Número 1, junio de 2026
Entrevistas
El inicio del 2026 registró acontecimientos sin precedentes en la historia reciente de la política internacional. La mayor potencia militar del planeta comenzó enero con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, en Venezuela, y terminó febrero con el asesinato del jefe de Estado de Irán, el ayatolá Ali Jamenei. Entre un evento y otro, en la reunión anual del Foro Económico Mundial, la amenaza más inminente recaía sobre Groenlandia, territorio que pertenece a Dinamarca, miembro de la OTAN, integrada en la alianza militar liderada por los propios Estados Unidos y formada por sus principales aliados. En esa ocasión, el presidente Donald Trump volvió a defender una reorganización de la gobernanza global bajo su liderazgo y orientada por el principio de la fuerza. Estos episodios se suman a otras violaciones de la soberanía nacional y territorial, como el bloqueo a Cuba y la continuidad del genocidio en Palestina.
El agravamiento de la agitación mundial fue el tema central de esta entrevista con Celso Amorim. Los editores de PW, Maria Fernanda Sikorski y Hugo Fanton, debatieron con el principal asesor internacional de Lula sobre el futuro de los organismos multilaterales creados tras la Segunda Guerra Mundial, los dilemas estratégicos de las potencias medias ante la intensificación de la competencia global y los cambios en la postura internacional de Estados Unidos. Realizada el 10 de febrero en Brasilia y actualizada el 4 de marzo para incluir una reflexión sobre los ataques contra Irán, la conversación ofrece una perspectiva de Brasil y del Sur global sobre las rupturas y continuidades geopolíticas actuales.
Celso Amorim es una figura central de la diplomacia y las relaciones internacionales brasileñas desde hace más de tres décadas. Fue ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Itamar Franco, en 1993, y posteriormente representante permanente de Brasil ante la Organización de las Naciones Unidas. Volvió al cargo de canciller con la llegada de Lula a la Presidencia, en 2003, permaneciendo en él hasta 2010, antes de ser nombrado ministro de Defensa por Dilma Rousseff. Actualmente, es asesor jefe de la Asesoría Especial de la Presidencia de la República.
Entrevista con Celso Amorim
Maria Sikorski: ¿Cómo analiza los acontecimientos de este año en Oriente Medio? ¿Cuál es su interpretación de la estrategia de Estados Unidos e Israel al intensificar la presión sobre Irán? ¿Cuáles son los impactos globales de esta escalada? ¿Qué resultados estratégicos buscarían alcanzar Washington y Tel Aviv y quiénes se benefician?
Celso Amorim: Los ataques a Irán, así como la respuesta iraní a la ofensiva de Estados Unidos e Israel, representaron un agravamiento significativo de las tensiones regionales en un contexto internacional ya marcado por graves inestabilidades. Es lamentable la reducción del espacio para el diálogo y la creciente centralidad de la fuerza como instrumento político. En un breve intervalo, se pasó de señales de progreso en conversaciones indirectas a una operación militar a gran escala. Las consecuencias de esta dinámica aún son difíciles de medir, pero es poco plausible suponer resultados rápidos o de bajo costo, considerando las dimensiones demográficas, históricas y políticas de Irán. Es probable que los daños no se limiten a un país o a una región, y no sería descabellado imaginar un escenario en el que varios conflictos pudieran interconectarse.
Hugo Fanton: ¿Cuál es el significado geopolítico y diplomático de asesinar a un jefe de Estado?
CA: El asesinato de un jefe de Estado o de Gobierno constituye una grave violación del derecho internacional. Geopolíticamente, el desplazamiento del conflicto hacia la eliminación de líderes tiende a aumentar la inestabilidad. En el plano diplomático, compromete las posibilidades de diálogo al socavar la confianza entre las partes.
MS: Usted describió la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela como un acontecimiento “trágicamente surrealista” y alertó sobre el riesgo de un mundo cada vez menos regido por normas y previsibilidad. Después de la captura del presidente Nicolás Maduro, las instituciones internacionales creadas después de la guerra no han presentado una respuesta concreta o coordinada.
El caso pone de manifiesto una tensión fundamental entre los intereses estratégicos de cada país y los principios del multilateralismo. El secuestro de un jefe de Estado de un país soberano representa un estado de excepción global en el que la fuerza ha sustituido definitivamente a la diplomacia, ¿o aún existe alguna posibilidad de que sobreviva el antiguo orden de la posguerra?
CA: Este es el peor momento para el diálogo internacional desde que ocupo puestos de mayor responsabilidad en la vida pública; no me refiero al comienzo de mi carrera diplomática, cuando aún no seguía de cerca estos procesos, sino al período en el que participé directamente en la formulación de la política exterior. La situación que vivimos hoy ni siquiera preserva el rito de la hipocresía en los términos de La Rochefoucauld, quien decía que “la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud”. Ni siquiera eso permanece: se actúa simplemente porque se tiene la fuerza para hacerlo. Considero que lo que ha ocurrido es injustificable. Es una violación del derecho internacional en su sentido más antiguo, el derecho de gentes.
Los países siempre han estado en guerra, pero incluso en contextos de guerra no se actuaba de esta manera. Podía ocurrir, por ejemplo, la muerte de un monarca en combate, dentro de una lógica aún reconocible de confrontación entre Estados. Lo que se ha hecho ahora es verdaderamente surrealista. No estoy defendiendo a Nicolás Maduro, ni afirmando que tenga razón. La cuestión aquí es otra. Las imágenes y la forma en que todo ocurrió recuerdan mucho más lo que se vio en el caso de Saddam Hussein que cualquier episodio reciente de las relaciones internacionales.
Pero también hay algo que se aprende de la experiencia política: es posible buscar brechas, promover cambios graduales, intentar influir en los acontecimientos, pero no se puede ignorar la realidad. Y la realidad, hoy, es esta. La cuestión, por lo tanto, es cómo lidiar con ella, y ese es un desafío para el que aún no tenemos una respuesta totalmente definida.
Usted mencionó, con razón, la ausencia de una reacción más firme del sistema multilateral. Pero hay que recordar que el propio sistema multilateral se configuró al final de la Segunda Guerra Mundial en torno a las grandes potencias vencedoras. Sigue estando condicionado por esa estructura. Cada una de ellas actúa hasta el límite de sus propios intereses. Ninguna está dispuesta, al menos por ahora, a asumir el riesgo de un enfrentamiento directo con la que sigue siendo —y probablemente seguirá siendo durante mucho tiempo— la mayor potencia militar del mundo. Esto hace que el momento actual sea particularmente peligroso.
Cuando hablábamos de multipolaridad, imaginábamos un orden internacional más flexible, tal vez incluso lo que podríamos llamar una multipolaridad abierta. Pero lo que vemos ahora es una transformación del concepto de multipolaridad, que se está confundiendo gradualmente con una lógica de áreas de influencia.
Las grandes potencias, Rusia y China, condenaron verbalmente lo que sucedió en Venezuela, pero no se hizo nada concreto. Ni siquiera se presentó una resolución al Consejo de Seguridad que, aunque pudiera ser rechazada, al menos habría permitido explicitar posiciones políticas.
Vivimos en un mundo muy difícil, no hay forma de ocultarlo. Hace dos décadas, yo decía que vivíamos en un mundo de oportunidades. Hoy, vivimos en un mundo de dificultades. Estas dificultades se han intensificado significativamente ante la crudeza que ha marcado la política exterior estadounidense reciente, orientada explícitamente por la lógica del interés y con una filosofía implícita. No necesito citar lo que todos ya han citado, Tucídides y demás.
HF: ¿Y cómo puede o debe actuar Brasil en un contexto como este? Históricamente, el país ha defendido soluciones pacíficas para las controversias y ha apostado por el multilateralismo como instrumento central de su política exterior.
CA: No hay una respuesta sencilla. Brasil tiene que seguir trabajando por la multipolaridad. Por eso, personalmente, siempre he reaccionado con cierta cautela ante el concepto de “hemisferio”. No por razones geográficas, que evidentemente existen, sino porque es curioso hablar del “hemisferio occidental” como categoría política cuando no existe un equivalente real de “hemisferio oriental”. No veo en ello ningún determinismo.
Brasil debe mantener buenas relaciones con Estados Unidos, eso es evidente y no necesita más explicaciones. Pero no puede, al mismo tiempo, dejar de cultivar relaciones sólidas con China, con Rusia, con otros países. Incluso porque, para hacer ponderaciones, es necesario preservar los canales de diálogo con todas las partes.
Si escuchamos ciertos discursos sobre Rusia, por ejemplo, nos damos cuenta de que muchas veces ni siquiera había una disposición inicial para el diálogo. No estoy diciendo que Brasil haya sido responsable de cambiar esta postura, pero es importante que haya voces capaces de insistir en la necesidad de dialogar. Me complace ver, por ejemplo, iniciativas recientes de diálogo europeo, como la visita de autoridades francesas a Rusia, que apuntan en esa dirección.
Vivimos una realidad con aspectos profundamente negativos, pero también un momento en el que las tensiones aparecen sin mediaciones. Es un mundo, por así decirlo, en carne viva. Quizás nunca hayamos experimentado una situación internacional tan desnuda, y esto, al mismo tiempo que aumenta los riesgos, también elimina las ilusiones sobre el funcionamiento real de la política internacional. Es un mundo sin ilusiones.
Esto tiene consecuencias directas para Brasil. Hoy en día, incluso sectores de la sociedad que tradicionalmente no se interesaban por temas estratégicos o de defensa han comenzado a reflexionar sobre estas cuestiones. El país necesita desarrollar una política de defensa seria, no para enfrentarse a las grandes potencias —nunca tendremos la capacidad de confrontar militarmente a países como Estados Unidos, Rusia o China—, sino para disponer de una capacidad real de disuasión. Es fundamental que cualquier actor externo sepa que una posible agresión implicaría costos y daños relevantes. No es una tarea sencilla, como demuestran los acontecimientos en Venezuela. Aun así, es un esfuerzo necesario.
Al mismo tiempo, Brasil debe seguir contribuyendo a la construcción de un orden internacional multipolar más equilibrado, capaz de permitir relaciones exteriores basadas en la autonomía y no en alineamientos ideológicos automáticos. Quizás ese sea el camino: combinar la capacidad de disuasión con la acción diplomática en favor de un sistema internacional más abierto y cooperativo. Ahora bien, si me preguntan si hay garantías de éxito, la respuesta honesta es no. No hay certezas. Estamos ante un momento histórico profundamente incierto.
MS: Usted siempre ha sido una de las principales voces en defensa de la cooperación regional en América Latina y, en particular, en América del Sur. Sin embargo, precisamente en el momento de mayor reconfiguración del orden internacional —en el que la región parece volver a ser objeto de presiones externas, con Brasil afectado por aranceles, Venezuela invadida y su presidente secuestrado, y Cuba nuevamente bajo ataque—, América Latina se presenta profundamente fragmentada: tensiones políticas internas, gobiernos con orientaciones muy distintas y presiones externas crecientes. Teniendo en cuenta que la estrategia internacional de defensa de Brasil se ha concebido durante mucho tiempo en articulación con la cooperación regional —incluidas iniciativas como el Consejo de Defensa Sudamericano—, ¿Cómo afecta hoy esta fragmentación al pensamiento estratégico brasileño?
CA: Hace mucho tiempo que no veo un momento tan poco favorable para América Latina en su conjunto, y especialmente para América del Sur. Aún así, hay que seguir trabajando. No existe una imposibilidad previa de dialogar o cooperar con gobiernos que piensan de manera diferente.
Por ejemplo, tuvimos una relación de cooperación bastante sólida con el presidente colombiano Álvaro Uribe. Curiosamente, cuando se firmó el Tratado Constitutivo de la Unasur, el único jefe de Estado que no asistió fue el de Uruguay, Tabaré Vázquez, que era políticamente cercano a nosotros; aun así, envió a su vicepresidente. Uribe, por su parte, estuvo presente y no hubo mayores dificultades. Las divergencias surgieron más tarde, sobre todo en relación con la creación del Consejo de Defensa Suramericano, porque Colombia tendía a mezclar los conceptos de defensa externa y seguridad interna, mientras que nuestra visión era distinta. Aun así, se trataba de una divergencia solucionable, y se superó.
El Consejo acabó creándose y contribuyó incluso a reducir las tensiones en momentos delicados, como en las crisis entre Colombia y Ecuador y entre Colombia y Venezuela. En el marco más amplio de la Unasur, también actuamos en situaciones de crisis interna, como en Bolivia, siempre a petición de las propias autoridades locales, ya que nunca intervendríamos sin una invitación. Por lo tanto, no es imposible dialogar con líderes que tienen visiones diferentes, siempre que haya disposición para conversar. Lo que resulta más difícil es sostener procesos de integración cuando las visiones del mundo divergen profundamente, no solo en términos de política interna, sino también en cuanto a alianzas internacionales y orientaciones estratégicas.
Aun así, no debemos interrumpir el esfuerzo. Seguiremos haciendo todo lo posible. Como se suele decir, la política es el arte de lo posible, pero no solo de aceptar sus límites. Se trata también de ampliar el espacio de lo posible, acercándolo, en la medida de lo posible, al ideal, sabiendo que ese ideal nunca se alcanzará plenamente.
HF: ¿Considera usted que el proyecto de integración latinoamericana o sudamericana sigue siendo decisivo para la inserción internacional de Brasil? ¿Cuál es el papel estratégico de la integración regional en un momento geopolítico en el que las áreas de influencia regional parecen recuperar su centralidad, con Estados Unidos, por ejemplo, retomando referencias a la Doctrina Monroe?
CA: Eso es algo que Brasil no puede aceptar. Tengo la percepción, aunque puedo estar equivocado, de que Estados Unidos trata a Brasil con cierto grado de cautela, debido a su dimensión territorial, demográfica y su potencial económico y energético. Debemos ser plenamente conscientes de este lugar. Brasil no puede adoptar una política exterior marcada, como se ha dicho en el pasado, por el “vira-latismo”. Ese no es, ni será, el papel del país.
Creo que, en relación con los países vecinos, Brasil debe buscar siempre mantener buenas relaciones. El propio presidente lo demostró recientemente, por ejemplo, en su viaje a Panamá: la disposición al diálogo independientemente de las afinidades ideológicas. Evidentemente, hay diferentes niveles de relación. Una cosa es la proximidad personal y otra es la convivencia respetuosa entre Estados, basada en la cordialidad y el reconocimiento mutuo.
Brasil debe tratar de mantener con sus vecinos algo más que simple cordialidad. Sin embargo, cuando esa disposición no existe por parte del otro, no conviene insistir indefinidamente; hay que permitir que cada país encuentre su propio camino. En general, este distanciamiento también acaba siendo perjudicial para ellos, ya que Brasil representa un mercado importante y un socio natural en la región. Por eso es fundamental tener paciencia. La paciencia es una virtud indispensable en la política internacional, y solo los líderes con visión estratégica, como el presidente Lula, comprenden la importancia de actuar de esta manera.
Ahora bien, ustedes han mencionado a Cuba, y no quiero omitir este punto. Lo que está sucediendo allí es profundamente trágico. No se trata simplemente de presionar o sustituir a un gobierno. Las sanciones impuestas no recaen solo sobre un régimen, sino sobre un pueblo.
Al mismo tiempo, no es fácil saber cómo lidiar con una situación como esta. El propio Brasil dispone hoy de pocos instrumentos concretos para ayudar, porque el grado de interdependencia del sistema financiero internacional es tal que prácticamente cualquier transacción acaba pasando por mecanismos sujetos a la jurisdicción estadounidense y, por lo tanto, a sanciones. Lo mismo ocurre con el petróleo, con Petrobras. Esto nos limita enormemente. Aun así, considero que esta cuestión debe ser objeto de una reflexión internacional más amplia, porque no solo concierne a Cuba. El precedente creado puede tener graves consecuencias para toda la región.
Independientemente de las simpatías o discrepancias políticas que se puedan tener, la trayectoria histórica de Cuba es propia: hubo una revolución, los invasores fueron expulsados. Se pueden discutir, y muchos lo hacen, los errores y limitaciones del sistema político que se consolidó a partir de entonces. Pero no es matando de hambre a un pueblo con sanciones y aislamiento como se va a cambiar la situación política.
El G77 llegó a debatir la adopción de una resolución sobre el tema, pero este tipo de decisión depende del consenso entre los miembros. Por lo que he visto, uno o dos países de Sudamérica impidieron que se alcanzara ese consenso. Es lamentable, porque la condena de las sanciones unilaterales ha sido, históricamente, uno de los puntos de convergencia duraderos entre los países de la región. Ver cómo se debilita esa unidad es realmente preocupante.
HF: ¿Sería posible pensar en la creación de un mecanismo regional de apoyo de emergencia, en el que participara México, por ejemplo, para hacer frente a esta situación?
CA: No sabría decirlo. El propio México se enfrenta a retos importantes. Sentimos una gran admiración por la presidenta Claudia Sheinbaum, pero cada país también tiene que ocuparse de sus propias prioridades internas y, cuando está en juego la propia seguridad, es difícil asumir iniciativas de este tipo.
De todos modos, recuerdo haber dicho una vez a los parlamentarios estadounidenses que, en cierto sentido, Estados Unidos ya ha perdido la guerra que inició contra Cuba hace más de sesenta años. El régimen no ha sido derrocado. Ahora se trata de destruir al pueblo, porque no hay alternativa allí. La cuestión ya no es simplemente la sustitución de un gobierno por otro, como ocurre en otros contextos políticos de la región.
En el caso cubano, se trata de una realidad histórica muy específica, en la que las alternativas percibidas son extremadamente limitadas: o la continuidad del sistema actual o el retorno a una situación anterior a la revolución. No voy a utilizar todas las palabras que he oído para describir la época de Batista, una mezcla de casino con cosas peores.
HF: En los primeros gobiernos de Lula y en el gobierno de Dilma, usted formuló y describió con frecuencia la política exterior brasileña como “altiva y activa”. Más recientemente, ha surgido el término “no alineamiento activo”. ¿Existe, entre estas dos formulaciones, un cambio de principio o de orientación conceptual, o son solo concepciones distintas para una misma posición internacional? ¿Y cuáles serían las implicaciones políticas de estas diferencias?
CA: No creo que haya grandes cambios conceptuales entre una formulación y otra. Quizás haya mayor precisión en una que en la otra. Pero debo decir que la expresión “altiva y activa” no nació de una elaboración teórica profunda, sino de una necesidad circunstancial. En 2003, cuando el presidente Lula anunció mi nombramiento, había otros ministros presentes y yo sabía que no podía hacer una exposición larga, tenía que decir algo en cuatro o cinco minutos como máximo. Por lo tanto, traté de sintetizar cuál sería la orientación de la política exterior del nuevo gobierno. Intenté identificar la principal diferencia que tendría en relación con la política exterior llevada a cabo durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. No se trata de un cambio radical, al menos en el plano conceptual; en la práctica, esto puede discutirse.
La diferencia fundamental era que Brasil no se subordinaría a agendas definidas externamente —el ALCA es un ejemplo evidente— y, al mismo tiempo, adoptaría una postura más proactiva en la relación con otros países en desarrollo. De ahí surgió la idea de una política exterior a la vez altiva y activa: altiva en el sentido de preservar la autonomía decisoria, y activa en el sentido de ampliar las iniciativas y las asociaciones internacionales.
Fui embajador durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y no tengo ninguna queja personal, al contrario, le admiro. Sin embargo, a menudo las instrucciones que recibía apuntaban en esa dirección: actuar con cautela y evitar iniciativas que pudieran generar fricciones innecesarias con Estados Unidos o la Unión Europea. Aunque no se formulaba de manera explícita, esa era, en el fondo, la orientación predominante. La política exterior que comenzamos a aplicar en el gobierno de Lula fue un poco más altiva en ese aspecto. Y más activa, porque si la recomendación anterior era evitar el protagonismo, ahora seguiríamos una política exterior definida por nosotros mismos en la medida de lo posible, siempre con realismo, naturalmente, porque todos saben que existen asimetrías e influencias internacionales, pero sin temor a tomar iniciativas propias.
Ya en el primer año y medio del gobierno de Lula, fortalecimos el Mercosur, avanzamos en el acuerdo entre el Mercosur y la Comunidad Andina (que más tarde daría origen a la Unasur), ampliamos significativamente la presencia brasileña en África, con numerosas visitas presidenciales, y celebramos la Cumbre Sudamérica-Países Árabes (Aspa). Se trataba, por lo tanto, de una política exterior activa, con protagonismo, que no temía involucrarse en temas considerados delicados.
Por ejemplo, estaba la grave crisis venezolana, marcada incluso por el intento de golpe de Estado en 2002 —que, hay que reconocerlo, también había sido condenado por el Gobierno de Fernando Henrique—, pero en relación con la cual Brasil pasó a desempeñar un papel más directo de mediación y apoyo a la estabilidad regional.
La expresión “no alineamiento activo” fue acuñada por el chileno Carlos Ominami. Incluso participé en la primera reunión que organizó sobre el tema. En esa ocasión, comenté que estaba muy satisfecho con la elección del término, porque reunía dos tradiciones de la política exterior brasileña: en el pasado, tuvimos una política de no alineamiento automático y, más tarde, formulamos la idea de una diplomacia altiva y activa. En cierto modo, el concepto de no alineamiento activo combina estos dos elementos.
Aun así, no se trata de una doctrina rígida. A menudo se afirma que Brasil es un país occidental —y, en ciertos aspectos, tal vez lo sea—, pero Brasil también es un país del Sur. En última instancia, nuestra orientación debe guiarse por los intereses nacionales en cada circunstancia concreta. En algunas cuestiones, votaremos junto a Estados Unidos; en otras, podremos converger con China. Esa es, precisamente, la lógica de la no alineación activa.
HF: En una coyuntura tan contenciosa como la actual, ¿Cree usted que todavía hay espacio para una política de no alineación activa?
CA: El tiempo lo dirá. Brasil sigue por ese camino. En 2024, en el contexto de la guerra en Ucrania, cuando nadie hablaba de diálogo, articulamos con China un documento conjunto en el que se proponía la apertura de un espacio internacional para el diálogo político y el rechazo de una escalada militar. Hoy en día, vemos que incluso los países europeos reconocen que cualquier solución duradera debe tener en cuenta realidades geopolíticas básicas, como el hecho de que Rusia seguirá siendo parte de Europa. Este reconocimiento tardó en llegar. En ese momento, Brasil y China buscaron precisamente estimular esta reflexión. Diría incluso que la iniciativa partió en gran medida de Brasil, al que se le pedía con más frecuencia que desempeñara este papel de interlocutor, aunque encontramos en China una gran receptividad intelectual y política.
A partir de ese entendimiento, contribuimos a la creación de un Grupo de Amigos de la Paz en las Naciones Unidas, dedicado a promover el diálogo. Por lo tanto, creo que todavía hay espacio para este tipo de acción. Evidentemente, el contexto ha cambiado. Esta iniciativa se produjo antes del regreso de Donald Trump, cuyo gobierno ha prestado poca atención a este tipo de esfuerzo multilateral. Sin embargo, el mundo está experimentando profundas transformaciones, posiblemente comparables solo a los cambios que se produjeron tras las guerras mundiales.
En este escenario, Brasil trata de mantener su línea de actuación. El fortalecimiento de los Brics, cuyo origen se remonta al primer gobierno de Lula, forma parte de esta estrategia. El banco del Brics sigue activo y seguimos buscando mecanismos de cooperación que amplíen las posibilidades de acción en un mundo cada vez más complejo, muy diferente al que encontré cuando fui ministro de Relaciones Exteriores.
MS: ¿En qué medida la formulación de una política exterior “altiva y activa” también representó una redefinición de la forma en que Brasil buscaba posicionarse frente a Washington?
CA: En 2002, por ejemplo, Brasil tomó la iniciativa de crear el llamado Grupo de Países Amigos de Venezuela. Fue una propuesta del presidente Lula que permitió reunir, por un lado, a los países que mantenían una mayor simpatía por el Gobierno venezolano y, por otro, a actores importantes como los propios Estados Unidos. El objetivo era precisamente crear un espacio de mediación capaz de preservar el diálogo en medio de la grave crisis política que atravesaba el país.
La persona con la que más hablaba sobre este tema era el entonces secretario de Estado estadounidense, Colin Powell. Me preocupaba mucho la necesidad de mantener el diálogo político en Venezuela, sobre todo porque el referéndum revocatorio comenzaba a perfilarse como una posible salida institucional a la crisis. También estaba la cuestión de la presencia de observadores internacionales: en ese momento, la OEA aún gozaba de un grado de credibilidad mayor que el que tendría en la época de Luis Almagro. Queríamos garantizar la legitimidad internacional del proceso.
En medio de esa gran tensión, intenté convencer al presidente Chávez de la importancia de esas garantías. Al mismo tiempo, supe que Roger Noriega, un asesor estadounidense, haría declaraciones en el Senado de los Estados Unidos que podrían agravar aún más la situación. Por casualidad, yo estaba en Nueva York y llamé directamente a Colin Powell para pedirle que verificara el contenido de la intervención, porque Chávez era extremadamente sensible a cualquier señal externa que pudiera interpretarse como injerencia.
En un primer momento, Powell no entendió bien la petición y respondió que no tenía control sobre los senadores estadounidenses. Entonces le expliqué que no me refería a los senadores, sino al representante del propio Gobierno que iba a prestar declaración. Lo que sucedió a continuación fue algo bastante inusual en la práctica diplomática. Powell envió previamente el texto de la intervención que se presentaría al Congreso para que pudiéramos examinarlo. En muchos años de diplomacia, rara vez se ve un gesto de este tipo, sobre todo en la relación entre países de peso tan diferente. Esto demuestra el nivel de diálogo y cooperación que existía en ese momento.
Podría citar varios otros ejemplos. Todavía bajo el gobierno de Bush, Brasil fue invitado a participar en la Conferencia de Anápolis, a pesar de las críticas internas de que estaríamos manteniendo un diálogo excesivo con los países árabes. Estuve cinco veces en Palestina, pero también visité Israel en varias ocasiones, y el presidente Lula fue el primer jefe de Estado brasileño en realizar una visita oficial a Israel.
En la Conferencia de Anápolis, celebrada en 2007, Brasil fue invitado, junto con India y Sudáfrica —salvo error, los únicos países en desarrollo no predominantemente musulmanes presentes—, lo que reflejaba el reconocimiento internacional del papel equilibrado que el país buscaba desempeñar en el diálogo entre diferentes regiones y actores. Ya durante el gobierno de Barack Obama, me limitaré a los dos años en los que actué como canciller, porque posteriormente asumí el Ministerio de Defensa. Mantuvimos una relación normal; es cierto que surgió el grave episodio del espionaje, pero, en el plano personal, no tuve con Obama el mismo grado de cercanía.
El episodio principal de ese período fue nuestra cooperación en temas como Haití, aunque limitada, y sobre todo la cuestión iraní. Curiosamente, al observar los acontecimientos actuales, tengo la impresión de que la historia, en cierto modo, se repite, aunque hoy en circunstancias más graves. En ese momento, el propio Gobierno estadounidense solicitó que Brasil intercediera ante Irán. Lo hicimos. El proceso llevó varios meses, como es natural en negociaciones de esta naturaleza, pero al final logramos exactamente los términos que habían sido previamente indicados por Estados Unidos como aceptables. Aun así, posteriormente, Estados Unidos dio marcha atrás y optó por llevar la cuestión a votación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Fue un momento difícil. Aun así, el episodio no comprometió la relación bilateral. Pocos meses después, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, mantuvimos contactos absolutamente normales: estaban presentes Bill Clinton y Hillary Clinton, quienes incluso me invitaron a reuniones en ese contexto. Esto demuestra que, a pesar de las divergencias puntuales, el diálogo bilateral se mantuvo abierto y funcional.
MS: Ese es el retrato de décadas de protagonismo en la política exterior brasileña. Usted fue ministro de Relaciones Exteriores de Brasil durante los gobiernos de Itamar Franco y Lula da Silva 1 y 2, ministro de Defensa durante el gobierno de Dilma Rousseff y, ahora, es jefe de la Asesoría Especial de la Presidencia en el tercer mandato de Lula. Es decir, ha estado directamente involucrado en la formulación de la política exterior brasileña mientras Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump presidían los Estados Unidos. ¿Cuáles han sido los principales cambios en la relación bilateral entre los países en las últimas tres décadas?
CA: El mayor cambio que veo desde que fui ministro de Relaciones Exteriores por primera vez, en el gobierno de Itamar Franco en Brasil y de Bill Clinton en Estados Unidos, es desde el punto de vista comercial. En la década de 1990, Estados Unidos era el mayor socio comercial de Brasil y representaba alrededor del 25 por ciento de nuestras exportaciones. Hoy en día, esa participación ha caído a alrededor del 12 por ciento. Esto representa un gran cambio.
Por supuesto, Estados Unidos sigue siendo un socio comercial muy importante, ya que sigue siendo el segundo país más importante si se considera individualmente. Hubo un momento en que Argentina se acercó a esa posición. Pero hoy en día, la distancia entre el segundo lugar y China es muy grande, lo que naturalmente produce una percepción diferente de la relación bilateral. Aun así, Estados Unidos sigue teniendo una enorme influencia cultural. Todo el mundo se alegra cuando una película brasileña gana un premio en Cannes, pero la verdadera conmoción nacional se produce cuando gana un Óscar. Esto revela la persistencia de una hegemonía cultural estadounidense extremadamente fuerte.
Políticamente, ha habido algunas oscilaciones. En términos estrictamente conceptuales, teniendo en cuenta los gobiernos en los que he servido, en general ha habido una mayor afinidad con las administraciones demócratas de Estados Unidos. En la práctica, sin embargo, mantuvimos una relación muy positiva con el presidente Bush y, a pesar de los desafíos, buscamos preservar una relación pragmática con el presidente Trump.
MS: ¿Cuál es el papel de los Brics en este contexto? ¿Qué balance hace usted de la actuación reciente del grupo y cuáles son, hoy en día, las posibilidades reales de cooperación entre sus miembros, incluso como bloque, para apoyar determinadas agendas internacionales?
CA: La existencia de los Brics es extremadamente importante. Como cualquier mecanismo internacional, el grupo tiene imperfecciones: siempre habrá debates sobre qué países deberían o no haber sido incluidos, o sobre el ritmo y la forma de su ampliación. Son cuestiones naturales y variables. Aun así, creo que la decisión de ampliar los Brics fue correcta en principio.
Hay países relevantes, como Indonesia, entre otros, cuya participación refuerza la representatividad del grupo. Evidentemente, cuanto mayor es el número de miembros, mayor es la diversidad de intereses y, en consecuencia, más compleja se vuelve la toma de decisiones. En cierto modo, ampliar la representatividad tiende a reducir la eficacia operativa inmediata. Aun así, considero que el balance es positivo. El simple hecho de que el grupo exista, se reúna periódicamente y mantenga canales permanentes de diálogo ya constituye un elemento de peso en el escenario internacional. Incluso cuando hay posiciones cautelosas o ausencias puntuales, persiste la percepción de que se trata de una articulación política real, capaz de actuar cuando es necesario.
Esta valoración, por cierto, no es solo nuestra. Analistas y pensadores políticos de Estados Unidos, Europa y otras regiones reconocen que los Brics se han consolidado como un polo de coordinación relevante.
MS: ¿La búsqueda de mecanismos alternativos al dólar se ha convertido en una cuestión de seguridad económica y política para los países del Sur Global? ¿Cuál es el papel de los Brics en esto?
CA: La cuestión de la desdolarización puede estar relacionada con los Brics, pero no se limita a ellos. No soy economista, pero, por lo que sigo, se trata de un proceso que ya se está produciendo gradualmente. Al fin y al cabo, una moneda internacional es, en esencia, una cuestión de confianza. Cuando surge la percepción de que esa moneda puede utilizarse como instrumento político, ya sea para fines propios o para restringir las transacciones entre terceros, los países naturalmente comienzan a buscar alternativas.
Esto no significa que veremos, de la noche a la mañana, el fin de la centralidad del dólar. No creo en cambios abruptos de esta naturaleza.
Sin embargo, ya se observa que China está promoviendo el renminbi como moneda de reserva internacional, algo que, en cierta medida, está empezando a ocurrir. El euro también ha desempeñado parcialmente ese papel y, recientemente, ha vuelto a ganar terreno. Además, muchos países han comenzado a aumentar sus reservas de oro, precisamente como forma de diversificación ante una posible erosión de la confianza en las monedas de referencia tradicionales.
Por lo tanto, se trata de un fenómeno real, aunque gradual. Una desdolarización declarada o repentina sería extremadamente compleja, dada la densidad de las relaciones financieras y comerciales globales. Lo más probable es un proceso progresivo de diversificación.
Paradójicamente, la propia erosión de las normas internacionales contribuye a este movimiento. No es posible debilitar selectivamente las normas del sistema internacional y, al mismo tiempo, esperar que la confianza en las instituciones, incluidas las monetarias, permanezca intacta. La forma en que se están utilizando las sanciones y los instrumentos financieros tiende inevitablemente a afectar a la percepción de seguridad asociada al dólar.
Algo similar ocurre en otras áreas de la política internacional. En el conflicto entre Rusia y Ucrania, por ejemplo, sigue el debate sobre los orígenes más amplios de la crisis: ¿qué causó la guerra, la expansión de la Otan, el golpe de 2014 o el progresivo deterioro del entorno de seguridad europeo? Esto demuestra cómo los conflictos complejos rara vez tienen causas únicas y cómo, en última instancia, es necesario buscar una paz posible, aunque imperfecta. En el plano económico, la lógica es similar.
En el pasado, muchos criticaron la decisión de Brasil de no adherirse al Alca. En ese momento, Estados Unidos y la Unión Europea concentraban cuotas similares de nuestro comercio exterior, alrededor de una cuarta parte cada uno. Si se hubiera implementado el Alca, el grado de dependencia brasileña respecto a Estados Unidos podría ser hoy mucho mayor. Esto significa que medidas como los aumentos arancelarios o las restricciones comerciales producen impactos más limitados de lo que producirían en un escenario de mayor concentración.
En otras palabras, la estrategia de diversificación, asociada a la idea de multipolaridad, no es solo una formulación política abstracta. Constituye un elemento concreto de resiliencia económica y autonomía estratégica para Brasil.
HF: En este contexto, ¿Se puede entender a los Brics como un espacio de diversificación y coordinación estratégica entre países que buscan un orden internacional más equilibrado?
CA: Los Brics contribuyen, de hecho, al fortalecimiento de un orden internacional más multipolar. Cuando comparamos foros como el G7 y el G20, esto queda claro. La diferencia no radica solo en la presencia de los países de los Brics, evidentemente, sino en el mayor grado de diversidad que incorpora el G20. El propio presidente Bush se dio cuenta, especialmente en el contexto de la crisis financiera internacional, de que sería necesario ampliar el espacio de coordinación global. El G20 surgió precisamente como una instancia más representativa, capaz de reunir a economías desarrolladas y emergentes en torno a soluciones comunes.
Es evidente que el G20 podría evolucionar. Sería deseable ampliar la representación africana, por ejemplo. Un país como Egipto, por ejemplo, sin duda debería estar presente. Lo mismo ocurre con Nigeria, el país más poblado de África y una de las naciones con mayor población negra del mundo. Independientemente de las valoraciones que se hagan sobre sus gobiernos o sus niveles de estabilidad, su presencia contribuiría a que el foro fuera más representativo.
He trabajado durante muchos años en las Naciones Unidas y siempre he defendido, como sigo defendiendo, la reforma del Consejo de Seguridad. Sin embargo, considero más probable que esta transformación se produzca desde fuera hacia dentro, impulsada por la evolución de mecanismos multilaterales más amplios, y no por la voluntad aislada de un actor específico. Es en este contexto donde el G20 cobra especial relevancia y, dentro de él, los países Brics desempeñan un papel importante al ampliar la pluralidad de los debates y contribuir a una gobernanza internacional más equilibrada.
HF: En la última reunión del Foro Económico Mundial, el presidente Donald Trump volvió a defender una reorganización de la gobernanza global bajo el liderazgo estadounidense y orientada por el principio de la fuerza. La réplica de Mark Carney tuvo repercusión en todo el mundo, al argumentar que el antiguo orden internacional ha llegado a su fin y que el momento actual plantea nuevos dilemas a las llamadas “potencias medias”. ¿Cuáles serían hoy las opciones estratégicas para las potencias medias?
CA: Las potencias medias son aquellas que no tienen bomba atómica…
Brasil estableció en su propia Constitución que toda actividad nuclear debe destinarse exclusivamente a fines pacíficos. Por lo tanto, la posesión de armas nucleares no forma parte —ni creo que deba formar parte— de nuestro proyecto nacional. Sin embargo, esto no significa renunciar a la capacidad de defensa. Brasil necesita desarrollar medios de disuasión que dificulten la repetición de episodios como el que vimos en Venezuela o como el que está ocurriendo en Cuba, independientemente del origen de la amenaza.
No se trata de señalar a un país específico, sino de reconocer que la seguridad internacional sigue estando regida, en última instancia, por la percepción de los costes y los riesgos. La idea de un mundo unipolar, que durante un tiempo pareció predominante, ya no se corresponde con la realidad. Incluso Estados Unidos lo sabe. Entre el concepto y la realidad siempre hay una distancia, pero, desde el punto de vista estructural, avanzamos hacia un orden más multipolar. El gran riesgo es que esta multipolaridad se confunda con una lógica de áreas de influencia. Esto es algo que Brasil no puede aceptar. Un país con relaciones económicas diversificadas —alrededor del 35 por ciento del comercio con China y poco más del 12 por ciento con Estados Unidos— no puede encajarse en una esfera de influencia exclusiva.
Es también por esta razón que evito utilizar categorías como “hemisferio” en sentido político. Brasil no puede reducirse a una única identidad geopolítica. Formamos parte del Sur global, aunque estamos profundamente marcados por múltiples influencias culturales: europeas, africanas, indígenas, árabes, entre otras. La política exterior brasileña debe reflejar esta pluralidad y preservar la autonomía de juicio, evitando reproducir visiones importadas que no se corresponden plenamente con nuestra realidad histórica y social.
MS: Cuando fue ministro de Defensa, afirmó en varias ocasiones que existe un vínculo indisoluble entre la estrategia nacional de defensa y la estrategia nacional de desarrollo. A finales del año pasado, defendió el aumento de las inversiones en defensa hasta alrededor del 2 por ciento del PIB. ¿Podría explicar lo que significaría esta propuesta en términos militares, económicos y políticos para Brasil?
CA: Esa es una posición que ya defendía cuando fui ministro de Defensa, aunque en ese momento no se trataba de una política formal del Gobierno, ya que dependía de decisiones institucionales más amplias. Dada la coyuntura internacional actual, me parece natural que Brasil amplíe sus inversiones en defensa.
Pero es importante dejar claro que este aumento debe orientarse principalmente a la inversión y al mantenimiento de las capacidades adquiridas, y no simplemente a la expansión de los gastos corrientes; hoy en día, una parte muy elevada del presupuesto de defensa brasileño se destina a nóminas y pensiones. No me corresponde a mí definir técnicamente qué programas específicos deberían recibir prioridad; esa es responsabilidad del ministro de Defensa y de los mandos militares. Lo que puedo decir es que Brasil presenta deficiencias importantes en diversas áreas tecnológicas y operativas.
Cuando mencioné por primera vez el objetivo de inversiones cercanas al 2 por ciento del PIB, solo intentaba establecer un parámetro razonable de comparación internacional. En ese momento, hice un promedio aproximado entre los países de los Brics y otras economías relevantes. Brasil no es un país involucrado en conflictos directos ni enfrenta amenazas militares inmediatas comparables a las de regiones como Oriente Medio o el Indo-Pacífico. Por lo tanto, el 2 por ciento del PIB me parece un nivel equilibrado: suficiente para garantizar la capacidad de disuasión. La lógica es esencialmente defensiva. El submarino de propulsión nuclear es un ejemplo de ello: su principal ventaja no es ofensiva, sino disuasoria: la capacidad de permanecer sumergido y sin ser detectado durante largos periodos de tiempo, lo que dificulta cualquier intento de proyección militar contra el territorio nacional o sus zonas marítimas estratégicas.
Lo que ocurrió recientemente en Venezuela aún no me queda del todo claro. No sé exactamente dónde se produjeron las fallas, pero es evidente que existieron. Al mismo tiempo, hay que reconocer que ciertas potencias disponen hoy en día de capacidades extremadamente avanzadas en las áreas de la guerra electrónica y cibernética, y es natural que otros grandes actores internacionales estén desarrollando instrumentos similares. La cuestión central pasa a ser: ¿cómo puede defenderse un país como Brasil en este tipo de escenario?
El objetivo es evitar que Brasil se convierta en un país estructuralmente vulnerable. Y esto cobra aún más relevancia cuando consideramos nuestros recursos estratégicos. Hay datos que indican que Brasil posee la segunda mayor reserva mundial de tierras raras y minerales críticos, insumos esenciales para tecnologías avanzadas, transición energética y sistemas de defensa modernos. Naturalmente, este patrimonio despierta el interés internacional. No se trata de teorías o de imaginación geopolítica: los recursos estratégicos siempre han atraído la atención externa a lo largo de la historia. Por eso, Brasil necesita, en primer lugar, desarrollar una política nacional clara para los minerales críticos, algo que ya se está empezando a debatir en el ámbito gubernamental, pero también necesita disponer de los medios adecuados para proteger estos activos.
En un posible escenario de tensión internacional entre terceros, en el que el acceso a los minerales estratégicos brasileños cobre relevancia, el país debe ser capaz de defender sus intereses y su soberanía. Este es solo un ejemplo, pero ilustra un punto más amplio: la defensa nacional, el desarrollo tecnológico y la seguridad económica se han convertido en dimensiones inseparables.
HF: Para terminar, ¿Cuál es su valoración de la propuesta del Consejo de Paz promovida por el presidente Trump?
CA: Prefiero ceñirme a las posiciones ya expresadas por el presidente de la República, que destacó dos puntos centrales, sin entrar en detalles operativos. En primer lugar, no parece adecuado concebir un llamado Consejo de Paz con la pretensión de reformar o sustituir los mecanismos de las Naciones Unidas mediante una iniciativa unilateral, no discutida previamente con la comunidad internacional.
Una posible iniciativa de esta naturaleza debería, como máximo, tener un alcance claramente delimitado —por ejemplo, restringido a la situación en Gaza y al conflicto de Israel y Palestina— y no adoptar la forma de una reconfiguración más amplia de la gobernanza internacional. En segundo lugar, incluso si se limitara a ese contexto específico, cualquier iniciativa orientada a la paz necesitaría contar con la participación efectiva de representantes políticos legítimos del pueblo palestino. No basta con recurrir únicamente a especialistas o técnicos; es indispensable garantizar la presencia y la autoridad política palestina en el proceso, condición esencial para que cualquier acuerdo tenga legitimidad y posibilidades reales de producir resultados duraderos.
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