuentra en una posición aún más fuerte que cuando se firmó el acuerdo de alto al fuego de noviembre. Hay indicios de que podría optar por eludir ese acuerdo —todavía en proceso de plena implementación— y podría presionar al Líbano para que normalice sus relaciones con Israel. Un nuevo ataque estadounidense contra Irán no haría sino acelerar estos esfuerzos. Ya sea negociado o impuesto por la fuerza, el desarme de Hezbolá parece ahora cada vez más probable.
La ambición más amplia de pacificar el Sur, sin embargo, es más difícil de lo que podría parecer. Esto se debe al carácter político distintivo del sur del Líbano: históricamente ha sido un espacio de subdesarrollo, empobrecimiento rural y abandono estatal, en tensión tanto con el gobierno central al norte como con los ocupantes israelíes al sur. Su población tiene una larga historia de resistencia que no será fácilmente olvidada y que aún puede frustrar los designios de quienes aspiran a gobernarla. Esta dinámica es fundamental para comprender no solamente las perspectivas futuras del Líbano, sino también la viabilidad de las ambiciones imperiales de Estados Unidos en Oriente Medio, mientras Washington intenta asestar un golpe definitivo al eje iraní y normalizar las relaciones entre Israel y el Golfo. Para dimensionar la plena significación del sur del Líbano —tanto internamente como a nivel internacional— debemos describir cómo se desarrolló como un espacio de incubación de una política antimperial, desde la lucha por la independencia en el siglo XX hasta las campañas armadas del siglo XXI.
Periferia nacional, línea de fractura imperial
La situación actual en el sur del Líbano tiene sus raíces en las peculiaridades de su formación moderna. La región de Yabal ‘Amil es a veces incluida dentro del conjunto de tierras altas que conforman Galilea, y a lo largo de su historia estuvo claramente vinculada a ella en el plano comercial. Sus límites serían difíciles de establecer de no ser por la cultura distintiva de su población, una de las comunidades chiíes duodecimanas más antiguas del mundo musulmán. A comienzos del siglo XX, la región estaba poblada principalmente por pequeños campesinos propietarios y aparceros sin tierra que cultivaban trigo, tabaco y seda para el consumo de Beirut, Damasco y, cada vez más, del mercado mundial. Gobernando sobre el campesinado se encontraba una clase de notables rurales terratenientes y familias mercantiles ubicadas sobre todo en las ciudades portuarias de Sidón y Tiro. Una amplia oposición interclasista al dominio otomano se cristalizó con el estallido de la guerra en 1914, y la región participó activamente en la Revuelta Árabe de 1916. Sin embargo, las visiones contrapuestas sobre el orden posotomano darían lugar tanto a la resistencia como a la acomodación frente al dominio francés, impuesto a través del Mandato en el periodo inmediatamente posterior a la guerra.
En términos prácticos, el nacionalismo en Yabal ‘Amil implicaba la unión con Siria. Nunca existió un verdadero consenso sobre la naturaleza exacta ni sobre los límites de la nación árabe, pero a finales de 1918 el comandante de la Revuelta Árabe, Faisal (hijo de Huséin, jerife de La Meca), había entrado en Damasco y consolidado su liderazgo sobre un prometido reino árabe que se extendía desde el Mediterráneo hasta el Éufrates. La administración de Faisal envió rápidamente misivas a Yabal ‘Amil, a tan solo ochenta kilómetros y medio de Damasco, nombrando a miembros de las élites tradicionales como representantes del nuevo gobierno árabe. Los franceses tenían otros planes: querían crear un Gran Líbano —Grand Liban en el francés original— que vinculase Beirut con las periferias rurales vecinas, transformándolas en zonas de abastecimiento y reduciendo al mismo tiempo la dependencia del pequeño Estado de las importaciones agrícolas procedentes del interior sirio.
Aunque finalmente se impusieron los designios franceses, con la derrota decisiva de las fuerzas de Faisal en Maysalún, a las afueras de Damasco, en julio de 1920, el dominio colonial fue precario. Aunque turbulento y de corta duración en Siria, el Mandato francés sí logró consolidar la separación libanesa de Damasco. Yabal ‘Amil pasó a convertirse en el sur del Líbano, un proceso que no podría haberse producido sin la mediación de las principales familias de la región, que en la década de 1930 lograron pacificar las aspiraciones populares mediante redes de patronazgo personal y la negociación de inversiones procedentes de Beirut, al tiempo que mantenían su control sobre el orden social local.1La autoridad y el liderazgo consolidados de los Asaʿad, por ejemplo —una familia que históricamente había recaudado los impuestos de la región para los otomanos—, sobrevivieron bien entrados los años setenta. Esta clase de notables suele calificarse como feudal, pero su trasfondo era en realidad heterogéneo: algunos actuaban como recaudadores fiscales subcontratados por el Estado otomano (cargos que, en los siglos XVII y XVIII, se habían vuelto de facto hereditarios), mientras que otros eran capitalistas mercantiles procedentes de los puertos de Saida y Tiro. La confusión se debe en gran medida a los intentos de comprender a las élites del Sur en términos de autoridad hereditaria y de relaciones de dependencia personal propias, con mayor rigor, de formaciones sociales adyacentes, en particular del Monte Líbano. A una escala regional más amplia, Samir Amin rechaza el feudalismo como caracterización general de las relaciones de clase del período otomano tardío. En su lugar, identifica una burguesía compradora y una burguesía agraria latifundista, que se corresponden de manera general con los dos grupos en cuestión en el Sur. Véase Samir Amin, La nation arabe: Nationalisme et lutte de classes, Dakar, 1975, pp. 8–9. A finales de los años treinta, el dominio francés se volvió insostenible incluso para aquellas fuerzas sociales que antes lo habían defendido como garante de sus intereses. Beirut y la clase política del Monte Líbano habían superado el amplio sistema de propiedad pública y de monopolios concesionarios sobre el que se basaba la economía colonial. El Líbano independiente que emergió en 1943 no introdujo ningún cambio en los límites territoriales del Estado del Mandato; de hecho, en términos prácticos, formalizó la anexión de Yabal ‘Amil por parte de Beirut.
El Sur y sus ciudades portuarias habían sido, al menos desde comienzos de siglo, parte de los territorios que el sionismo reclamaba como hogar nacional judío. Las fronteras de Israel establecidas por la Organización Sionista Mundial en la Conferencia de Paz de París de 1919 incluían tierras tan al norte como Sidón y la región siria meridional de Haurán. Chaim Weizmann había visitado la comunidad judía de Sidón en 1907, regresando con un plan para desarrollar la industria de la ciudad de cara a su futura incorporación a un Estado judío2 Y. Mizrahi-Arnaud, “The Israelite Community Council of Sidon, 1914-1948” (<)em(>)Israel/Palestine Review(<)/em(>), 1/2, p. 463. Sin embargo, Gran Bretaña y Francia serían los árbitros finales de la frontera norte de Palestina. La presión francesa dio lugar, finalmente, a que se trazaran líneas justo al norte del acuerdo preliminar alcanzado por Sykes y Picot en 1916; seis aldeas chiíes situadas en la vertiente occidental del valle de Hula —Abil al-Qamh, Hunin, Qadas, Nabi Yusha‘, Malikiyya y Salha—, inicialmente incluidas en el Gran Líbano, pasaron a la administración británica en marzo de 1923. Estas seis, junto con Tarbikha al oeste y numerosas otras aldeas palestinas de Galilea, fueron despobladas como parte de la Operación Hiram, una de las campañas de limpieza étnica más brutales llevadas a cabo por las Fuerzas de Defensa de Israel —Israel Defense Forces (IDF) en el inglés original— en la guerra de 1948–1949. Unos 120 mil palestinos, en su mayoría procedentes de Haifa, ‘Akka y Galilea, fueron desplazados hacia el norte, al Líbano, durante la Nakba. Los más afortunados —un porcentaje muy reducido— pudieron reconstruir sus vidas y negocios en Beirut, que se convirtió en un refugio acogedor para el capital palestino en fuga. Alrededor de 60 mil refugiados fueron instalados en campamentos en las afueras de las principales ciudades del Sur: ‘Ain el-Hilweh, el mayor del Líbano, al este de Sidón; Burj al-Shemali, a las afueras de Tiro, y en zonas del interior en torno a Nabatieh (destruido en 1974 por bombardeos israelíes). A estos se sumaron dos antiguos campos de refugiados armenios establecidos por los franceses a finales de los años treinta en Tiro: al-Bass, en la década de 1950, y Rashidieh, en 1963.
La creación de Israel en 1948 bloqueó de forma permanente el acceso de las industrias urbanas del Sur a los mercados palestinos de los que dependían. Bint Jbeil, por ejemplo, estaba especializada en la producción de calzado, destinado principalmente al mercado de Galilea.3 Ahmad Beydoun, “The South Lebanon Border Zone: A Local Perspective” (<)em(>)Journal of Palestine Studies(<)/em(>), 21/3 (1992) p. 50. Yabal ‘Amil también produjo sus propios refugiados; la Nakba inició una ola de migración hacia el norte, hacia la llanura costera que se estaba transformando rápidamente en los suburbios meridionales de Beirut. La periferización del Sur llevaba ya algunas décadas en marcha, pero 1948 marcó el inicio de una crisis estructurada por la acción combinada tanto del Estado libanés como del Estado israelí, que las fuerzas políticas progresistas del Sur pronto entenderían como dos vehículos distintos pero interrelacionados de la gobernanza imperial en la región.
Bagdad-Bandung
Una visión diferenciada sobre el lugar del Líbano en la economía mundial comenzó a tomar forma en la década de 1950. Esta era compartida por la burguesía libanesa, por las élites de los Estados árabes vecinos y por la nueva potencia hegemónica imperial de la región: Estados Unidos. Camille Chamoun, abogado y diputado por el Monte Líbano, quien había sido ministro de Finanzas durante el periodo del Mandato, dominó la presidencia durante la mayor parte de la década. A finales de los años cuarenta, se produjo la derogación de la unión aduanera y monetaria con Siria; el sector bancario libanés —ya sólido— creció de manera vertiginosa gracias a la oleada de nacionalizaciones que tuvo lugar en el mundo árabe a comienzos de los años cincuenta. Entre 1949 y 1954, el valor de los depósitos en los bancos libaneses se duplicó. La distribución de esta riqueza acumulada fue, por supuesto, profundamente desigual. La mitad de la fuerza laboral del país seguía empleada en la agricultura, mientras que un sector comercial que generaba alrededor de un tercio del ingreso nacional empleaba a poco más del 10 por ciento de la población4 Fawwaz Traboulsi, “Social Classes and Political Power in Lebanon”, (<)em(>)Heinrich Böll Stiftung (<)/em(>)(Beirut, 2014) p. 80.
Deseosos de afirmar su predominio tras la retirada británica y francesa de la región, los Estados Unidos se movieron rápidamente para incorporar al Líbano a su órbita. El Sur, en particular, despertaba un gran interés en los estadounidenses. En 1947 se inició la construcción de un oleoducto en Arabia Oriental, concebido para transportar petróleo saudí hacia el oeste, a través del norte de Jordania y los Altos del Golán, hasta la costa libanesa. El oleoducto transarábigo, o Tapline, desembocaba en el mar en la terminal de Zahrani, al sur de Sidón, donde descargaba hasta 300 mil barriles diarios de crudo. En su apogeo, durante la posguerra, el Tapline y otra terminal en el norte del Líbano le suministraban a Europa occidental más de un tercio de su petróleo5 El éxito de la (<)em(>)Tapline(<)/em(>) fue, de hecho, uno de los objetivos del primer golpe de Estado de la CIA en su ya ilustre historial: el gobierno sirio del nacionalista Shukri al-Quwwatli se había mostrado reticente a conceder a la compañía los derechos de tránsito necesarios para su proyecto. Husni al-Zaʿim, el coronel que lo sucedió, autorizó el uso del territorio sirio por parte de la empresa a los pocos días de tomar el poder. Miles Copeland Jr., jefe de estación de la Agencia en Damasco, que se reunió en numerosas ocasiones con Zaʿim antes del golpe, pasaría después a ser uno de los principales arquitectos del golpe iraní de 1953. Los ingresos procedentes de las tasas de tránsito, a su vez, reforzaron el floreciente sector financiero libanés, contribuyendo a estabilizar la moneda y a financiar el régimen fiscal laxo del Estado.
Los vínculos de dependencia también se reforzaron al identificar al Líbano como un receptor privilegiado de los préstamos estadounidenses para el desarrollo.6Este fue el caso del proyecto —finalmente abortado— de la presa hidroeléctrica del río Litani, concebida para atender la demanda de electricidad de la capital a costa de las comunidades locales que perdieron el acceso al agua para el riego. Ver Owain Lawson, “Organised Abandonment in Lebanon’s Litani River Basin” in (<)em(>)Environment and Planning E: Nature and Space(<)/em(>), (2024) pp. 1-19.
A escala regional, las alianzas de la Guerra Fría solamente se consolidaron realmente en la segunda mitad de la década de 1950. Los intentos estadounidenses de atraer a Gamal Abdel Nasser a la causa antisoviética fracasaron, lo que situó al Estado libanés —oficialmente neutral, aunque cada vez más entrelazado con Estados Unidos— en una posición de enfrentamiento con el nacionalismo árabe, que seguía siendo dominante en el Sur. En febrero de 1955, dos meses antes de la Conferencia de Bandung, se firmó en Bagdad un acuerdo de defensa entre Pakistán, Irán, Irak, Turquía y el Reino Unido, con el objetivo de contrarrestar la influencia soviética. Silencioso durante la agresión tripartita de 1956, Chamoun terminó por acoger favorablemente, a comienzos del año siguiente, el anuncio de la Doctrina Eisenhower, que prometía asistencia estadounidense a cualquier Estado de Oriente Medio que se considerara amenazado por fuerzas alineadas con la Unión Soviética. El clima en el sur del Líbano era lo suficientemente receloso respecto del gobierno central como para que, cuando en febrero de 1958 Nasser anunció la formación de la República Árabe Unida (la unión política entre Egipto y Siria), estudiantes y trabajadores llenaran las calles en apoyo de la iniciativa y en protesta por la alineación del Líbano —prácticamente explícita— con el campo imperialista. La represión posterior por parte de la policía, el ejército y las guardias armadas personales de notables locales aliados de Chamoun llevó a diversos grupos que componían el movimiento nacionalista en Tiro a tomar las armas. La ciudad, al igual que gran parte del Sur, pasó pronto a estar bajo el control efectivo de una coalición de fuerzas nasseristas, baazistas y comunistas. Para mayo de ese mismo año, los nacionalistas árabes controlaban dos tercios del país.
Paralelamente, los acontecimientos regionales proporcionaron el impulso final para la intervención estadounidense. El 14 de julio de 1958, Oficiales Libres encabezados por Abdel Karim Qasim derrocaron con éxito a la monarquía hachemita en Irak, un instrumento ampliamente detestado de dependencia colonial y un pilar del imperialismo estadounidense de posguerra en la región. Al día siguiente, temiendo una caída adicional —la del Líbano—, la administración Eisenhower ordenó el inicio de la Operación Blue Bat. Esa misma tarde, 1.800 infantes de marina desembarcaron en Khaldé, al sur de Beirut: el primer despliegue de fuerzas armadas estadounidenses en Oriente Medio. Apenas encontraron resistencia. Su presencia sobre el terreno, respaldada por la Sexta Flota de la Armada, alentó a Nasser y a sus aliados libaneses, Kamal Jumblatt y Rashid Karami, a entablar negociaciones para acordar un sucesor viable de Chamoun, considerado ya para entonces una carga incluso por sus propios aliados. La experiencia adquirida por los estadounidenses en el Líbano, combinada con sus exitosos esfuerzos por impedir que el golpe de Estado iraquí se extendiera a Jordania, sentaría las bases de un giro duradero en la política regional de Washington. Irak estaba perdido; el Líbano y Jordania eran, desde la perspectiva estadounidense, tan débiles que requerían asistencia activa para sobrevivir. Los esfuerzos por mantenerlos a flote habían estado a punto de provocar un enfrentamiento frontal con Nasser. Estados Unidos había fracasado en su intento de pacificar y cooptar el nacionalismo árabe mediante protección y financiación. Lo que necesitaba, más que nunca, era un delegado regional que pudiera librar la contrarrevolución en su nombre.
La crisis de 1958 suele recordarse como un preludio de la posterior guerra civil libanesa; el origen, según algunos, de una violencia política generalizada entre un sector cristiano comprometido con un Líbano independiente y una facción musulmana favorable al unionismo árabe. En ciertas zonas del país, la confrontación sí adoptó la forma de un conflicto intercomunitario. En otras, puso en tensión los pactos específicos que las élites regionales habían establecido con Beirut décadas atrás. Sin embargo, una línea de fractura mucho más significativa fue la que separó a una burguesía sectaria, al frente del Estado y cliente del imperio estadounidense, de las fuerzas alineadas con el proyecto de Nasser de transformar el orden regional. En la ciudad sureña de Tiro, la lucha fundamental para los nacionalistas no fue contra los cristianos, sino contra notables chiíes asentados desde hacía mucho tiempo —de manera destacada, la familia Jalil—, en quienes el Estado libanés se apoyaba para gobernar el Sur. Estas familias sobrevivirían a las convulsiones del cierre de la década de 1950, pero al término de la década siguiente su legitimidad y autoridad serían finalmente sustituidas.
Antiimperialismos del Sur
Fundador y comandante de las Fuerzas Armadas Libanesas desde la independencia, Fuad Chehab emergió como sucesor de Chamoun en 1958. Su candidatura fue la expresión de un punto muerto entre Estados Unidos y Egipto tras la crisis; Estados Unidos pudo haber impuesto su voluntad mediante la fuerza, pero el nacionalismo árabe estaba lejos de haber sido derrotado en el Líbano. Ni nacionalista árabe ni nacionalista libanés, el antídoto de Chehab contra el “faccionalismo” consistió en fortalecer el Estado, tanto en su dimensión represiva como en la de provisión: ampliar el ejército y los servicios de inteligencia, así como crear nuevos ministerios con competencias ampliadas.7 En los últimos años ha surgido una investigación importante sobre este periodo de desarrollo impulsado por el Estado. Para una historia oportuna del Banco Central del Líbano, fundado en 1964, véase Hisham Safieddine, (<)em(>)Banking on the State: The Financial Foundations of Lebanon(<)/em(>) (Stanford, 2021). Para un estudio de las amplias actividades del Ministerio de Planificación del Líbano en la década de 1960, véase Zeead Yaghi, (<)em(>)Planning National Disunity: Modernization and Development in Rural Lebanon, 1958–1970(<)/em(>) (tesis doctoral, Universidad de California en San Diego, 2024). En 1964 fue sucedido por un aliado, Charles Helou, quien permaneció en el cargo hasta 1970. En el Sur, a pesar de las moderadas ganancias en representación política obtenidas por la coalición antiimperialista tras la crisis, la miseria rural y el abandono estatal persistieron, y no llegó a materializarse una política regional duradera.8 Salim Nasr, “Backdrop to Civil War: The Crisis of Lebanese Capitalism”, (<)em(>)MERIP Reports(<)/em(>), 73 (1978) pp. 3-13.Esto no hizo sino profundizar una desconfianza ya generalizada hacia el Estado, ahora compartida en igual medida por la derecha cristiana, excluida del gobierno tras la derrota de Chamoun. El chehabismo buscó ofrecer estabilidad mediante la tecnocracia, pero en la práctica presidió una “paz civil fría” a lo largo de la década de 1960, cuyo rasgo más destacado fue la militarización de la derecha al margen del Estado que anteriormente había dominado9 Para retomar una expresión de Waddah Charara, en su (<)em(>)al-Silm al-ahli al-barid: Lubnān al-mujtamaʿ wa-l-dawla 1964–1967(<)/em(>) (Beirut, 1980) En este creciente revanchismo cristiano se encuentran las raíces de la posterior guerra civil, que estallaría a mediados de la década de 1970.
Se estima que, a mediados de la década de 1960, los palestinos en el sur del Líbano representaban hasta una cuarta parte de la población total de la región. La naturalización (y con ella el acceso a la mayoría de las formas de empleo regular) siempre había sido considerada una línea roja por los nacionalistas cristianos, siempre atentos a su precario predominio demográfico en el país. Desde su llegada, los palestinos habían desempeñado un papel fundamental en la agitación nacionalista árabe en el Líbano. Maarouf Saad, el veterano diputado nasserista por Sidón, quien había servido como voluntario en la revuelta palestina de 1936, se apoyaba en una base social compuesta por trabajadores libaneses y palestinos del cercano campo de ‘Ain el-Hilweh. Particularmente exitosa en Tiro fue el Movimiento Nacionalista Árabe (MNA) —Arab Nationalist movement (ANM) en el inglés original—, fundado en 1951 por un grupo de estudiantes de la Universidad Americana de Beirut, entre ellos George Habash y Wadie Haddad, quienes una década y media más tarde liderarían el Frente Popular para la Liberación de Palestina. (Un joven Ghassan Kanafani, reclutado por Habash a comienzos de la década de 1950, formó parte del consejo editorial del periódico del MNA). La política del retorno palestino seguía estando, durante la mayor parte de las décadas de 1950 y 1960, ampliamente integrada en un programa más amplio de unidad árabe, liberación y socialismo, ya fuera de inspiración nasserista o baazista10 Se podía encontrar a militantes del MNA en todos los frentes de la lucha nacionalista en el mundo árabe durante las primeras décadas del período poscolonial, con células activas en Siria, Irak, Jordania, Gaza (bajo administración egipcia), Dhofar y Yemen del Sur. Para una introducción útil al MNA, véase Sayigh, “Reconstructing the Paradox: The Arab Nationalist Movement, Armed Struggle, and Palestine, 1951–1966”, (<)em(>)Middle East Journal(<)/em(>), 45, 4 (1991), pp. 608–629.
No obstante, pese al amplio consenso del que gozaba la causa nacionalista, las grietas en su entramado regional comenzaron a hacerse visibles desde 1961. La República Árabe Unida se había disuelto y Egipto, Siria e Irak seguían trayectorias cada vez más divergentes; la escisión sirio-iraquí dentro del Baaz en 1966, por ejemplo, generó una desconfianza mutua y una hostilidad abierta entre ambos regímenes que nunca llegarían a resolverse.11 La temprana e influyente evaluación de Anouar Abdel Malek sobre el experimento del nacionalismo árabe —centrada en la composición social y de clase (pequeña burguesía, militares y burócratas) del régimen egipcio— conserva todavía un notable poder explicativo a la hora de analizar los fracasos del arabismo; una línea de argumentación que Hanna Batatu prolongó y amplió a los contextos sirio e iraquí. Véanse Anouar Abdel Malek, (<)em(>)Égypte, société militaire(<)/em(>) (París, 1964), y Hanna Batatu, (<)em(>)The Egyptian, Syrian and Iraqi Revolutions: Some Observations on their Underlying Causes and Social Character(<)/em(>) (Washington, 1983), así como las monografías individuales (<)em(>)The Old Social Classes and the Revolutionary Movements of Iraq(<)/em(>) (Londres, 1978) y (<)em(>)Syria(<)/em(>)’(<)em(>)s Peasantry, the Descendants of Its Lesser Rural Notables, and Their Politics(<)/em(>) (Princeton, 1999). En este sentido, la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967 fue tanto una consecuencia como una causa de la desintegración del nacionalismo árabe. Tres años antes, Nasser había contribuido a la creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), lo que constituía en muchos aspectos un reconocimiento del cambio en la naturaleza del movimiento de liberación nacional árabe, desde una revolución regional dirigida por Estados hacia una insurgencia guerrillera mucho más localizada. El Partido Comunista Libanés (PCL) —Lebanese Communist Party (LCP) en el inglés original—, con profundas raíces en el Sur, logró presentarse con éxito como un puente entre el antiimperialismo árabe —momentáneamente derrotado— y las luchas obreras, campesinas y estudiantiles que se desarrollaban en el plano nacional. En este sentido, el Sur no solamente representó la síntesis orgánica de las luchas sociales y nacionales que se desplegaron en el Líbano durante la década de 1960, sino también su frente más avanzado.
La militancia obrera y estudiantil en el Sur se mantuvo con intensidad durante la década de 1960, al mismo ritmo que en el resto del país. Tiro siguió recibiendo la parte más dura de la represión estatal; la policía y el ejército eran desplegados de manera rutinaria para sofocar el movimiento estudiantil, que continuaba movilizándose tanto a nivel local como nacional. La dependencia económica respecto de Beirut se profundizó aún más debido al aumento de la migración hacia el norte; a finales de la década de 1960, la mitad de la población chií del Líbano vivía en Beirut, una ciudad mal preparada para absorberla plenamente. Muchos de los que permanecieron en el campo sureño continuaron trabajando en el tabaco, el cultivo dominante de la región desde la época del Mandato francés, regulado por un monopolio estatal de origen colonial conocido como la Régie. Tras la independencia, la empresa mantuvo su monopolio sobre las licencias, para las cuales había surgido un mercado especulativo controlado por terratenientes intermediarios. Este fue el objeto de sucesivas luchas, sobre todo en y alrededor de Nabatieh, y que culminaron con la sindicalización de los agricultores a comienzos de la década de 1970.
A partir de estas luchas, los congresos sucesivos del Partido Comunista en 1968 y 1974 elaboraron un programa integral de reforma agraria orientado a las periferias rurales del país (que incluía, de manera fundamental, la redistribución de la tierra, un mayor control público del monopolio del tabaco y un salario mínimo para los trabajadores agrícolas). El partido también se comprometió de nuevo con la resistencia al sionismo, una postura que había tenido dificultades para sostener públicamente hasta la Guerra de los Seis Días, debido a la posición soviética hacia Israel durante las décadas de 1950 y comienzos de 1960.12 Los pasajes traducidos de los dos programas pueden encontrarse en Tarek Y. Tareq y Jacqueline S. Ismael, (<)em(>)The Communist Movement in Syria and Lebanon(<)/em(>) (Gainesville, 1998), pp. 81–136. El brazo militar del PCL, el Haras ash-Sha‘abi (Guardia Popular), se formó como un medio para defender el sur del Líbano frente a las crecientes incursiones israelíes; actuaba codo a codo con las facciones palestinas, que a finales de noviembre de 1969 obtuvieron el control exclusivo de los campamentos de refugiados del país. En ese contexto, emergió una nueva generación militante: si no estaban ya organizados como cuadros en partidos nacionalistas o de izquierda locales, decenas de jóvenes sureños se incorporaron a las filas de los fedayines, donde apenas se hacía distinción entre libaneses y palestinos.13Las memorias de Soha Bechara, una de las presas políticas más destacadas del Líbano, originaria de la aldea fronteriza meridional de Deir Mimas, resultan ilustrativas a este respecto, pues exponen el papel de las organizaciones juveniles —en este caso, la Unión de la Juventud Democrática, afiliada al Partido Comunista Libanés (PCL)—en la organización de cuadros que posteriormente combatirían la ocupación israelí del sur del Líbano en la década de 1980. Véase: (<)em(>)Resistance: My Life for Lebanon(<)/em(>) (Nueva York, 2003). A lo largo de la década de 1970, la lucha contra el colonialismo sionista y contra el Estado libanés fueron, en la práctica, una sola, entendidas ambas como manifestaciones diferenciadas de un mismo orden imperial más amplio.
Síntesis sectaria
De manera paralela a estas transformaciones, una fuerza política muy distinta comenzó a tomar forma en el sur del Líbano. Musa al-Sadr llegó por primera vez al país en 1959, invitado a suceder a su pariente ‘Abdel Huséin Sharaf ad-Din como imán de Tiro. Criado entre Irán e Irak en el seno de una familia de destacados clérigos, al-Sadr se formó en los dos principales seminarios teológicos chiíes, Qom y Nayaf, que, en respuesta a la amenaza del anticolonialismo secular, habían comenzado a elaborar, desde dentro de las tradiciones chiíes de teoría política y de gobierno, respuestas a la dominación imperial. Sus dos principales corrientes tendían a diferir en torno a la cuestión de la soberanía: el jomeinismo, predominante en Irán, se cristalizó en torno a la autoridad última del jurista sobre el Estado y la sociedad; otra línea de pensamiento, derivada de Muhammad Baqir al-Sadr en Irak, estaba más comprometida con la soberanía popular. El activismo de Musa al-Sadr, desarrollado desde su posición como principal autoridad religiosa de la región, nunca se adscribió explícitamente a ninguna de las dos. Su gran logro residió, más bien, en la tarea pragmática de explotar la marginación histórica de los chiíes libaneses utilizando el andamiaje sectario ya existente del arreglo constitucional libanés.
¿Cuál era la solución propuesta por al-Sadr al problema de su comunidad? A pesar de la estrategia de desarrollo estatal más proactiva de la década de 1960, la pobreza y la privación rural persistían en Yabal ‘Amil. La brillantez del programa de al-Sadr consistió en canalizar la marginación histórica de los chiíes —que hasta entonces solía expresarse políticamente a través de corrientes que cuestionaban explícitamente la legitimidad del Estado libanés, desde el unionismo árabe hasta el comunismo— y reorientarla hacia un horizonte político que respetaba profundamente, e incluso reforzaba, el carácter sectario del sistema. Ni la Constitución de 1926 ni el Pacto Nacional de 1943 habían distinguido plenamente a los chiíes del conjunto más amplio de los musulmanes en el Líbano. Formalmente, los chiíes eran indistinguibles de la comunidad suní, social y políticamente dominante; en la práctica, ello se traducía en una subrepresentación sistémica de los chiíes en el Estado confesional, desde las cuotas de empleo público y cargos gubernamentales hasta la inversión regional. Para al-Sadr, la miseria en el Sur era menos el resultado estructural del capitalismo libanés (como sostenían los comunistas) que un mal funcionamiento del sistema confesional. La tarea pendiente, por tanto, era fortalecer las redes de patronazgo y redistribuir más recursos desde la capital hacia la periferia. Para al-Sadr, las incursiones israelíes contra la OLP eran reprobables sobre todo por constituir violaciones de la soberanía libanesa. La importancia de este giro difícilmente puede exagerarse. Aunque se oponía al sionismo, el fundamento de esa oposición pasó a ser su amenaza a la soberanía del Líbano, una naturalización tácita de aquello que hasta entonces había sido objeto de la oposición nacionalista árabe. Según se informó, los estadounidenses, que seguían de cerca el ascenso del clérigo, estaban encantados14Uno de los estudiosos más destacados del movimiento (<)em(>)Amal(<)/em(>) y de la historia política más reciente del sur del Líbano fue el ya fallecido Dick Norton, profesor durante muchos años en el departamento de ciencia política de la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point. Sobre el anticomunismo de al-Sadr, véase Augustus Richard Norton, (<)em(>)Amal(<)/em(>) (<)em(>)and the Shi’a: Struggle for the Soul of Lebanon(<)/em(>) (Austin, 1988), pp. 42–46.
En 1967, el chiismo fue reconocido oficialmente como una confesión distinta en la legislación libanesa. Dos años más tarde, al-Sadr se situó al frente del recién creado Consejo Islámico Superior Chií. Los notables del Sur y la burguesía chií emigrada —cuyo capital se concentraba principalmente en África Occidental— miraron inicialmente con recelo al clérigo advenedizo, pero pronto aceptaron su liderazgo; las clases terratenientes con mayor reticencia que la comunidad expatriada, que gracias a al-Sadr accedía ahora a una escena política interna que hasta entonces le había sido en gran medida impermeable. Nabih Berri, el hábil sucesor laico de al-Sadr, pertenecía a esta clase de nuevos empresarios empoderados. Nacido en Sierra Leona, hijo de un próspero comerciante de diamantes emigrado de la localidad sureña de Tibnin, la entrada de Berri en la política se produjo a través del movimiento estudiantil nacional, en el que participó mientras estudiaba Derecho en la Universidad Libanesa. Tras intentos fallidos de incorporarse a la lista electoral de Kamel Asa‘d, Berri pasó un tiempo trabajando en Estados Unidos y se unió a Amal a su regreso al Líbano como portavoz del partido en 1975, poco después de su fundación.
A comienzos de la década de 1970, la OLP y sus aliados en el Líbano habían sintetizado sus visiones de transformación social y antisionismo en un compromiso amplio con la abolición del orden político confesional. Así se constituyó el Movimiento Nacional Libanés (MNL)15 Sobre las implicaciones revolucionarias del programa del MNL, véase Nate George, “‘Our 1789’: The Transitional Program of the Lebanese National Movement and the Abolition of Sectarianism, 1975–77”, (<)em(>)Comparative Studies of South Asia, Africa and the Middle East(<)/em(>), 42, 2 (2022), pp. 470–488. En rigor, el programa de reforma constitucional del MNL constituyó una ruptura importante con el unionismo árabe de las décadas anteriores; para los años setenta, cualquier ambición de unidad equivalía en lo esencial a aceptar una forma de suzeranía, especialmente en relación con el régimen de Assad, hasta el punto de que los servicios de inteligencia sirios terminarían por asesinar al líder del MNL, Kamal Jumblatt, en marzo de 1977.Desde el inicio, este entró en conflicto con al-Sadr, cuyo movimiento político en expansión se basaba en la aceptación no solamente de la integridad del Estado libanés, sino también de su carácter sectario. A comienzos de 1974, al-Sadr anunció la creación del Movimiento de los Desposeídos —Movement of the Deprived en el inglés original—ante una multitud de 75 mil personas en Baalbek16 Joe Stork sugiere que (<)em(>)Amal(<)/em(>) nunca estuvo tan arraigado en el Sur como lo estuvo el LNM, al menos antes de 1982. Véase Joe Stork, “The War of the Camps, the War of the Hostages”, (<)em(>)MERIP(<)/em(>), 133 (1985). Para entonces, el clérigo ya había comenzado a acoger en Tiro a varias figuras influyentes de la revolución iraní, entre ellas Mostafa Chamran —futuro ministro de Defensa del Irán posrevolucionario y colaborador de ‘Ali Shariati—, quien contribuyó a la creación y al entrenamiento de los Regimientos de la Resistencia Libanesa (Amal, según el acrónimo árabe). Esta milicia armada pronto se volvería sinónimo del propio movimiento. Al-Sadr pudo haber presentado su iniciativa como insurgente, pero en la práctica hizo más que ningún intento previo —ni por parte de gobiernos centrales ni de representantes locales— para afianzar la hegemonía del Estado libanés en el Sur. El movimiento podía reivindicar, mediante su compromiso con la reforma social y la lucha antisionista, una atención genuina a la situación del Sur; sin embargo, su papel histórico y duradero fue el de desvincular la lucha contra el sionismo de cualquier proyecto antiimperialista más amplio que pusiera en cuestión la legitimidad del Estado confesional libanés.
La toma del Sur
La memoria histórica sitúa el inicio de la guerra civil libanesa en abril de 1975, cuando una masacre en Beirut Oriental, perpetrada por el brazo armado de la derecha cristiana, asesinó a veintisiete palestinos que viajaban en autobús entre los campamentos de refugiados de la ciudad. Otro foco temprano de conflicto se produjo en Saida aproximadamente un mes antes, entre pescadores locales y una empresa propiedad de la familia Chamoun, que buscaba imponer un control exclusivo sobre la actividad pesquera de la ciudad. Durante una manifestación contra los planes de la empresa, a finales de febrero, Ma‘arouf Saad —líder histórico nasserista de la ciudad y veterano de la revuelta palestina de 1936— fue abatido por el Ejército libanés. Dada la naturaleza de las coaliciones que conformaron los dos bandos enfrentados, la guerra se desarrolló de manera desigual en las distintas regiones del país. En un primer momento, los combates se concentraron en torno al control de Beirut y sus alrededores. En el Sur, el equilibrio que se había establecido entre la OLP e Israel a finales de la década de 1960 permaneció en líneas generales inalterado durante las primeras fases del conflicto. Incluso la invasión israelí de una semana en marzo de 1978 cambió relativamente poco la situación, ya que la OLP recuperó rápidamente el territorio al sur del Litani tras la retirada israelí. Los efectos de la invasión de 1982 serían, en cambio, mucho más duraderos y transformadores. A partir de entonces, el antisionismo en el sur del Líbano pasaría de manos de la coalición liderada por los palestinos a otra dominada crecientemente por islamistas militantes. Paralelamente, el entonces líder de Amal, Nabih Berri, aprovecharía el vacío generado por la invasión israelí para extender gradualmente su control sobre la economía del Sur.
Hezbolá surgió a partir de una fractura interna en Amal. Tras el asedio de Beirut, que se prolongó durante tres meses en el verano de 1982, la OLP fue derrotada y expulsada del Líbano. Berri había participado en un gobierno de salvación nacional junto a Bashir Gemayel, líder de las Falanges cristianas —un colaborador notorio y el candidato preferido de Israel para la presidencia de la República17 En agosto de 1978, Musa al-Sadr viajó a Libia por invitación de Gaddafi. No volvió a ser visto nunca más. Las circunstancias que rodean su desaparición siguen siendo, hasta el día de hoy, un misterio. Casi con toda seguridad fue ejecutado por orden del coronel, pero aún no ha surgido un motivo convincente para su asesinato —más allá de vagas referencias a su rivalidad con Jomeini—. Sectores del estamento clerical chií, de orientación jomeinista y con base en la Bekaa bajo control sirio (Subhi al-Tufayli, ‘Abbas al-Musawi, Hassan Nasrallah), se agruparon en una corriente disidente dentro de Amal y pronto comenzaron a coordinarse con decenas de jóvenes militantes, en su mayoría hijos del Sur, ahora bajo ocupación directa y privados de la infraestructura organizativa de la OLP o del MNL. (Imad Mughniyeh y su primo Mustafa Badreddine, dos célebres comandantes de Hezbolá en años posteriores, habían sido reclutas de Fatah en su juventud). Aunque adoptaría su nombre en años posteriores, Hezbolá se dio a conocer por primera vez ante los israelíes mediante dos ataques contra el cuartel general de las FDI en Tiro en 1982 y 1983. Los intereses estadounidenses también figuraron entre los primeros objetivos: el 18 de abril de 1983, la embajada de Estados Unidos sufrió graves daños en un atentado. Poco después tuvo lugar un ataque coordinado contra los cuarteles que albergaban un batallón de infantes de marina, en el que murieron más de 300 personas.
Amal, con el respaldo de Siria, fue el principal beneficiario de la invasión israelí, aunque ahora enfrentaba la competencia de Hezbolá, que demostraba una eficacia creciente en la resistencia a la ocupación del Sur. Frente a un Hezbolá emergente se encontraban las fuerzas seculares reconstituidas (y mermadas) del MNL, encabezadas principalmente por el PCL y otras facciones comunistas, ahora separadas de los escasos contingentes palestinos armados, en su mayoría confinados a los campamentos urbanos. La eficacia de estas fuerzas convenció pronto a las FDI del alto costo de mantener una presencia permanente en el sur del Líbano, vigente desde la invasión del verano de 1982. En 1985, Israel se retiró finalmente a posiciones a lo largo de la frontera, manteniendo el control militar a través del Ejército del Sur del Líbano, una unidad de contrainsurgencia subcontratada que había comenzado a entrenar a mediados de la década de 1970 y que estaba compuesta por hombres —muchos de ellos desertores del Ejército libanés— procedentes de aldeas cristianas del Sur.
Si bien la expulsión de la presencia israelí en el Sur constituía un objetivo común, poco más unía a los grupos que la perseguían. Quizá más significativos que las operaciones contra Israel llevadas a cabo durante la década de 1980 fueron los enfrentamientos internos dentro del propio frente, integrado ahora por Amal, Hezbolá y las facciones palestinas y libanesas de izquierda reconstituidas tras el asedio de Beirut. Lo que estaba en juego era el control de la lucha contra Israel, librada con mayor agresividad por una alianza entre el régimen sirio y Amal: una convergencia entre la ambición histórica de Siria de depurar cualquier frente de resistencia en el Líbano de amenazas potenciales a su propia estabilidad y el deseo de Amal de expandir su papel como principal partido sectario de los chiíes libaneses. Los palestinos en el Líbano fueron objeto de una sangrienta campaña de tres años, la infame Guerra de los Campamentos —War of the Camps en el inglés original—, entre 1985 y 1988. Figuras destacadas de la izquierda secular también fueron blanco de ataques18 El asalto contra el Partido Comunista Libanés fue particularmente brutal. Entre las figuras más destacadas asesinadas entre 1986 y 1987 se encuentran el ya mencionado Mahdi Amel (n. Hassan Hamdan, 1926–87), reconocido teórico social; Hussein Mroueh (1910–87), crítico literario y editor de la revista del PCL, (<)em(>)al-Tariq(<)/em(>); Khalil Nʿaous (1935–86) y Suheil Tawileh (1941–86), ambos escritores, editores y miembros del Buró Político del partido.Para la alianza sirio-amalista, Hezbolá representaba otra fuente de inestabilidad. El fratricidio entre Amal y Hezbolá, que se prolongó durante más de dos años, debe entenderse tanto como una expresión de las prioridades sirias de contener las consecuencias de una colisión cada vez más intensa entre Irán y Estados Unidos en una zona considerada vital para su seguridad, como, simultáneamente, un intento de Berri de domesticar cualquier fuerza insurreccional que pudiera poner en cuestión la futura integridad del Estado libanés y el papel que él mismo ocupaba ya en su seno.
El creciente dominio de Berri en el plano nacional fue inseparable del control personal que él y su partido lograron ejercer sobre el Sur durante la segunda mitad de la década de 1980. En cierto sentido, esto no difería de lo ocurrido en otras regiones del país: la competencia violenta entre milicias por el control de los activos estatales y de las fuentes de ingresos marcó en gran medida la lógica de la guerra en sus fases finales, al tiempo que sentó las bases del orden posbélico emergente.19Un útil recuento de la economía de guerra puede encontrarse en Fawwaz Traboulsi, (<)em(>)A History of Modern Lebanon (<)/em(>)(London, 2007) pp. 220-238. La posición de Berri en el Estado se vería ampliada y consagrada al ser elegido, tras el fin de la guerra, como primer presidente del Parlamento libanés, cargo que ha ocupado desde entonces y que ha ejercido como una plataforma de intermediación nacional extraordinariamente poderosa y lucrativa. Desde la función pública hasta los sindicatos, pasando por el sector inmobiliario y la banca, apenas existe un ámbito de la política o de la economía en el que no se haga sentir su influencia. La contrarrevolución de Musa al-Sadr estaba prácticamente consumada: el antiimperialismo revolucionario que había dominado el Sur en las décadas de 1950 y 1960 había sido sustituido por un movimiento que aún podía presentarse como representante de “los desheredados” y oponerse al expansionismo sionista, pero que en la práctica solo utilizaba esos sentimientos para beneficiarse como socio del nacionalismo libanés y del orden imperial más amplio.
(Neo-) liberación
A finales de la década de 1980, los dos grandes bloques que habían desencadenado la guerra civil libanesa eran apenas reconocibles, transformados y reconfigurados por la derrota, el desgaste y los enfrentamientos internos. La derecha se había fragmentado, pero la transformación de la izquierda fue más profunda y rigurosa. Hafez al-Assad, impulsado por los temores en torno a la estabilidad de su propio régimen en Siria, había buscado durante años limitar la autonomía de la OLP y de las facciones libanesas de izquierda aliadas. Con Amal y Hezbolá sustituyendo de facto a la izquierda secular en el Sur, Assad emergió como uno de los principales beneficiarios del conflicto.
El acercamiento sirio-estadounidense tras la Guerra del Golfo parece haber sido decisivo para permitir a Assad y a su jefe de seguridad en el Líbano, Ghazi Kanaan, actuar con libertad en la configuración de un acuerdo posbélico. Los Acuerdos de Taif, firmados en 1989, reconocieron oficialmente a Hezbolá como la única fuerza legitimada para ejercer la resistencia armada contra Israel en el Sur, por lo que quedó exento del desarme general estipulado por la paz. El programa político del grupo, a su vez, se volvió mucho más acomodaticio respecto del arreglo constitucional libanés, que —salvo ajustes menores— sobrevivió a la guerra intacto. La revolución islámica siguió siendo un compromiso teórico, pero perdió centralidad en las prioridades políticas del movimiento. A lo largo de la década de 1990, las operaciones de resistencia en el Sur contra los israelíes no solamente aumentaron en número, sino también en sofisticación, acompañadas de una expansión de las capacidades comunicativas, con emisiones de radio y televisión que proyectaban directamente los avances de la resistencia hacia su base social. En mayo de 2000, tras años de presión militar sostenida, Israel se retiró unilateralmente. En una reunión organizada en Bint Jbeil para celebrar la liberación del Sur, Nasrallah consolidó su posición, tanto a nivel interno como internacional, como el adversario más eficaz de Israel desde Nasser. Su discurso perseguiría la imaginación israelí durante el siguiente cuarto de siglo: “Este Israel que posee armas nucleares y la fuerza aérea más poderosa de la región”, proclamó, “por Dios, es más débil que una tela de araña”.
Tras la liberación, los primeros esfuerzos de recuperación económica emprendidos por la clase política surgida tras Taif alimentaron una sensación general de optimismo, incluso de euforia. Un subconjunto completamente nuevo de la burguesía libanesa se había consolidado como fuerza política coherente durante la década de 1990: Rafiq Hariri, que dominaría la política libanesa durante una década y media, fue quizá el más exitoso de estos contratistas, muchos de los cuales habían amasado sus fortunas como emigrantes en el Golfo. Sus imperios privados en los sectores inmobiliario, de las telecomunicaciones y financiero pronto sustituyeron al debilitado Estado como principal motor de la reconstrucción posbélica. En la práctica, esto supuso la absorción de buena parte de la riqueza libanesa —pública y privada— en sus feudos personales. La propia empresa de Hariri, Solidere, supervisó el desarrollo depredador del centro de Beirut —antiguo corazón comercial de la ciudad y hogar de decenas de miles de residentes— en un lujoso centro comercial; quizá el ejemplo más visible y duraderamente escandaloso de la “acumulación a escala urbana” posibilitada por este nuevo equilibrio entre clase y poder estatal.20 Hannes Baumann (2019), “The Causes, Nature, and Effect of the Current Crisis of Lebanese Capitalism”, (<)em(>)Nationalism and Ethnic Politics(<)/em(>), 25:1, p. 65. Para un análisis del trabajo migrante del que dependió gran parte de esta reconstrucción (y del que el Líbano sigue dependiendo), véase John Chalcraft, “Labour in the Levant”, (<)em(>)New Left Review(<)/em(>), 45 (mayo/junio de 2007).
Habiendo sido uno de sus principales arquitectos, Nabih Berri se benefició enormemente de la nueva lógica rentista que sustentó la economía libanesa de posguerra. Las relaciones entre Amal y Hezbolá eran sólidas, a pesar de su competencia por el control del Sur. Pronto emergió una división del trabajo. Hezbolá, con su derecho continuado a portar armas, asumió la responsabilidad principal de la insurgencia contra la ocupación israelí. Amal, en cambio, gozó de una primacía casi incontestada sobre los resortes de la economía política del Sur. Berri fue central en este proceso. En 1993, su estrecho aliado Nassif Saklaoui fue nombrado director de la Régie y canceló las licencias preexistentes para el cultivo de tabaco en manos de la clase terrateniente que había actuado como intermediaria entre la empresa y los cultivadores en las décadas anteriores. Las licencias pasaron a concederse directamente a los agricultores que habían permanecido en sus aldeas durante la guerra y la ocupación, lo que contribuyó a frenar la despoblación del campo21Munira Khayyat, (<)em(>)A Landscape of War: Ecologies of Resistance and Survival in South Lebanon(<)/em(>) (Oakland, 2022) pp. 99–100.
El Consejo del Sur, fundado por Musa al-Sadr a finales de la década de 1960 y que desde entonces había permanecido bajo control de Amal, recaudó más de 850 millones de dólares para proyectos de reconstrucción y desarrollo en toda la región. Los resultados de estas políticas fueron considerables. Las concesiones otorgadas a los cultivadores lograron, en parte, contener la intensificación de la emigración desde el Sur, que constituía una amenaza evidente para la viabilidad misma de la resistencia. La redistribución sectaria parece también haber fomentado un cierto grado de crecimiento: entre 1997 y 2004, el distrito meridional de Nabatiyeh registró el mayor aumento nacional del consumo privado per cápita (5,82 por ciento), aunque esta cifra indica con mayor fiabilidad el enriquecimiento dentro —y entre— las redes clientelares de Amal, expresión de la consolidación de Berri como el principal empresario sectario del Sur22 Más allá de los matices, no debería subestimarse, desde una perspectiva histórica, la novedad que ponen de relieve estos datos: ʿAkkar —y no el Sur— se ha situado, durante la última década y media, como la región más pobre del Líbano en términos generales. Véase Nisreen Salti y Jad Chaaban, “The Role of Sectarianism in the Allocation of Public Expenditure in Postwar Lebanon”, (<)em(>)International Journal of Middle Eastern Studies(<)/em(>), 42, 4 (2010), pp. 637–655.
Durante su ascenso en la década de 1970, Berri solía presentar su programa político como una alternativa más justa al de las familias notables que habían lastrado durante décadas el desarrollo del Sur. En la práctica, Berri no hizo sino sustituir los intereses dispersos y la influencia de esas familias por los suyos propios, y elevar la representación chií a una posición mucho más central (y lucrativa) dentro del aparato estatal libanés. En lo que respecta al pacto de clase entre Beirut y las familias del Sur surgido con la formación del Estado libanés, los habitantes de la región obtuvieron poco más que un patrón más influyente y más rico.23 Esta ciclicidad parece ajustarse bien a los planteamientos de Mahdi Amel sobre el “modo de producción colonial”, teorizado como un apéndice estructuralmente distinto, aunque vital, del capitalismo global. El concepto fue empleado por primera vez por ʿAmel para intervenir en los debates en torno al subdesarrollo en el mundo colonizado y poscolonial. El modo de producción colonial no solo depende de una “solidaridad de clase inusualmente profunda entre facciones de comerciantes y terratenientes”, como se observa en la integración del Sur en el Gran Líbano, sino que también parece dar cuenta de la supervivencia del Estado y de la derrota de la liberación nacional a lo largo de las décadas de 1970 y 1980, lo que ʿAmel denomina “una interrupción del movimiento del desarrollo de estos países de acuerdo con la lógica de su devenir interno”. Véase Amel, «Colonialism and Underdevelopment”, en (<)em(>)Marxism and National Liberation(<)/em(>), pp. 23–39.
Absorber la resistencia
La liberación del Sur por parte de Hezbolá fue un hecho extraordinario, probablemente el mayor triunfo logrado hasta la fecha por una fuerza armada frente a Israel (sobre todo si se consideran las diferencias de medios entre Nasser en 1956 y Sadat en 1973, por un lado, y las de las guerrillas del Sur, por otro). No obstante, la victoria planteó inevitablemente más preguntas que respuestas a una organización cuya razón de ser, durante casi una década, había sido la resistencia nacional. ¿Cuál debía ser el papel de Hezbolá después de la liberación? La persistente ocupación israelí de las Granjas de Shebaa —un territorio de unos 20 km² a lo largo de la frontera libanesa con los Altos del Golán— difícilmente podía justificar la permanencia del grupo ante el amplio abanico de adversarios políticos que reclamaban su desarme, desde la derecha cristiana y los progresistas anti-autoritarios en el ámbito interno, hasta las presiones internacionales de Estados Unidos y Arabia Saudí. Hezbolá reorientó entonces su misión hacia la liberación de Palestina propiamente dicha.
El verdadero dilema para la dirigencia de Hezbolá era cómo garantizar la supervivencia y la reproducción del partido más allá de la tarea insurreccional, especialmente frente a la competencia de Berri. Hezbolá podía, desde luego, contar con el apoyo continuo de Irán para financiar sus operaciones (las estimaciones sitúan estas transferencias en torno a los 100–200 millones de dólares anuales durante la década de 2000), pero mientras el partido rehusara asumir el poder estatal seguiría siendo vulnerable a las fuerzas interesadas en erosionar tanto su arsenal como su base social.
La respuesta de Hezbolá fue asumir la tarea de gobernar. El partido había mantenido una presencia constante en el Parlamento desde comienzos de la década de 1990, pero hasta entonces se había autoexcluido de los sucesivos gabinetes por razones ideológicas. En 2002, Naim Qassem, histórico adjunto de Nasrallah y su eventual sucesor, publicó un libro concebido como una actualización de la visión política y estratégica del movimiento. En lugar de descartar de plano la participación en el gobierno, el grupo pasaría a evaluar sus opciones en función de su propio interés. El cambio de tono constituía, en la práctica, una apertura casi definitiva a la participación. “La discusión sobre la pertenencia al Consejo de Ministros —escribe Qassem— se planteará en cada ronda de formación del gobierno, en la que se examinen los hechos, las ventajas y los inconvenientes. Tal discusión se considerará más pertinente que una respuesta definitiva a priori”24 Naim Qassem,(<)em(>) Hizbullah: The Story from Within(<)/em(>) (London, 2002) pp. 250–265.
Tres años después, el 14 de febrero de 2005, Rafiq Hariri fue asesinado en una enorme explosión dirigida contra su comitiva en el centro de Beirut. El atentado se produjo en un contexto de deterioro de las relaciones entre el Líbano y el régimen sirio, a raíz de la propuesta de prorrogar el mandato de Emile Lahoud como presidente de la República (Lahoud era un aliado incondicional de Assad). Casi con toda seguridad, Siria estuvo detrás del ataque, y muy probablemente recurrió a operativos de Hezbolá para ejecutarlo. Las consecuencias del atentado condujeron finalmente a la retirada siria del Líbano ese mismo año, pero la alineación o la oposición a Damasco siguió siendo durante años la principal línea de fractura a través de la cual se canalizaría el conflicto político. En cualquier caso, la integración de Hezbolá en el Estado apenas se ralentizó: ese mismo año, Trad Hamadeh y Muhammad Fneish se convirtieron en los primeros ministros del partido, como parte de un efímero gobierno de unidad nacional, a cargo respectivamente de las carteras de Trabajo y Energía.
En julio de 2006, Hezbolá llevó a cabo una incursión transfronteriza con el objetivo de capturar soldados israelíes para negociar un canje de prisioneros. La operación causó la muerte de ocho soldados israelíes y la captura de otros dos. Israel respondió de inmediato con bombardeos aéreos contra objetivos militares y civiles en todo el país. En la guerra que siguió, y que duró poco más de un mes, Israel puso en práctica una estrategia de destrucción máxima de barrios residenciales e infraestructuras públicas mediante un uso abrumador del poder aéreo; una novedad en aquel momento, que desde entonces se ha convertido en práctica militar estándar de las FDI. El intento de invasión terrestre fue menos exitoso y no logró cumplir ninguno de sus objetivos principales ni controlar ningún gran núcleo urbano (la defensa de Bint Jbeil, donde cien combatientes de Hezbolá repelieron tres oleadas de ataque de una fuerza israelí de cinco mil efectivos, es recordada como uno de los mayores logros militares de la resistencia). La incapacidad de Israel para mantener el control de ningún territorio significativo en el Sur del Líbano después de 2006 otorgó una credibilidad real a los principales factores disuasorios de la resistencia: la amenaza de una incursión en Galilea y de ataques contra Tel Aviv. Sin embargo, el precio impuesto a la población civil, especialmente en Beirut y en el Sur, fue enorme. (Se dice que Nasrallah, marcado por la destrucción que Israel infligió a Beirut y al Sur, se inclinó posteriormente, tras el 7 de octubre, por una relativa contención para evitar la repetición de un escenario similar).
Igualmente decisivo fue que Hezbolá asumiera, a través de empresas contratistas vinculadas al partido, la reconstrucción de barrios y aldeas dañados durante la guerra. El resultado neto de este proceso fue doble. En la reconstrucción del sur de Beirut, amplias zonas de la ciudad que se habían desarrollado de forma informal en las décadas anteriores fueron privatizadas mediante la redistribución y regularización de los derechos de propiedad de los residentes, consolidando una clase media en ascenso, leal a la resistencia.25 “Mi mejor estimación —escribe Mona Fawaz— es que al menos un tercio de los títulos privados que se consideraban ‘dados’ en Haret Hreik habían sido creados entre 1983 y 1994 como ocupaciones de diversas formas de propiedad pública, a través de múltiples arreglos informales. En aquel momento, los promotores inmobiliarios subdividieron grandes extensiones agrícolas en lotes más pequeños y transformaron los huertos de naranjos de este lejano suburbio de Beirut en el denso barrio residencial en el que se había convertido para 2006”. Mona Fawaz, “The Politics of Property and Planning: Hezbollah’s Reconstruction of Haret Hreik (Beirut, Lebanon) as Case Study”, (<)em(>)International Journal of Urban and Regional Research(<)/em(>), 38, 3 (2014), p. 928. Esto, a su vez, no habría sido posible sin un sector aliado de la burguesía contratista, que se benefició ampliamente de la creciente integración del partido en la maquinaria del Estado.26 Joseph Daher enumera cuatro grandes empresas afiliadas —cinco si se incluye a Jihad al-Binā’, que existía desde la década de 1990—: Tajco, al-Inmaa, Meamar y Arch Consulting. Véase Daher, (<)em(>)Hezbollah(<)/em(>), pp. 83-88. Todo ello tuvo como consecuencia una transformación profunda de la función social de la organización: Hezbolá pasó a representar simultáneamente la resistencia antisionista y una disposición a actuar dentro del marco del Estado nacional. Aunque seguía reivindicando el legado del internacionalismo islamista militante, puede decirse que 2006 “libanizó” plenamente a Hezbolá; fue en la posguerra cuando demostró que, al igual que las demás fuerzas políticas que habían dado forma al arreglo de posguerra, podía funcionar no solamente como un eficaz vehículo de redistribución sectaria para su base, sino también como garante de la acumulación de capital para los rentistas de su propia comunidad.
Estas imbricaciones financieras no hicieron sino intensificarse a lo largo de la década siguiente, de la mano de una participación cada vez mayor en la gestión del Estado. En 2008, el gobierno de Fouad Siniora intentó apoderarse de la red de telecomunicaciones independiente de Hezbolá, acusando a la resistencia de espiar a sus adversarios políticos internos. En cuestión de días, Hezbolá movilizó su superior infraestructura militar para someter de facto a un cerco a los dirigentes del gobierno y ocupar zonas afines en distintos puntos del país, incluida la mayor parte de Beirut occidental. Una mediación impulsada por Catar para resolver la crisis consagró un poder de veto efectivo de Hezbolá dentro del Ejecutivo, que el movimiento utilizaría en su beneficio en sucesivas crisis políticas en los años siguientes. Para cuando estallaron las protestas masivas en respuesta al colapso económico de finales de 2019, Hezbolá ya no era simplemente una fuerza militar con presencia parlamentaria: se situaba en el centro de una coalición gobernante, como auténtico hacedor de reyes del entonces presidente Michel Aoun. Sin embargo, aquella crisis representó también, probablemente por primera vez, la identificación plena e inequívoca de Hezbolá con los intereses comprometidos en la preservación de la oligarquía libanesa.
Sueños estadounidenses, preguntas del Sur
Salvo por intercambios de fuego ocasionales y breves, la década de 2010 fue relativamente tranquila para el sur del Líbano. Durante esos años, Siria constituyó la principal línea de fractura del equilibrio regional de poder. Su revolución frustrada se transformó en una oportunidad —aprovechada por distintos actores— para obtener ventajas en la pugna creciente entre Irán y los Estados del Golfo (y, por extensión, Estados Unidos). La guerra en Siria desplazó a doce millones de personas y causó más de seiscientas mil muertes, hasta la mitad de ellas civiles. El objetivo estratégico de Hezbolá a lo largo de esta tragedia fue asegurar la continuidad de las líneas de suministro que conectan Irán con el sur del Líbano a través de Irak y Siria. El amplio respaldo entre sectores antiimperialistas que Hezbolá había cosechado durante la Guerra de Julio se dilapidó en gran medida en Siria. La participación del grupo en la destrucción de Qusayr, Zabadani y Alepo en nombre del régimen de Assad dañó de forma permanente esa reputación. Por necesaria que haya sido para su supervivencia, la intervención en Siria consolidó una serie de transformaciones que terminarían comprometiendo estratégicamente al movimiento en los años posteriores. Hezbolá nunca había combatido en una campaña de la magnitud y duración de la guerra civil siria. A medida que aumentaban las bajas, el reclutamiento se volvió menos selectivo y el entrenamiento, menos riguroso. Una formación militar forjada en la resistencia frente a la invasión y la ocupación por parte de un enemigo muy superior pasó a liderar asaltos terrestres contra ciudades sirias con el apoyo de bombardeos aéreos rusos. Para toda una generación de nuevos cuadros, esta fue la primera experiencia de guerra abierta, una preparación difícilmente adecuada para las reglas de enfrentamiento en el frente del Sur. La ampliación del teatro de operaciones incrementó también la probabilidad de brechas de seguridad y de vigilancia, así como lo que algunos observadores cercanos han descrito como un aumento del “ruido” producido por una fuerza que anteriormente había hecho del sigilo su principal ventaja estratégica. Es muy posible que este factor haya sido decisivo para otorgar a Israel la ventaja en su confrontación con Hezbolá tras el 7 de octubre27Un reportaje del (<)em(>)Financial Times(<)/em(>) ofrece un recuento de cómo los servicios de inteligencia israelíes lograron infiltrarse en las operaciones de Hezbolá como resultado de su implicación en Siria. Mehul Srivastava, James Shotter, Charles Clover y Raya Jalabi, “(<)a href='https://www.ft.com/content/6638813e-e246-4409-9a38-95bf60a220a8'(>)How Israeli spies penetrated Hezbollah(<)/a(>)”, (<)em(>)Financial Times(<)/em(>), 29 de septiembre de 2024.
Esto no significa que el desenlace de la guerra fuera un resultado inevitable. Nasrallah dedicó un esfuerzo considerable a evitar la ampliación del frente durante los primeros doce meses del conflicto. Al optar por esta línea más paciente, entró en contradicción con altos mandos militares, entre ellos Ibrahim Aqil, que buscaban aprovechar la entrada israelí en Gaza para establecer un nuevo equilibrio en el frente meridional. Que Hezbolá hubiera podido sostener realmente una ofensiva más allá de la frontera sigue siendo una cuestión abierta. Sin embargo, cuando decidió no escalar tras el asesinato en Beirut, a comienzos de enero de 2024, del alto dirigente de Hamás Saleh al-Arouri, la cautela fue interpretada como debilidad. Todo indica que la función de los nueve meses siguientes fue mantener una ilusión de disuasión, una señal para Hezbolá de que su implicación, por prudente que fuese, estaba teniendo algún efecto en la contención de Israel. En septiembre, esa ilusión se hizo añicos. Gracias a su abrumadora superioridad aérea y a sus capacidades de inteligencia, Israel infligió a Hezbolá una derrota que hasta entonces había sido difícil de imaginar. Como era previsible, la invasión terrestre logró escasos avances, pero con la organización efectivamente descabezada, ello resultó en gran medida irrelevante.
Por concluyente que pueda parecer el resultado de la guerra reciente, las transformaciones en el papel y el funcionamiento de Hezbolá como organización durante las dos últimas décadas serán igualmente determinantes para su futuro. Sus operaciones en Siria a lo largo de la década de 2010 reflejan el papel estructural que pasó a desempeñar en el plano interno, caracterizado sobre todo por una exposición creciente a un conjunto de presiones en gran medida ajenas al grupo que había encabezado con éxito la insurgencia contra la ocupación israelí del Sur en los años noventa. Tal fue el coste de la gobernanza y de una mayor inserción en el Estado: supervivencia y expansión, pero también nuevas responsabilidades y restricciones. Los esfuerzos de reconstrucción posteriores a 2006 contribuyeron a consolidar una base social al tiempo que abrían vías de acumulación para la fracción sectaria de la burguesía libanesa vinculada a Hezbolá. Estos intereses, sin duda, condicionarán cualquier compromiso futuro. El movimiento no tiene otra opción que mantener públicamente su firmeza en defensa de su arsenal, pero si en efecto se está barajando discretamente una posible vía de salida, la continuidad de sus actividades no militares representa a la vez un incentivo considerable y una forma de justificación ante su base para una eventual entrega de armas. Si la esfera de influencia de Irán se viera recortada como parte de un acuerdo forzado bajo el actual y enorme peso de la presión estadounidense, Hezbolá podría, en teoría, justificar la entrega de su armamento pesado en nombre de la preservación de su papel como representante político de su comunidad28 De qué manera exacta los planes actuales del partido en torno a la reconstrucción tras la guerra más reciente se inscriben en estas consideraciones es una cuestión que aún requiere mayor esclarecimiento. Ya se han anunciado compromisos iniciales por parte del mismo conjunto de empresas e instituciones que supervisaron los esfuerzos de reconstrucción después de 2006. Véase Fouad Bazzi, “(<)a href='https://en.al-akhbar.com/news/hezbollah-steps-in-with--3-billion-reconstruction-plan-as-st'(>)Hezbollah Steps in With $3 Billion Reconstruction Plan(<)/a(>)”, (<)em(>)al-Akhbar(<)/em(>), 7 de septiembre de 2025. En este sentido, resulta revelador que los pronunciamientos recientes de Estados Unidos sobre el Sur hayan comenzado a distinguir entre las operaciones militares de Hezbolá y su ala política. La parte más inflexible en las negociaciones ha sido, de hecho, Israel, suficientemente confiado en su creciente supremacía regional como para considerar el desarme una casi inevitabilidad, y desde luego no un resultado sujeto a negociación.
En conjunto, Estados Unidos e Israel parecen haber alcanzado en el sur del Líbano un nivel de dominación sin parangón entre las potencias imperiales del último siglo. Sin embargo, existe una diferencia entre el desarme de Hezbolá —la prioridad inmediata de Washington— y la pacificación a largo plazo de la región —su horizonte último—. Esta última constituye un proceso más complejo, que depende del uso del Estado libanés como instrumento del poder estadounidense. Sus múltiples contradicciones, evidentes desde hace más de un siglo, lo convierten en una herramienta poco adecuada para una tarea de ese tipo.
El país continúa paralizado por la misma oligarquía sectaria que condujo al colapso económico masivo de finales de 2019. Al igual que en la década de 1990 y a mediados de los años 2000, es probable que la reconstrucción de posguerra en la década de 2020 vuelva a ser un mecanismo central para la reproducción de esa misma clase. Más allá de ello, el Estado tiene poco más que ofrecer que securitización, lo que difícilmente disuadirá nuevas incursiones israelíes. Allí donde sí resultará más útil será en la labor de vigilar internamente cualquier eventual acuerdo. El plan del enviado especial estadounidense Tom Barrack para el establecimiento de una “zona económica especial Trump” en el sur, que quedaría bajo una suzeranía sionista efectiva, fue con razón objeto de burla cuando salió a la luz en los últimos meses. No obstante, la propuesta sí revela algo de las reservas de Washington a la hora de entregar el control al Estado libanés. Pese a sus grandilocuentes compromisos con la soberanía del Líbano, se reconoce que, en las condiciones actuales, Beirut no puede aspirar a ejercer ninguna hegemonía duradera en el Sur. A lo sumo, podría esperar una forma frágil de dominación.
Desde luego, si la tradición antiimperialista del sur del Líbano logra sobrevivir, su manifestación más reciente será distinta de sus predecesoras. No existe hoy ningún equivalente regional al internacionalismo iraní de la década de 1980, ni tampoco un actor capaz de sustituir a Hezbolá como fuerza fuertemente armada y altamente coordinada. Una nueva fuerza de resistencia estaría más aislada que cualquiera de sus antecesoras, tanto en el plano interno como en el internacional, y se enfrentaría a un expansionismo israelí envalentonado. Sin embargo, pese a este desfavorable equilibrio de fuerzas, resulta casi inevitable que la fase actual del proyecto sionista suscite una resistencia feroz. La tesis de la coexistencia pacífica nunca ha sido menos verosímil. La necesidad de protección frente al régimen genocida del país vecino nunca ha sido tan apremiante. Una oposición volverá a emerger, adopte la forma que adopte. La derrota del Sur en 2024 todavía no puede presentarse como una victoria duradera para el imperio.
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