Número 1, junio de 2026
Análisis
Mosaicos de resistencia
Disuasión iraní frente a la agresión estadounidense-israelí
La guerra estadounidense-israelí contra Irán ha puesto en primer plano una pregunta que se ha vuelto cada vez más urgente desde el inicio del genocidio en Gaza: ¿cómo debemos entender la reconfiguración del poder imperial en Asia Occidental?1 El autor quiere agradecer a Oliver Eagleton, Toby Craig Jones, Mitra Yousefi, Golnar Nikpour y Afshin Matin-asgari por sus comentarios en versiones iniciales de este artículo. Si bien las analogías con la diplomacia coercitiva naval del siglo XIX capturan la teatralidad de la agresión, a menudo oscurecen su verdadero carácter histórico e institucional. Los ataques incesantes sobre territorio iraní—dirigidos contra instalaciones militares, depósitos de combustible, refinerías de petróleo, una planta de desalinización de agua dulce y otras infraestructuras civiles—revelan un tipo de guerra muy particular que apunta no solo a las fuerzas armadas, sino también al funcionamiento básico del Estado, desde los sistemas energéticos hasta los suministros de agua y las redes logísticas. Hoy, los propios cimientos de la vida económica y social están en la mira del imperio.
Esto difícilmente debería sorprender. Durante décadas, Estados Unidos ha extendido su vasta presencia militar en toda la región: un archipiélago de bases, instalaciones de radar, grupos de ataque de portaaviones y redes de vigilancia que se extiende desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo oriental. Aunque pueda parecer una ruptura repentina, la guerra que Trump y Netanyahu lanzaron el 28 de febrero es, en realidad, la culminación “natural” de esta larga campaña contra el Estado y la sociedad iraníes. Las sanciones, el sabotaje, las operaciones cibernéticas y las acciones encubiertas nunca fueron alternativas a la intervención militar directa, sino su preparación. Tanto Irak como Libia fueron sometidos a la misma secuencia, en la que un periodo de presión sostenida fue seguido finalmente por un asalto armado a gran escala. Primero estrangulamiento, luego destrucción.
En su ensayo “Descolonizando la descolonización”, el historiador Frederick Cooper ha advertido que el discurso de la descolonización crea la falsa impresión de que el poder imperial está en retirada lineal desde 1945, cuando lo que estamos viendo en todo el mundo es su persistencia, reconstitución y adaptación. Para Cooper, la “reimperialización” es una categoría más adecuada para captar esta nueva realidad. Esta tesis, que parece cada vez más plausible a la luz de los acontecimientos en Asia Occidental desde octubre de 2023, se refleja en la trayectoria reciente de Irán: un caso de estudio revelador tanto de los orígenes de la reimperialización como de los mecanismos que hoy la sostienen.
Lo que se presenta enseguida es un recuento del aparato imperial que se construyó para socavar a la República Islámica, cómo este produjo la singular doctrina de disuasión del país y cómo sentó las bases del conflicto actual. Al examinar de cerca esta trayectoria, podemos comprender hasta qué punto la subversión económica y el poder militar, lejos de ser discontinuos, forman parte de una estrategia integrada mediante la cual la potencia hegemónica busca frustrar las aspiraciones de soberanía y desarrollo de los Estados fuera del núcleo capitalista dominado por Estados Unidos. Como veremos, Estados Unidos ha traducido su posición privilegiada dentro de las redes financieras e informacionales globales en poder coercitivo directo, regulando el acceso de Irán a las condiciones materiales de la misma vida económica: canales bancarios, sistemas de pago, liquidación del comercio, divisas, tecnología e inversión. Sin embargo, Irán también ha utilizado las interdependencias de la economía mundial contemporánea para contraatacar a sus adversarios y frustrar su deseo de un cambio de régimen.
Modos de coerción
La República Islámica se forjó en el crisol de la revolución y la guerra prolongada con el vecino Irak. La Revolución de 1979 ocurrió en un momento en que los procesos formales de descolonización ya habían seguido en gran medida su curso y los Estados recién independientes debían ahora enfrentarse a una serie de rígidas restricciones neocoloniales desde Washington y Moscú. Para muchos movimientos revolucionarios de la época, la Guerra Fría no se experimentó como una lucha ideológica entre dos sistemas, sino como una reorganización concreta del poder geopolítico en la que los antiguos patrones de competencia imperial continuaban desarrollándose.2Ver, Odd Arne Westad, (<)em(>)The Global Cold War: Third World Interventions and the Making of Our Times(<)/em(>), Kindle (Cambridge University Press, 2007). Paul Thomas Chamberlin, (<)em(>)The Cold War’s Killing Fields: Rethinking the Long Peace(<)/em(>) (HaperCollins, 2018). El lenguaje de la confrontación bipolar no lograba captar hasta qué punto el conflicto global seguía moldeado por proyectos rivales de dominación—capitalistas o comunistas—que sofocaban y distorsionaban las ambiciones más radicales de sociedades recientemente liberadas del dominio colonial. Fue un periodo marcado por un creciente escepticismo frente a las promesas emancipatorias de la liberación nacional, a medida que el debate sobre los límites y contradicciones del desarrollo postcolonial se intensificaba tanto en el Norte como en el Sur Global.
En este contexto geopolítico fracturado, el ethos del gobierno del Irán revolucionario estaba en la recuperación de la independencia política. El lema “Ni Oriente ni Occidente” expresaba adecuadamente la aspiración de autodeterminación soberana en medio de la rivalidad entre superpotencias y las jerarquías persistentes del mundo poscolonial. Sin embargo, en las décadas siguientes, los límites de este enfoque se hicieron evidentes. La autonomía era un objetivo esquivo en un sistema internacional organizado en torno a las asimetrías financieras y tecnológico-militares. La forma de poder imperial que emergió durante este periodo, sustituyendo modelos anteriores de dominación colonial directa, implicaba la articulación mutua de la fuerza armada y la coerción económica, que en conjunto regulaban las condiciones de participación, intercambio y acumulación para países como Irán.
La Doctrina Carter fue decisiva para establecer el enfoque de los Estados Unidos hacia el Golfo Pérsico al designarlo como una zona de interés estratégico vital, lo que sentó las bases para que la administración Reagan emprendiera una expansión naval a gran escala, las operaciones de cambio de bandera durante la “Guerra de los Petroleros” y la normalización de una presencia militar estadounidense permanente.3Ver, Toby Craig Jones, “America, Oil, and War in the Middle East,” (<)em(>)The Journal of American History(<)/em(>) 99, no. 1 (2012): 208–18. Arang Keshavarzian, (<)em(>)Making Space for the Gulf: Histories of Regionalism and the Middle East(<)/em(>) (Stanford University Press, 2024) cap. 2. Estos desarrollos culminaron en la creación del Comando Central de Estados Unidos, que transformó lo que antes eran intervenciones discretas y contingentes en una infraestructura burocrática y operativa permanente para la proyección de fuerza en toda la región.4Toby Craig Jones, “After the Pipelines: Energy and the Flow of War in the Persian Gulf,” (<)em(>)South Atlantic Quarterly(<)/em(>) 116, no. 2 (2017): 417–25. Laleh Khalili, (<)em(>)Sinews of War and Trade: Shipping and Capitalism in the Arabian Peninsula(<)/em(>) (Verso, 2021), 258. Adam Hanieh, (<)em(>)Capitalism and Class in the Gulf Arab States(<)/em(>) (Palgrave Macmillan, 2011), ch. 2.
Otros instrumentos coercitivos—incluidas las sanciones financieras, las autoridades legales extraterritoriales, las operaciones de inteligencia y las restricciones tecnológicas—formaron mientras tanto un repertorio compuesto a través del cual se podía ejercer presión sin depender únicamente de la intervención militar directa. Tras el colapso de la Unión Soviética, estos instrumentos adquirieron mayor centralidad estratégica, ya que Estados Unidos recurrió cada vez más a la coerción económica y financiera como medio de ejercer poder sin llegar a la guerra. El efecto global, como veremos, fue a menudo reconfigurar las capacidades estatales en las periferias más que simplemente degradarlas.5Steven Heydemann and Marc Lynch, eds, (<)em(>)Making Sense of the Arab State(<)/em(>) (University of Michigan Press, 2024), Introducción.
Cuando un Estado es amenazado desde el exterior, sus aparatos de seguridad tienden a consolidarse o expandirse, mientras que sus funciones de desarrollo, bienestar y regulación se erosionan. La campaña de Estados Unidos contra Irán creó precisamente ese desequilibrio, reforzando instituciones orientadas al control y la supervivencia, mientras restringía aquellas asociadas con la coordinación económica y la provisión social. El país no se ha quebrado bajo la presión imperial, ni simplemente se ha mantenido firme contra ella; ha experimentado un patrón de transformación selectiva.
El arma económica
En el lenguaje convencional de las relaciones internacionales, Irán suele describirse como una potencia media, dada su capacidad de proyectar influencia en su región inmediata; sin embargo, esto capta solamente un aspecto de su compleja posición geopolítica. En realidad, Irán ocupa un espacio semiperiférico dentro del capitalismo global, combinando una capacidad estatal relativamente fuerte y un alcance regional con una dependencia persistente de infraestructuras financieras, circuitos comerciales y sistemas tecnológicos en gran medida controlados por países del Norte Global. En las últimas décadas, la tradicional dicotomía centro–periferia se ha reconfigurado, de modo que los Estados semiperiféricos se encuentran ahora en una situación de autonomía desigual y condicionada, en la que pueden influir en los resultados dentro de su entorno regional, a pesar de seguir siendo altamente vulnerables a la coerción externa, particularmente en el ámbito del comercio y las finanzas globales.6 Leo Panitch y Sam Gindin, The Making of Global Capitalism: The Political Economy of American Empire (Verso, 2012). Thomas Oatley, The Political Economy of American Hegemony: Buildups, Booms, and Busts (Cambridge University Press, 2015).
Aquí las sanciones económicas desempeñan un papel crucial. Aunque suelen presentarse como un instrumento de diplomacia, o como un punto intermedio entre la negociación y el uso de la fuerza armada, Nicholas Mulder nos recuerda que sus verdaderos orígenes históricos se encuentran en otro lugar. En el periodo de entreguerras, las sanciones se concebían como una intensificación de la guerra, extendiendo su violencia a la propia vida económica. “El arma económica”, escribe Mulder, “era la esencia misma de la guerra total”.7Nicholas Mulder, (<)em(>)The Economic Weapon: The Rise of Sanctions as a Tool of Modern War(<)/em(>) (Yale University Press, 2022), 17. Ver, Nicholas Mulder, (<)em(>)The Economic Weapon: The Rise of Sanctions as a Tool of Modern War(<)/em(>) (Yale University Press, 2022), 17; Stuart Davis and Immanuel Ness, eds, (<)em(>)Sanctions as War: Anti-Imperialist Perspectives on American Geo-Economic Strategy(<)/em(>) (Brill, 2022). Las sanciones impuestas a Irán muestran cómo este método de coerción hace que el conflicto haga metástasis en toda la sociedad y se convierta en una condición endémica, generando una inestabilidad persistente en la esfera monetaria, productiva y política del país.
Las sanciones contra la República Islámica surgieron más o menos al mismo tiempo que el propio orden revolucionario, cuando la administración Carter congeló aproximadamente 12 mil millones de dólares en activos iraníes en instituciones financieras estadounidenses e impuso un embargo comercial tras la crisis de los rehenes de noviembre de 1979. Esto, como sostiene Sasan Fayazmanesh, no fue simplemente un caso de gestión reactiva de la crisis, sino parte de una estrategia más amplia seguida por sucesivas administraciones estadounidenses para salvaguardar los intereses de actores financieros y corporativos estadounidenses.8Sasan Fayazmanesh, (<)em(>)The United States and Iran: Sanctions, Wars and the Policy of Dual Containment(<)/em(>) (Routledge, 2008), 15. En las décadas siguientes, estas sanciones iniciales se intensificaron progresivamente, evolucionando de un conjunto de medidas relativamente específicas hacia una estrategia más integral de constricción económica, manifiesta en la política de “doble contención” dirigida tanto a Irán como a Irak.
Las consecuencias devastadoras de este enfoque se hicieron más visibles en Irak, donde se impusieron sanciones amplias respaldadas por la ONU tras la expulsión de las fuerzas iraquíes de Kuwait en 1991, lo que condujo a privaciones generalizadas, el colapso de infraestructuras y un sufrimiento masivo de la población civil. Aunque el Programa Petróleo por Alimentos introducido en 1995 permitió que ingresos limitados del petróleo se destinaran a bienes humanitarios, también sometió a la sociedad iraquí a nuevas formas de supervisión intrusiva y control vertical. Esto, a su vez, produjo diversas economías informales y circuitos opacos de poder que dieron lugar a corrupción, comisiones ilegales y redes de contrabando. En suma, una condición generalizada de disfunción sistémica. Posteriormente, la administración Clinton refinó este enfoque en relación con Irán mediante una serie de órdenes ejecutivas que prohibieron el comercio y la inversión, junto con la Ley de Sanciones a Irán y Libia de 1996, que extendió el alcance de las sanciones estadounidenses de manera extraterritorial al apuntar a empresas extranjeras que invertían en el sector energético iraní.9Narges Bajoghli et al., (<)em(>)How Sanctions Work: Iran and the Impact of Economic Warfare(<)/em(>) (Stanford University Press, 2024), 58.
Con las sanciones de Estados Unidos, opuestas a la intervención militar en Irak, hay un punto de inflexión clave que ayudó a crear las condiciones para la guerra actual. La búsqueda de la administración Obama de las llamadas “sanciones paralizantes”, lo que marcó un cambio cualitativo en su lógica y escala. La Ley Integral de Sanciones, Responsabilidad y Desinversión contra Irán (CISADA por sus siglas en inglés) del año 2010, intensificó las restricciones y amplió su alcance. Al amenazar a las instituciones financieras extranjeras con la exclusión del mercado estadounidense, la legislación extendió las presiones de cumplimiento mucho más allá de las relaciones bilaterales. Este cambio se hizo plenamente evidente entre 2011 y 2012, cuando Estados Unidos pasó a designar todo el sistema financiero iraní como un espacio de actividad financiera ilícita, amenazando con imponer medidas punitivas a cualquier institución que interactuara con él. Los bancos extranjeros enfrentaron severas sanciones—por ejemplo, se impuso una multa de miles de millones de dólares a BNP Paribas—mientras que la legislación apuntaba a cualquier institución financiera que realizara transacciones con el Banco Central de la República Islámica de Irán, salvo que redujera sus importaciones de petróleo bajo supervisión estadounidense.
Mientras tanto, la Unión Europea impuso un embargo petrolero, prohibió el aseguramiento de envíos iraníes y congeló los activos del Banco Central. El aislamiento de Irán se profundizó con la exclusión de sus bancos del sistema de mensajería financiera SWIFT en 2012, lo que provocó un fuerte aumento en los costos y la complejidad de las transacciones internacionales.10Kevan Harris, ‘Of Eggs and Stones: Foreign Sanctions and Domestic Political Economy in the Islamic Republic of Iran’, en (<)em(>)Economic Shocks and Authoritarian Stability: Duration, Financial Control, and Institutions(<)/em(>), ed. Victor C. Shih (University of Michigan Press, 2020), 86.
En conjunto, el efecto de las sanciones fue reestructurar la posición de Irán dentro del sistema financiero global. Además de imponer límites a transacciones o sectores específicos, transformaron toda la infraestructura de pagos transfronterizos, liquidaciones e intercambios financieros. El control de facto de Washington sobre la arquitectura financiera global—redes centradas en la compensación en dólares, la banca corresponsal y mecanismos regulatorios de cumplimiento, en su mayoría gobernados por instituciones estadounidenses—le permitió imponer restricciones de liquidez, generar inestabilidad cambiaria, aumentar los costos de transacción y perturbar mecanismos de pago esenciales para el comercio internacional. De este modo, Estados Unidos pudo aprovechar su autoridad jurisdiccional sobre los nodos centrales de las finanzas globales, en lo que Farrell y Newman describen como una estrategia de “interdependencia armada”. El resultado fue la generación de incertidumbre sistémica en diversos ámbitos productivos. Las sanciones pasaron a funcionar menos como una herramienta diplomática y más como una técnica de gobernanza o un “imperialismo de redes”. 11 Farrell and Newman, (<)em(>)Underground Empire(<)/em(>), 15.
La exclusión a través de esta red de poder opera mediante la visibilidad tanto como a través de la exclusión. Lo que Farrell y Newman denominan como el “efecto panóptico” describe la manera en que las infraestructuras de vigilancia y monitoreo, integradas en los sistemas financieros globales, otorgan a Estados Unidos una capacidad excepcional para rastrear transacciones, relaciones institucionales y flujos monetarios. La actividad financiera canalizada a través de sistemas globalmente integrados de mensajería, compensación y liquidación está sujeta a una estricta supervisión regulatoria, lo que permite identificar contrapartes, intermediarios y patrones de intercambio. Esto establece las condiciones informacionales bajo las cuales se hace posible la interrupción selectiva.12Farrell and Newman, “Weaponized Interdependence,” 46. Las transacciones iraníes denominadas en dólares, dependientes de cadenas de banca corresponsal o mediadas por plataformas financieras internacionales, siguen dependiendo de infraestructuras bajo control efectivo estadounidense, lo que las hace vulnerables a políticas como la congelación de activos o las sanciones secundarias.
Para las entidades iraníes y sus contrapartes extranjeras, la participación en los circuitos financieros globales se convierte así en una cuestión de cumplimiento anticipado: deben adaptar su comportamiento para evitar los riesgos asociados con la desconexión de los mecanismos centrales de compensación y liquidación. La vigilancia y la exclusión operan, por tanto, de manera articulada, ejerciendo disciplina económica sin necesidad de intervención directa. “Incluso cuando están exentas por razones humanitarias”, escribe Vira Ameli, “las empresas públicas y privadas a menudo optan por un ‘sobrecumplimiento’ de las sanciones primarias y secundarias de Estados Unidos para evitar el riesgo de sanción por violar las normas de la Oficina de Control de Activos Extranjeros y mantener relaciones económicas con empresas estadounidenses”.13Vira Ameli, “Unilateral Sanctions as Sustainable Development Decelerators,” in (<)em(>)The Routledge Handbook of the Political Economy of Sanctions(<)/em(>), ed. Ksenia Kirkham (Routledge, 2023), 137.
Richard Nephew, uno de los principales arquitectos de la política de sanciones de Estados Unidos, quien se desempeñó en el Consejo de Seguridad Nacional como Director para Asuntos Iraníes antes de convertirse en Subcoordinador Principal de Política de Sanciones en el Departamento de Estado, ofrece un relato revelador de la lógica estratégica que sustenta la guerra económica contra Irán. Sus reflexiones sobre la CISADA merecen citarse extensamente, ya que iluminan el intento deliberado de restringir el acceso de Irán a redes financieras y comerciales:
En esta disposición—negociada laboriosamente por representantes del poder ejecutivo y legislativo a partir de 2009—Estados Unidos adquirió la capacidad de cortar el acceso de bancos extranjeros al sistema estadounidense si se encontraba que procesaban transacciones para instituciones financieras iraníes designadas por Estados Unidos o para la Guardia Revolucionaria Islámica. Con la expansión de la lista estadounidense de bancos iraníes sancionados, el sistema financiero internacional encontró que cualquier transacción con Irán implicaba el riesgo de perder acceso a Estados Unidos. Aunque algunas instituciones financieras sin vínculos con Estados Unidos podrían haber sobrevivido a tales sanciones con relativa facilidad, los bancos multinacionales temieron esta disposición y se sumaron a la retirada generalizada de negocios con Irán. La verdad era evidente: Irán era un mercado lucrativo, pero Estados Unidos lo era aún más. Simplemente no tenía sentido económico arriesgar el acceso a Estados Unidos por las oportunidades existentes en Irán (cursivas añadidas).14Richard Nephew, (<)em(>)The Art of Sanctions: A View from the Field(<)/em(>) (Columbia University Press, 2018), 77–78.
El impacto de estas políticas no puede captarse plenamente mediante indicadores agregados. Las sanciones afectan los horizontes temporales de un país objetivo: las decisiones de inversión se vuelven inciertas, la adquisición tecnológica problemática y la planificación a largo plazo estructuralmente limitada. La volatilidad cambiaria, las presiones inflacionarias y la fuga de capitales son rasgos intrínsecos de un régimen de sanciones en el que la actividad económica queda cada vez más subordinada a la gestión de crisis, mientras que las estrategias productivas ceden ante comportamientos de supervivencia y especulación. En estas condiciones, todo el entorno en el que deben operar los actores económicos y las fuerzas sociales más amplias queda definido por la inestabilidad.
Estas perturbaciones macroeconómicas catalizaron profundas transformaciones sociales. Como demuestra el análisis de Ameli basado en datos del Banco Mundial y fuentes nacionales, Irán entró en el período de intensificación de sanciones habiendo logrado reducciones sustanciales en la pobreza, la cual pasó de más del 20 por ciento en el año 2000 a menos del 10 por ciento en 2010 según el umbral nacional. Luego, en menos de una década, estos avances se revirtieron, estimándose que cerca del 30 por ciento de la población vivía por debajo de la línea de pobreza nacionalmente definida.15Ameli, “Unilateral Sanctions as Sustainable Development Decelerators,” 140. El deterioro de estos logros no puede entenderse simplemente como una recesión cíclica, sino como consecuencia de una inestabilidad cambiaria prolongada, shocks de precios y la caída de los ingresos reales. Un episodio ampliamente citado por Nephew ilustra cómo estas presiones sistémicas se tradujeron en disrupciones políticamente sensibles. Aunque Estados Unidos no prohibió las importaciones de pollo, los efectos monetarios e inflacionarios de las sanciones contribuyeron a triplicar su precio en 2012, coincidiendo con importantes festividades:
Estados Unidos no tenía sanciones que impidieran a Irán importar pollo. Sin embargo, los precios del pollo se triplicaron en 2012 debido a la inflación generada por las sanciones —sobre una base de mala gestión económica iraní—. Este aumento puede haber contribuido a generar más frustración popular de un solo golpe que potencialmente años de restricciones financieras. Esto fue particularmente significativo porque la interferencia de las sanciones en el suministro de pollo coincidió con importantes periodos festivos en Irán en los que este alimento es un componente central.16Nephew, (<)em(>)The Art of Sanctions(<)/em(>), 112.
El punto clave es que las sanciones nunca lograron provocar un colapso súbito y total; sus efectos fueron siempre desiguales, acumulativos y mediados por factores sectoriales e institucionales, con el Estado desempeñando un papel activo en la gestión de la crisis. Incluso bajo restricciones amplias, partes de la economía iraní mostraron un alto grado de resiliencia. Entre 2011 y 2015, en parte gracias a exportaciones no petroleras y a los efectos residuales de ingresos petroleros previos, Irán logró mantener una balanza de pagos positiva.17 Kevan Harris, “Of Eggs and Stones: Foreign Sanctions and Domestic Political Economy in the Islamic Republic of Iran,” en (<)em(>)Economic Shocks and Authoritarian Stability: Duration, Financial Control, and Institutions(<)/em(>), ed. Victor C. Shih (University of Michigan Press, 2020), 73. Mientras que esta orquesta económica pareció funcionar, el Estado iraní se mantuvo como el conductor claro de la sociedad. El programa de reforma de subsidios del gobierno de Ahmadineyad, implementado en 2010 tras años de debate interno, reemplazó amplios subsidios energéticos por transferencias monetarias casi universales directamente a los hogares. Como señala Kevan Harris, este sistema funcionó como un importante amortiguador durante la intensificación posterior de las sanciones, ayudando a proteger a los grupos de menores ingresos y contribuyendo a una disminución medible de la desigualdad, con el coeficiente de Gini reduciéndose de casi 0,45 en los primeros años del 2000, a cerca de 0,37 a comienzos de la década de 2010.18Harris, “Of Eggs and Stones,” 90.
Las políticas crediticias expansivas y los programas de vivienda respaldados por el Estado también inyectaron una liquidez considerable en la economía, complicando la suposición de que las sanciones conducen inevitablemente a la austeridad. Sin embargo, este efecto amortiguador resultó parcial y efímero. Aunque las intervenciones redistributivas mitigaron el impacto inmediato y redujeron la desigualdad, no pudieron contrarrestar las consecuencias de largo plazo de las sanciones, que con el tiempo comenzaron a ejercer una presión significativa sobre la capacidad productiva y el sistema político de Irán.
Ascenso y caída del JCPOA
Fue en este contexto de resiliencia parcial, donde las presiones sistémicas coincidían con una capacidad adaptativa limitada, que el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) pasó a dominar la agenda. El acuerdo surgió de negociaciones impulsadas por la administración de centro-derecha de Rouhani, elegida con la promesa de aliviar las presiones económicas y recalibrar las relaciones con Estados Unidos y Europa occidental. Rouhani había prometido obtener alivio de las sanciones mediante la diplomacia, en particular reabriendo canales de diálogo con Estados Unidos y reparando relaciones tensas con la Unión Europea. El lema de su campaña—“las centrifugadoras deben girar, pero también la vida de la gente y la economía”—reflejaba una convergencia más amplia entre facciones influyentes del sistema político iraní, que reconocían que la estabilización económica se había convertido en una necesidad política.
La implementación del acuerdo proporcionó a Irán un respiro macroeconómico real, aunque de corta duración. El crecimiento del PIB aumentó considerablemente en 2016, impulsado principalmente por la rápida recuperación de las exportaciones de petróleo, mientras que la inflación cayó a un solo dígito por primera vez en años. Las presiones sobre el tipo de cambio disminuyeron temporalmente, los ingresos externos mejoraron y las expectativas de una reintegración parcial en los mercados globales alteraron el comportamiento de la inversión y el clima económico.19Andrew England, “How Iran’s Economic Pain Sparked Explosion of Unrest,” (<)em(>)Financial Times(<)/em(>), 12 de enero de 2026. Aunque esta recuperación fue limitada y dependiente en gran medida de los hidrocarburos, tuvo efectos estabilizadores importantes. El JCPOA creó brevemente condiciones en las que una mayor inversión extranjera, el intercambio tecnológico y el aumento de los flujos comerciales y turísticos podrían haberse consolidado, de haber perdurado el marco de alivio de sanciones.
Sin embargo, la supervivencia del JCPOA dependía en última instancia de la voluntad de la Casa Blanca, que siempre conservó el derecho de revertirlo mediante acción ejecutiva. Mientras que el alivio se otorgaba bajo condiciones altamente restrictivas, las sanciones podían reimponerse unilateralmente a un costo mínimo para Estados Unidos. Esto siguió afectando el panorama de inversión en Irán, haciendo que cualquier compromiso a largo plazo por parte de empresas internacionales fuera profundamente incierto. Como anticipaban comentaristas más escépticos, las capacidades coercitivas que nunca fueron realmente abandonadas bajo el JCPOA se reactivaron cuando Trump llegó a la Casa Blanca en 2017. Su política de “máxima presión” impuso 77 rondas de sanciones durante su primer mandato, casi dos por mes.20Agathe Demarais, (<)em(>)Backfire: How Sanctions Reshape the World Against U.S. Interests(<)/em(>) (Columbia University Press, 2022), 2.
La presión fue diferente en grado, pero no en tipo. No alteró la lógica fundamental de las sanciones de la era Obama, las expandió a un nivel sin precedentes, apuntando a las exportaciones de petróleo, las transacciones financieras y una gama cada vez más amplia de entidades privadas. Trump, por tanto, agravó problemas ya creados por administraciones estadounidenses anteriores: intensificó las presiones sobre salarios, ahorros y estabilidad de los hogares. Las exportaciones petroleras iraníes se desplomaron de aproximadamente 2,8 millones de barriles diarios en mayo de 2018, a tan solo 300 mil en 2019, provocando una caída drástica en los ingresos en divisas. El rial se depreció fuertemente mientras la inflación se acercaba al 40 por ciento, erosionando el poder adquisitivo y agravando las tensiones distributivas entre los sectores dependientes de salarios.
La congelación de decenas de miles de millones de dólares en ingresos petroleros iraníes retenidos en instituciones financieras extranjeras restringió aún más el acceso a liquidez externa, intensificando la inestabilidad cambiaria y reforzando las dinámicas de crisis.21England, “How Iran’s Economic Pain Sparked Explosion of Unrest.” El Estado iraní respondió a estas presiones con medidas adaptativas para estabilizar la economía y sostener los flujos de ingresos; los actores económicos reorientaron el comercio hacia nuevos socios y productos, profundizando—en lugar de abandonar—su inserción en la economía global.22Esfandyar Batmanghelidj, “Resistance Is Simple, Resilience Is Complex: Sanctions and the Composition of Iranian Trade,” (<)em(>)Middle East Development Journal(<)/em(>) 16, no. 2 (2024): 220–38. Adaptación y desgaste avanzaron así de manera simultánea.
Estatalidad asimétrica
La resiliencia no tomó la forma de una claudicación o de una autarquía, sino de una reconfiguración: nuevos socios y productos reorientaron la inserción de Irán en la economía global. Las sanciones no debilitaron al Estado de manera uniforme ni mecánica. La disrupción económica, como reconoce implícitamente Nephew, el asesor de Obama, interactúa con estructuras preexistentes de privilegio, poder y vulnerabilidad. El prolongado aislamiento financiero de Irán aceleró el crecimiento de redes económicas paraestatales y cercanas al aparato de seguridad, mejor posicionadas para operar en canales restringidos de intercambio. La informalización, las oportunidades de arbitraje y las prácticas de intermediación rentista comenzaron a proliferar, redistribuyendo el riesgo económico mientras consolidaban formas de gobernanza cada vez más complejas y opacas. El régimen de sanciones generó así una situación paradójica: la erosión de la capacidad productiva general, combinada con el empoderamiento de ciertos actores capaces de convertir la escasez y la volatilidad en beneficios.
El caso de Ali Ansari y el Banco Ayandeh ilustra esta dinámica. En octubre de 2025, el Reino Unido sancionó a Ansari, un destacado empresario iraní cuya familia fundó el banco en 2012. La sanción se dio en medio de acusaciones de que redes financieras asociadas con Ayandeh facilitaron transacciones vinculadas a la Guardia Revolucionaria. Al mismo tiempo, investigaciones periodísticas sugieren que Ansari poseía un amplio portafolio inmobiliario en Europa, valorado en cientos de millones de dólares.23Euan Healy and Laura Dubois, “Sanctioned Iranian Banker Amassed €400mn European Property Empire,” (<)em(>)Financial Times(<)/em(>), 26 de enero de2026. Najmeh Bozorgmehr, “Iran Takes over Major Private Bank to Prevent Collapse,” (<)em(>)Financial Times(<)/em(>), 28 de octubre de 2025. La yuxtaposición es reveladora: mientras el balance del Banco Ayandeh se deterioraba y miles de depositantes enfrentaban la posibilidad de perder sus ahorros, la riqueza permanecía concentrada en redes financieras políticamente conectadas, que continuaban operando a través de fronteras y más allá de las restricciones impuestas por las sanciones.
El régimen de sanciones creó una situación paradójica: una erosión de la capacidad productiva al tiempo con un empoderamiento de ciertos actores capaces de convertir la escasez y volatilidad en ganancias. Esto ayuda a explicar por qué, como ha argumentado Robert Pape, las sanciones rara vez logran traducir la presión económica agregada en capitulación política, ya que las élites estatales pueden trasladar la carga de la disrupción económica al conjunto de la sociedad, al tiempo que se protegen a sí mismas y a sus aliados.24Robert A. Pape, “Why Economic Sanctions Do Not Work,” (<)em(>)International Security(<)/em(>) 22, no. 2 (1997): 107. Robert A. Pape, “Why Economic Sanctions Still Do Not Work,” (<)em(>)International Security(<)/em(>) 23, no. 1 (1998): 66–77. Demarais, (<)em(>)Backfire(<)/em(>), 9.
En el caso iraní, observamos precisamente esta dinámica de estatalidad asimétrica: actores insertos en redes paraestatales y vinculadas al aparato de seguridad cuentan con un acceso diferencial a divisas, circuitos informales de comercio y protección política. El resultado es una distribución estructuralmente desigual tanto del riesgo como de la oportunidad. La inestabilidad financiera se socializa—absorbida mediante la inflación, la depreciación de la moneda y las pérdidas de los depositantes—, mientras que quienes forman parte de estas redes opacas conservan la capacidad de preservar e incluso ampliar su riqueza.
El caso de Ayandeh muestra cómo la volatilidad inducida por sanciones reorganiza la economía política de la crisis de formas que empoderan a intermediarios que operan en la intersección entre las finanzas y la seguridad. Al hacerlo, refuerza formas de gobernanza menos transparentes y menos sujetas a rendición de cuentas. Las sanciones, por tanto, tienden a consolidar las estructuras de élite que supuestamente buscan debilitar o restringir.
Las recientes investigaciones empíricas de los economistas Mohammad Reza Farzanegan y de Nader Habibi revelan la magnitud de esta reestructuración en Irán, con una drástica contracción de la clase media tras 2012. Su análisis concluye que “las sanciones condujeron a una reducción anual promedio de 17 puntos porcentuales en el tamaño de la clase media iraní entre 2012 y 2019”25 Mohammad Reza Farzanegan y Nader Habibi, ‘The Effect of International Sanctions on the Size of the Middle Class in Iran’, (<)em(>)European Journal of Political Economy(<)/em(>) 90 (diciembre de 2025). Una evidencia complementaria es planteada por Djavad Salehi-Isfahani, quien indica que, desde 2011, aproximadamente ocho millones de personas descendieron de la clase media hacia estratos de menores ingresos, mientras que la población por debajo de la línea de pobreza aumentó en más de cuatro millones.26Djavad Salehi-Isfahani, “Impact of Sanctions on Household Welfare and Employment,” (<)em(>)Rethinking Iran: School of Advanced and International Studies(<)/em(>), 2022. Bajoghli et al., (<)em(>)How Sanctions Work: Iran and the Impact of Economic Warfare(<)/em(>), 11. Otra fuente académica ha estimado que la contracción del PIB iraní entre 2012 y 2022 pudo haber alcanzado el 45 por ciento.27Ameli, ‘Unilateral Sanctions as Sustainable Development Decelerators’, 137. Abdi afirma que Irán tuvo una caída del 400% en su PIB entre 2011 y 2020: Asma Abdi, ‘Economic Warfare, War Economy, and Gendered Circuits of Violence in Iran’, en War Economy: Gendered Circuits of Violence and Capital, ed. Aida A. Hozić and Jacqui True (Routledge, 2026), 62. En este sentido, la inestabilidad inducida por sanciones se ha convertido en un mecanismo de reestratificación social, comprimiendo segmentos de las capas medias e intensificando las presiones sobre los hogares dependientes de ingresos salariales.
Este es el contexto crucial de las protestas populares que estallaron a partir de diciembre de 2017, seguida por las del mes de noviembre de 2019 y durante el otoño e invierno de 2022–2023. Estas últimas fueron ampliamente conocidas bajo tres principales consignas: “Mujer, Vida, Libertad”. Posteriormente reaparecieron en enero de 2026 y fueron respondidas con una represión excepcionalmente violenta en la que se cree que murieron varios miles de manifestantes, marcando uno de los episodios más sangrientos en la historia de la República Islámica. Los argumentos planteados anteriormente no implican que estas movilizaciones puedan reducirse, únicamente, a agravios económicos. Sin embargo, el prolongado estancamiento y la condición precaria de la economía política iraní, junto con el aumento de la desigualdad y la caída de los ingresos reales, constituyeron el trasfondo de la recurrencia cíclica de estos levantamientos y la ampliación de su base social.
Disuasión, militarización y supervivencialismo
Aunque las sanciones constituyeron el principal componente económico de la campaña contra la República Islámica, no fueron implementadas para operar de manera aislada. La presión financiera fue acompañada sistemáticamente por la amenaza—y la aplicación periódica—de la fuerza militar, con una evolución reciente en la que ambas dimensiones tienden a fusionarse. Desde el inicio de la “Guerra contra el Terror”, Irán se encontró rodeado por la infraestructura en expansión del imperio estadounidense. Las invasiones y ocupaciones de Afganistán en 2001 e Irak en 2003 situaron fuerzas estadounidenses en las fronteras oriental y occidental de Irán, mientras que Estados Unidos establecía una densa presencia militar en el Golfo Pérsico mediante bases en Catar, Baréin, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos. Grupos de ataque de portaaviones rotaban continuamente por el Golfo y el mar Arábigo. La multiplicación de los sistemas de vigilancia y defensa antimisiles hicieron de la región una de las zonas más militarizadas del planeta.
Las operaciones israelíes han sido una parte integral de esta estrategia híbrida. En las últimas dos décadas, científicos nucleares iraníes y otros actores han sido repetidamente objeto de campañas de asesinatos selectivos. Las restricciones económicas se complementaron con el sabotaje industrial, operaciones cibernéticas—como el ataque Stuxnet contra instalaciones nucleares—y una persistente penetración de inteligencia, asegurando que el Estado iraní estuviera sometido a una presión estratégica constante. Fue en estas condiciones que comenzó a tomar forma la doctrina contemporánea de disuasión de Irán.
La guerra entre Irán e Irak había expuesto la vulnerabilidad del Estado revolucionario frente a ataques convencionales por parte de un adversario materialmente superior y mejor armado, revelando tanto los límites de sus capacidades militares como las restricciones derivadas de su relativo aislamiento en el sistema internacional. Los planificadores iraníes no se limitaron a compensar estas debilidades elevando los costos de una intervención externa en un sentido meramente reactivo. Desarrollaron una doctrina mucho más amplia de “defensa adelantada”, que implicaba desplazar el conflicto fuera de las fronteras de Irán. Esto significaba cultivar relaciones con actores no estatales aliados, extender la influencia en escenarios vecinos e integrar la disuasión en redes transnacionales capaces de operar por debajo del umbral de la guerra convencional.28Eskandar Sadeghi-Boroujerdi, ‘Strategic Depth, Counterinsurgency, and the Logic of Sectarianization: The Islamic Republic of Iran’s Security Doctrine and Its Regional Implications’, en Sectarianization: Mapping the New Politics of the Middle East (Oxford University Press, 2017). Eskandar Sadeghi-Boroujerdi, ‘Iran and the “Axis of Resistance”: A Brief History’, Jadaliyya, 19 de mayo de 2025, https://www.jadaliyya.com/Details/46685. Vali Nasr, Iran’s Grand Strategy: A Political History (Princeton University Press, 2025).
Este tipo de guerra asimétrica no representaba solo una segunda opción frente a la fuerza convencional, sino una reconfiguración estratégica de cómo y dónde se libraría el conflicto: una que buscaba externalizar el riesgo, fragmentar los entornos operativos de los adversarios y hacer que la escalada fuera difusa, prolongada y difícil de contener. Las invasiones estadounidenses de Afganistán e Irak reforzaron la necesidad de este giro estratégico. Aunque el colapso del régimen de Saddam Hussein eliminó al principal rival regional de Irán, también transformó su entorno de seguridad al poner fuerzas estadounidenses directamente en sus flancos oriental y occidental. Esto otorgó una nueva urgencia a la defensa adelantada, como medio para moldear preventivamente el equilibrio de poder regional y asegurar que cualquier confrontación tuviera que desarrollarse en múltiples escenarios.
Irán buscó articular, en coordinación con sus aliados, lo que posteriormente se denominaría el “Eje de la Resistencia”: una red flexible de movimientos políticos aliados y organizaciones armadas que se extiende por Irak, Siria, Líbano, Yemen y Palestina. El objetivo no era alcanzar paridad militar con Estados Unidos o Israel, sino crear un entorno de disuasión en el que los costos de un ataque directo resultaran prohibitivamente altos. Esta estrategia reflejaba la difícil situación de un Estado semiperiférico y potencia media emergente frente a un desequilibrio militar profundamente desfavorable, así como frente a las limitaciones fiscales. Aunque la disuasión no garantizaba la victoria, estaba cuidadosamente calibrada para asegurar la supervivencia del sistema islámico.
Junto a esta arquitectura regional, Teherán invirtió considerablemente en el desarrollo de misiles, drones y estrategias de disuasión en capas. Los orígenes del programa de misiles iraní se remontan, en parte, a la experiencia de la guerra Irán-Irak, cuando los ataques con misiles iraquíes causaron grandes daños en ciudades iraníes, llevando a los planificadores militares a concluir que depender de proveedores extranjeros para sistemas de armas avanzados era inviable. Figuras como el comandante de la Guardia Revolucionaria Hassan Tehrani Moghaddam comenzaron a sentar las bases de lo que se convertiría en la principal capacidad disuasiva de Irán, supervisando la producción de misiles balísticos—incluidos los sistemas Shahab, Ghadr y Sejjil—capaces de alcanzar objetivos en toda la región.29Gawdat Bahgat and Anoushiravan Ehteshami, (<)em(>)Defending Iran: From Revolutionary Guards to Ballistic Missiles(<)/em(>) (Cambridge University Press, 2021), cap. 6. La lógica estratégica era clara: si Irán no podía igualar el poder militar convencional de sus adversarios, aún podía amenazar infraestructuras críticas y bases militares en el Golfo y el Mediterráneo oriental, elevando los costos de un ataque a niveles prohibitivos para Israel y Estados Unidos.
Durante casi dos décadas, esta estrategia tuvo un éxito limitado. A pesar de crisis recurrentes, ataques encubiertos y la intensificación de las sanciones, la República Islámica evitó el destino de Irak y Libia. Su red de disuasión—que combinaba alianzas regionales, capacidades misilísticas y latencia nuclear—impuso restricciones reales a la toma de decisiones de Estados Unidos e Israel. Sin embargo, este equilibrio siempre fue frágil, dependiente de una correlación de fuerzas a escala regional en constante cambio. Ese equilibrio comenzó a desmoronarse tras el 7 de octubre, cuando la escalada de la agresión israelí y el ataque sistemático a los aliados de Irán debilitó de manera significativa el “Eje” que sostenía su posición en Asia Occidental. Hezbolá, durante mucho tiempo considerado su aliado regional más fuerte, sufrió pérdidas severas en liderazgo e infraestructura, mientras que la caída del régimen Asad debilitó aún más el corredor logístico y político que conectaba a Irán con el Líbano. Lo que antes funcionaba como una red de disuasión distribuida comenzó a fracturarse.
Ante este panorama cada vez más sombrío, Irán adoptó una estrategia deliberadamente ambigua en materia nuclear, manteniendo capacidades de enriquecimiento y avanzando en su programa, pero sin dar el paso hacia la militarización. Su objetivo era ocupar la posición precaria de un Estado umbral: conservar cierta capacidad disuasiva y no renunciar a lo que consideraba su derecho soberano al enriquecimiento nuclear con fines pacíficos, al tiempo que insistía en su disposición a negociar una solución diplomática. Estaba dispuesto a aceptar condiciones comparables—o incluso más estrictas—que las del JCPOA para evitar una guerra a gran escala. Sin embargo, para Israel y muchos de sus aliados en Washington, incluso esta postura era inaceptable, ya que la mera posibilidad de que Irán alcanzara ese umbral nuclear se percibía como una restricción—por mínima que fuera—a su capacidad de dominación regional, ejercida durante décadas.
De la Operación Rising Lion a la Epic Fury
Todo comenzó con la Operación Rising Lion, un ataque sorpresa israelí en junio de 2025 que eliminó a figuras clave del liderazgo de la Guardia Revolucionaria y de las fuerzas armadas iraníes, junto con una docena de científicos nucleares. Estados Unidos continuó con la Operación Midnight Hammer, un asalto coordinado destinado a destruir las tres principales instalaciones nucleares de Irán. Sin embargo, a pesar de los daños infligidos, la campaña estadounidense-israelí parecía inquietantemente incompleta. En medio del frágil alto el fuego que siguió a la llamada Guerra de los Doce Días, daba la impresión de que los agresores habían abierto una nueva fase del conflicto y se estaban reorganizando para una guerra prolongada.
Poco después, Estados Unidos reforzó su presencia naval en la región, desplegando unidades como el USS Abraham Lincoln y, posteriormente, el USS Gerald R. Ford. Este incremento militar se produjo en paralelo a un proceso diplomático activo: negociaciones indirectas entre funcionarios estadounidenses e iraníes, mediadas por Omán y apoyadas por Catar e interlocutores europeos, se reanudaron a comienzos de 2026 tras meses de estancamiento. A finales de febrero, las conversaciones habían producido avances concretos, incluyendo discusiones sobre límites al enriquecimiento de uranio, mecanismos de verificación reforzados y un alivio gradual de sanciones, con nuevas rondas técnicas programadas en Viena.
Sin embargo, en febrero de 2026, la administración Trump puso fin abruptamente a la vía diplomática y sumergió a Estados Unidos en otra guerra imperial en Asia Occidental. La ofensiva, denominada Operación Epic Fury, incluyó llamados abiertos de altos funcionarios estadounidenses a un “cambio de régimen” y exhortaciones a la población iraní a levantarse contra el Estado. Fuerzas israelíes y estadounidenses lanzaron una ola coordinada de ataques contra cientos de objetivos militares, industriales y gubernamentales. La magnitud del bombardeo fue asombrosa: solamente en las primeras veinticuatro horas se reportó el ataque a más de mil objetivos. Los ataques guiados por inteligencia buscaron descabezar el liderazgo iraní, dando muerte al Líder Supremo, el ayatolá Ali Jameneí, de 86 años, con la expectativa de provocar el colapso o la rendición humillante del régimen.
La dimensión tecnológica de la campaña puso de relieve el carácter cambiante de la guerra contemporánea. Un elemento central de la infraestructura de objetivos fue el uso creciente por parte de Estados Unidos de sistemas de inteligencia algorítmica, incluido el sistema Maven de Palantir, que integra procesamiento masivo de datos con identificación automatizada de objetivos y análisis del campo de batalla.30 Tara Copp et al., “Anthropic’s AI Tool Claude Central to U.S. Campaign in Iran, amid a Bitter Feud,” (<)em(>)The Washington Post(<)/em(>), 4 March 2026. Al combinar datos de vigilancia, flujos de inteligencia y análisis predictivo, estos sistemas permiten identificar y priorizar objetivos rápidamente en un espacio de combate amplio: una capacidad a la que una potencia media fuertemente sancionada como Irán no puede aspirar.
La intensidad del bombardeo también reveló la expansión de la campaña más allá de objetivos estrictamente militares, ya que numerosos sitios civiles fueron atacados. Entre ellos se encontraban la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en Minab, donde un ataque habría causado la muerte de 165 personas, y el polideportivo de Lamerd, en la provincia de Fars, con al menos dieciocho víctimas mortales. En Teherán, distritos residenciales como la plaza Niloofar y barrios cercanos a Narmak fueron atacados, junto con el Hospital Gandhi y otros centros médicos, mientras que lugares emblemáticos como el Palacio Golestán y el Gran Bazar de Teherán sufrieron daños.
La confrontación ha revelado tanto los límites de la estrategia disuasiva de Irán como su persistente fortaleza. A pesar de la belicosidad de los ataques, la República Islámica no ha sido derrocada. Durante años, Irán intentó evitar la confrontación y prevenir una invasión orientada al cambio de régimen como la que destruyó al Estado iraquí. Durante un tiempo lo logró. Sin embargo, la creciente brecha tecnológica entre Irán y el eje Estados Unidos-Israel, junto con el debilitamiento de su red de disuasión regional en el contexto del genocidio en Gaza, puso de manifiesto la incapacidad de la República Islámica para escapar de sus severas restricciones estructurales. Aunque logró posponer el conflicto armado, no pudo neutralizar las enormes capacidades—militares, financieras y tecnológicas—de un sistema imperial decidido a imponer su voluntad. La confrontación ha cruzado ahora un umbral crítico en el que la supervivencia del régimen está en juego.
Tras décadas de penurias derivadas de las sanciones y de una presión externa sostenida, no se produjo una revuelta masiva en respuesta a los ataques. Por el contrario, el Estado iraní demostró un notable grado de resiliencia institucional, con la Guardia Revolucionaria y sus aliados negándose a ceder ante las exigencias estadounidenses y, aparentemente, transfiriendo el poder a una generación más joven y combativa de líderes tras la muerte de Jameneí. El “modelo venezolano” de decapitación de liderazgo seguido por la instalación de un sucesor complaciente no es aplicable a Irán, cuyo aparato de seguridad se ha preparado durante años para este tipo de ofensiva y que puede reproducirse eficazmente mediante sus estructuras de mando fragmentadas y mecanismos de prevención de golpes de Estado.
Lo que siguió no fue la rápida capitulación que esperaba Washington o Tel Aviv, sino algo más costoso y difícil de resolver. Teherán también ha continuado desplegando su estrategia de disuasión asimétrica incluso en estas condiciones profundamente adversas. Las capacidades de misiles y drones siguen siendo el principal medio mediante el cual el país puede imponer costos a sus atacantes y calibrar el nivel de escalada en la región, amenazando infraestructuras energéticas, instalaciones militares y redes logísticas de Estados del Golfo Pérsico que sirven como bases avanzadas del poder estadounidense. Las fuerzas iraníes han atacado no solo objetivos militares, sino también embajadas, instalaciones energéticas e infraestructuras digitales, utilizando la disrupción económica como mecanismo de disuasión.
Quizás de manera aún más decisiva, Irán ha afirmado su control de facto sobre el estrecho de Ormuz, una arteria crítica no solamente para el suministro energético global, sino también para una amplia gama de materias primas industriales. Mientras los productores del Golfo han reducido su producción o buscado rutas alternativas, las exportaciones iraníes han continuado—en algunos casos incluso superando niveles previos a la guerra—, mientras que el tráfico de buques de Estados no alineados con Teherán ha sido obstaculizado mediante la amenaza creíble de ataques con misiles y drones. El resultado es una forma altamente selectiva de disrupción, en la que los flujos no se detienen por completo, sino que se filtran según líneas políticas. Los efectos van mucho más allá del petróleo y el gas.
Como han mostrado análisis recientes, el estrecho es un conducto vital para químicos, metales y fertilizantes, con consecuencias en cascada para sectores que van desde los semiconductores y la manufactura avanzada hasta la agricultura y la producción de alimentos. Las interrupciones en las exportaciones de helio desde Catar amenazan la fabricación de chips y la imagenología médica, mientras que las restricciones sobre el azufre y sus derivados afectan tanto la producción de semiconductores como de minerales críticos utilizados en baterías. Aún más significativo, las interrupciones en el flujo de urea y amoníaco—insumos clave para fertilizantes nitrogenados—corren el riesgo de reducir los rendimientos agrícolas y elevar los precios globales de los alimentos. En este contexto, el impacto en los mercados energéticos es solamente una dimensión de una perturbación sistémica más amplia. Las implicaciones de lo que se ha descrito como la “mayor amenaza a la seguridad energética global en la historia” trascienden el ámbito energético y alcanzan los fundamentos materiales de los sistemas industriales y agrícolas contemporáneos.
Esto representa una inversión notable de la lógica que ha guiado la política estadounidense durante las últimas cuatro décadas. Mientras Estados Unidos ha utilizado su control sobre redes financieras, jurisdicciones legales y puntos estratégicos de infraestructura para regular el acceso de Irán a los mercados globales, Irán está ahora explotando su posición en un cuello de botella físico de la economía mundial para imponer relevantes costos a sus adversarios. Lo que antes era una arquitectura de restricción asimétrica—incrustada en sistemas de compensación en dólares, infraestructuras de pago y regímenes regulatorios—ha adquirido, en condiciones de conflicto abierto, un carácter más recíproco, aunque aún desigual.
Las mismas redes interdependientes que permitieron la proyección del poder económico estadounidense están ahora expuestas a disrupciones en sus nodos materiales: rutas marítimas, flujos de mercancías y corredores logísticos. La interdependencia armada, ya no limitada al ámbito financiero e informacional, se extiende a la circulación de energía, materias primas e insumos industriales. Las herramientas del imperio no han sido neutralizadas, pero han sido parcialmente invertidas, revelando que sistemas altamente asimétricos de integración global pueden generar formas contrapuestas de coerción.
Imperio híbrido
La trayectoria de Irán bajo la presión estadounidense no puede entenderse mediante los binarismos habituales de resiliencia o colapso, victoria o derrota. La República Islámica no ha sido incorporada a un orden regional liderado por Estados Unidos, ni ha sido derrocada. ¿Cómo evaluar entonces los resultados del conflicto en este momento? Ahora que Irán ha sido empujado a la lucha existencial que intentó evitar durante décadas, parece que su prolongado proceso de fortalecimiento frente a la campaña estadounidense-israelí le ha otorgado suficiente resiliencia para sobrevivir a la decapitación de su liderazgo político y militar. Sea cual sea el desenlace de la guerra, no se han cumplido las expectativas de Estados Unidos e Israel de que la erosión económica seguida de ataques aéreos produciría un colapso rápido del régimen. La Operación Epic Fury no ha alcanzado sus objetivos.
Sin embargo, la supervivencia de Teherán frente a esta ofensiva no equivale en absoluto a un éxito estratégico. Aunque Irán puede proyectar poder significativo e infligir daños reales, no posee la capacidad material ni institucional para aspirar a una hegemonía regional, una limitación agravada por la ausencia de disuasión nuclear y la intensidad de la penetración imperial. Su condición actual es, por tanto, la de una resistencia en situación de asedio. Puede seguir oponiéndose al orden dominado por Estados Unidos tanto a nivel global como local, pero esta resistencia conlleva costos inmensos para su propia población y para la región en su conjunto.
El caso iraní permite esclarecer el carácter específico de la reimperialización contemporánea. El imperio ya no necesita depender de la ocupación o de la tutela política formal. En lugar de una estrategia única y uniforme, puede desplegar una gama de métodos—desde la exclusión financiera hasta el ataque a gran escala—diseñados para reforzarse mutuamente, degradando, fragmentando y disciplinando a los Estados que rechazan la subordinación. Si un país no puede ser incorporado a la esfera imperial, al menos puede ser convertido en un espacio de inestabilidad crónica y regresión del desarrollo. Híbrida en su forma, acumulativa en sus efectos y total en su alcance, la guerra imperial contemporánea no se detiene en el campo de batalla, sino que se extiende al banco, al puerto, a la refinería, al hospital, al hogar y al sistema de pagos. El proceso en dos etapas, estrangulamiento seguido de destrucción, permanece intacto.31Este punto se inspira en la obra fundacional de Sara Roy sobre el «desarrollo inverso», que a su vez se basa en la larga y destacada tradición de la teoría de la dependencia para interpretar la relación colonial de Israel con Gaza. Véase: Sara Roy, «The Gaza Strip: A Case of Economic De-Development», Journal of Palestine Studies 17, n.º 1 (1987): 56–88, JSTOR, https://doi.org/10.2307/2536651. El argumento más amplio sobre la destrucción como función sistémica de la acumulación imperial se inspira en parte en el análisis de Paul Baran sobre el militarismo y el despilfarro en el capitalismo monopolista, en particular su descripción de cómo el gasto militar y la economía de guerra permanente sirven para absorber el excedente y, al mismo tiempo, respaldar las condiciones coercitivas para la extracción imperial. Véase Paul Baran, The Political Economy of Growth (Nueva York: Monthly Review Press, 1957), y Paul Baran y Paul Sweezy, Monopoly Capital (Nueva York: Monthly Review Press, 1966).
Sin embargo, las consecuencias de esta estrategia no son lineales y resultan difíciles de contener. Aunque la campaña estadounidense-israelí ha infligido daños enormes a la base industrial de Irán y ha impuesto costos severos a sus clases medias y populares, degradando las perspectivas de desarrollo a largo plazo, su incapacidad para producir una capitulación política rápida ha revelado los límites de la escalada coercitiva en un contexto de interdependencia global. Incluso cuando el poder imperial continúa avanzando mediante la destrucción y la dominación, enfrenta dificultades para traducir su fuerza abrumadora en resultados políticos claros. Las condiciones que genera tienden a constituir equilibrios mucho más inestables y disputados de lo que sus propios artífices desearían.
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