11 de febrero de 2025

Entrevistas

Brasil en un orden mundial en limbo

Una entrevista con André Singer sobre las elecciones municipales de 2024 en Brasil y la geopolítica actual

La atención mundial ha sido capturada recientemente por las elecciones en el corazón del capitalismo: la contienda que resultó en la reelección de Donald Trump para un segundo mandato como presidente de los Estados Unidos. Mientras tanto, en Brasil, los comicios municipales, a pesar de su carácter local, dieron indicios del porvenir politico, especialmente sobre la disputa presidencial de 2026. En octubre de 2024, los votantes brasileños acudieron a las urnas para elegir alcaldes y concejales. Entre las disputas, la de São Paulo fue quizás la más reveladora. Además de ser el principal colegio electoral del país, la ciudad exhibió posibles tendencias políticas, como el ascenso de un nuevo liderazgo de extrema derecha—el antes desconocido Pablo Marçal—y la unificación de todas las fuerzas a la derecha del centro para derrotar a la izquierda.

Para abordar los resultados electorales y reflexionar sobre el momento actual, Hugo Fanton, editor de Phenomenal World, conversó con André Singer, profesor titular del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de São Paulo (USP). La entrevista, realizada el 13 de diciembre de 2024, explora la relación entre la estructura de clases y el comportamiento político en Brasil; analiza las autocracias de Trump y Bolsonaro y el recrudecimiento del sesgo fascista en la coyuntura actual; y examina el “mimetismo” reciente entre Estados Unidos y Brasil. Además, presenta reflexiones a partir del libro O Segundo Círculo (Editora Unicamp), publicado en Brasil en septiembre pasado, para pensar las relaciones entre centro y periferia en tiempos de guerra. La referencia al infierno de Dante sugiere un agravamiento de la crisis, desde 2008, a niveles cada vez más aterradores, lo que intensifica los flagelos sufridos por los pueblos y reduce las posibilidades de salidas pacíficas. Para caracterizar este momento, se defiende el uso del término “interregno”, en referencia a las disputas por la dirección global y la formación de nuevas relaciones de hegemonía.

Entrevista con André Singer

Hugo Fanton: El desempeño de Pablo Marçal en las elecciones municipales de São Paulo llamó la atención de todo el país el año pasado. ¿Es su victoria síntoma de alteraciones en el panorama político brasileño? ¿Qué podemos esperar para las elecciones presidenciales de 2026?

André Singer: Pablo Marçal, un influencer de internet, fue un candidato inesperado, no previsto por los actores políticos. Surgió de la nada, apoyado por un partido que no tiene representación en el Congreso Nacional, pero alcanzó un millón setecientos mil votos. Fue una votación extraordinaria en la contienda electoral más importante del año: la de la ciudad de São Paulo, el mayor colegio electoral del país, de un tamaño comparable, por ejemplo, al de Portugal. Por muy poco—una diferencia de apenas 50 mil votos—no llegó a la segunda vuelta. Esto evidenció cuestiones que no estaban claras dentro del campo de la derecha en el espectro político: un hombre joven, de 37 años, sin ningún respaldo más allá de su propia capacidad de comunicación, logró movilizar al electorado de extrema derecha en São Paulo contra Jair Bolsonaro. No en el sentido de oponerse a Bolsonaro, sino de ser independiente, porque Bolsonaro ya había sellado una alianza con el candidato del Movimiento Brasilero Democrático (MDB), el alcalde de la ciudad, Ricardo Nunes.

Para ser reelegido, Nunes nombró como vicealcalde a un aliado de Bolsonaro, proveniente de la Policía Militar, con el objetivo de consolidar una alianza formal no solo con el partido de Bolsonaro—el Partido Liberal (PL)—, sino con el propio Bolsonaro. Cuando Marçal comenzó a subir en las encuestas, Bolsonaro se encontró en una situación complicada. En un primer momento, intentó desautorizar a Marçal a favor de Nunes. Sin embargo, las bases bolsonaristas se rebelaron contra Bolsonaro y lo obligaron a dar marcha atrás, intentando conciliar con Marçal en oposición a Nunes. 

En ese momento, la candidatura de Nunes se vio seriamente amenazada por el posible abandono de las bases bolsonaristas. Fue entonces cuando emergió la figura que, a mi parecer, fue la gran ganadora de todo el proceso electoral de 2024: el gobernador del estado de São Paulo, Tarcísio de Freitas. Él fue el gran impulsor de la candidatura de Nunes. Sin embargo, Tarcísio tiene una deuda con Bolsonaro porque, a pesar de no haber sido nunca un político—era un administrador que incluso trabajó en el gobierno de Dilma Rousseff—, fue elegido en 2022 como candidato al gobierno del estado gracias a la designación de Bolsonaro, quien le aseguró la victoria con el apoyo masivo del bolsonarismo en el interior del estado. Ahora, en 2024, Tarcísio se vio obligado a tomar una decisión: respaldar a Nunes o a Marçal y Bolsonaro. Optó por el primero, y eso salvó la reelección de Nunes, llevando al propio Bolsonaro a retractarse de su apoyo a Marçal y asumir una postura más neutral. En la práctica, Bolsonaro tuvo que distanciarse de las elecciones en São Paulo porque no logró encontrar una posición adecuada. Sin embargo, aunque Tarcísio se posicionó en contra de Bolsonaro en ese momento, nunca dejó de insistir en la necesidad de reincorporarse a la candidatura de Nunes. Es decir, Tarcísio comprendió que, si la derecha se unifica, puede ser competitiva.

Tarcísio representa lo que yo llamo el “bolsonarismo Shrek”: no exhibe los mismos rasgos de radicalismo que Bolsonaro o Marçal. Es una figura híbrida, proveniente del campo de la extrema derecha, pero que se presenta de otra manera, quizás de forma más aceptable para la derecha no extremista. El alcalde Ricardo Nunes sigue el mismo perfil. No es una figura de extrema derecha, pero ha adoptado varias de sus banderas porque también entendió que la unidad es indispensable.

Las elecciones municipales de São Paulo pueden entenderse, relativamente, como un anticipo de elementos que podrían repetirse en las presidenciales de 2026. Por supuesto, Brasil es diferente de São Paulo, por lo que no debe haber una extrapolación automática. Sin embargo, algunos aspectos de lo ocurrido aquí podrían ser útiles para comprender ciertos factores de 2026. La elección de 2024 demostró la fuerza de la extrema derecha tras la derrota de 2022. Fue la primera vez que la extrema derecha volvió a las urnas y se mostró potente—no lo suficiente para ganar, pero sí para competir. Y dejó claro que, sí hay unidad, la derecha puede ganar la elección.

HF: ¿Cuáles son los impactos de las victorias municipales del partido del interior, es decir, los partidos de las áreas rurales de Brasil, en relación con los sectores de la derecha tradicional y la “confederación bolsonarista”? ¿Está en marcha un un distanciamiento gradual de la figura de Bolsonaro o será que el escenario poselectoral apunta a una reafirmación de la extrema derecha y a Bolsonaro como el polo aglutinador de las derechas en el país? ¿Es posible, desde ya, vislumbrar una reedición de la disputa entre el lulismo y un candidato directamente respaldado por Bolsonaro?

AS: El realineamiento electoral, tal como propuse en 2006,1 sigue vigente, sobre todo en lo que respecta a la base de la pirámide social, que ha dado varias señales de que continúa siendo lulista. Una de esas señales es la evaluación del gobierno de Lula realizada por Datafolha a principios de octubre pasado: en el conjunto del electorado, la aprobación como “óptimo y bueno” es del 36 por ciento. Sin embargo, en la base de la pirámide, esta proporción sube al 46 por ciento. En todos los otros segmentos que no forman parte de la base de la pirámide, ronda alrededor de 27 por ciento. Es una diferencia considerable. Es como si el país estuviera dividido en dos bloques, en dos mitades sociales, donde la mitad inferior apoya al gobierno y la mitad superior tiende a no apoyarlo. Esto me lleva a pensar que el lulismo sigue en pie. Otro elemento que apunta en esta dirección es que la única victoria importante del PT en las elecciones municipales fue en Fortaleza, una de las principales capitales del Nordeste, que es el centro del subproletariado, esa fracción de clase que está, técnicamente, en la base de la pirámide. En este sentido, el realineamiento persiste. Sin embargo, la novedad radica en un desplazamiento dentro del campo de la clase media, que comenzó, desde el punto de vista partidario, con el vaciamiento del Partido Socialdemócrata de Brasil (PSDB) y la migración de estos sectores hacia la extrema derecha a partir de 20162

Uno de los factores en juego—y que también quedó muy claro en las elecciones municipales de 2024—es el intento de Bolsonaro de construir, por primera vez, un partido que organice y sustituya al PSDB: el PL. Hasta ahora, él se había negado a hacerlo. Primero, se afilió al Partido Social Liberal (PSL) del cual se desvinculó durante su mandato. Luego, lanzó un partido propio que, abandonado en el camino, terminó disolviéndose. Finalmente, se unió a un partido de larga trayectoria, el PL, cuya principal dirigencia se ha dispuesto a convertirse en el gran organizador del bolsonarismo. Ahora, el bolsonarismo cuenta con un vehículo partidario que tuvo un buen desempeño en las elecciones. Es el partido que disponía de más recursos del Estado para hacer campaña, gracias a su mayor bancada en la Cámara de Diputados, y obtuvo buenos resultados en octubre. 

Pero esto tiene un precio: como cualquier fuerza que entra de lleno en el juego institucional, hay un efecto de normalización. De alguna manera, es atraída hacia las reglas, implícitas o explícitas, del juego electoral. En el caso brasileño, la regla implícita es que estos partidos deben comportarse como lo que Fernando Henrique Cardoso, cuando aún era solo un científico político hace 40 años, llamaba un “partido ómnibus”: partidos que no tienen una identidad homogénea, en los que se puede entrar y salir en cualquier momento, y que, por lo tanto, tienen secciones regionales y locales con características muy distintas entre sí. Esto da lugar a situaciones muy extrañas, pero que ocurrieron en estas elecciones, como alianzas locales entre el PL y el PT. Es algo poco común, pero sucedió en Brasil, lo que da una idea a los observadores extranjeros de la complejidad de la vida partidista brasileña. 

El PSDB fue reemplazado en parte por el PL, pero también, en parte, por el Partido Social Demócrata (PSD), dirigido por un político de trayectoria tradicional, Gilberto Kassab. En el estado de São Paulo, sobre todo en el interior, el PSD ha venido absorbiendo la antigua maquinaria del PSDB, que sigue siendo muy fuerte y cuenta con una estructura consolidada en un estado de la federación con gran poder político. Con ello, estamos presenciando una reconfiguración en el campo hacia la derecha del centro político. Por un lado, la extrema derecha ha conseguido un vehículo partidario y, por otro, se ha fortalecido un partido del llamado “centrão”, que es el término usado para lo que yo, en términos conceptuales, denomino el “Partido del Interior”, representado por el PSD, que no pertenece a la extrema derecha. El desafío para la derecha es determinar si habrá unidad entre el PSD y el PL. Tal como ocurrió en São Paulo, la derecha y la extrema derecha pueden presentarse separadas en la primera vuelta y unificarse en la segunda.

Ahora bien, ¿cuáles son las incógnitas por los momentos? Primero, si Bolsonaro va a insistir en ser candidato, aunque esté jurídicamente inhabilitado para competir. Hay varias señales de que sí, y en esto le sigue el ejemplo al expresidente Lula en 2018: aunque fue excluido de la contienda, dejó hasta el último momento el reconocimiento de que no podría postularse y solo entonces designó a Fernando Haddad como su sustituto. Esto crea muchas complicaciones para la candidatura, porque, por ejemplo, si Tarcísio quiere postularse a la presidencia de la República, deberá convertirse en un nombre de alcance nacional y, para ser reconocido, necesita moverse en el escenario político. Sin embargo, si Tarcísio se lanza abiertamente, confrontará a Bolsonaro y, con ello, entrará en contradicción con una de sus premisas fundamentales, que es acertada: separada, la derecha pierde; necesita unificarse. Esta es la ecuación que Tarcísio debe resolver. La otra gran incógnita es si Marçal, o algún candidato similar, podría replicar a nivel nacional lo que ocurrió en la ciudad de São Paulo. Es una pregunta difícil, porque Brasil no es São Paulo. Brasil es un país continental, gigantesco, muy heterogéneo, con características diversas según la región, la religión, la edad, el género, entre otros factores. Pero no es imposible, como lo han demostrado fenómenos políticos anteriores como Jânio Quadros, Fernando Collor y el propio Bolsonaro.

HF: ¿Cuál es la relación entre esta dinámica de las fuerzas políticas y la estructura de clases del país? 

AS: Primero, la base de la pirámide. Como mencioné antes, creo que el lulismo sigue en pie en este sector. Por ejemplo, una de las victorias más significativas en Brasil fue la de João Campos (PSB) en Recife, quien lideró la coalición que apoyó a Lula en 2022 y que contó con su respaldo nuevamente en 2024. Recife es una de las principales capitales del país desde el punto de vista político. Ya hablamos de la victoria específica del PT en Fortaleza, y también está el triunfo de Eduardo Paes (PSD) en Río de Janeiro, donde, con el apoyo de Lula, la coalición ganadora infligió una derrota importante a Bolsonaro en su cuna política y principal bastión. No es poca cosa. El bolsonarismo sigue siendo muy fuerte en el sur del país, donde ganó en las tres capitales, y tuvo una victoria significativa en el Centro-Oeste, además de un buen desempeño en algunas capitales del Nordeste. No obstante, tanto las elecciones como las encuestas muestran que la base de la pirámide sigue alineada con el lulismo por los momentos.

El segundo escalón corresponde a aquellos que, según los institutos de investigación, tienen ingresos familiares mensuales de entre 2 y 5 salarios mínimos. Aquí comienza a notarse una división clara. La candidatura de Pablo Marçal en São Paulo tuvo una presencia significativa en este sector. Sin embargo, su mayor apoyo provino de quienes tienen ingresos más altos. La extrema derecha crece en función de la renta. Lo mismo ocurrió con Bolsonaro. En este sentido, hay una oposición de clase al lulismo: cuanto mayor es el ingreso, más se oponen estos sectores intermedios a la base de la pirámide. Esta es la contraposición fundamental en juego desde el punto de vista social. Los que ganan entre 2 y 5 salarios mínimos son muy relevantes en términos numéricos, representando más del 30 por ciento del electorado brasileño, mientras que más del 40 por ciento se encuentra en la base de la pirámide. Estos dos segmentos son los que deciden la elección, ya que los de ingresos más altos no tienen el peso numérico suficiente para influir en el resultado. Pero este sector de 2 a 5 salarios mínimos está dividido. La extrema derecha tiene influencia en aquí, pero no ha logrado capturarlo por completo—sigue siendo un espacio en disputa. De hecho, diría que este es el sector que definirá la elección de 2026.

En tercer lugar, tenemos el segmento de los sectores intermedios, aquellos con ingresos familiares mensuales superiores a 5 salarios mínimos. Aquí también hay una división, que es triple: entre la extrema derecha, la derecha y una pequeña franja de clase media progresista. En São Paulo, la candidatura de izquierda de Guilherme Boulos tuvo dificultades en la base de la pirámide y mostró un crecimiento entre los sectores de mayor ingreso, de forma similar a la primera configuración del PT hasta 2002.

Finalmente, el cuarto escalón corresponde a las clases dominantes, que ni siquiera aparecen en las encuestas de opinión. No tienen importancia numérica, pero sí estructural en términos de clase. Creo que una parte de la clase dominante ya ha consolidado su apoyo a la extrema derecha, especialmente el sector vinculado al agronegocio. El PL, por ejemplo, tuvo un excelente desempeño en las ciudades con mayor facturación en el agronegocio. Esto también se aplica al empresariado del comercio y la construcción civil, sectores económicamente influyentes. La gran incógnita es qué hará la burguesía cosmopolita, ya que en 2022 se alió con la candidatura de Lula con muchas dificultades, como he analizado en otros trabajos.3. Este sector del empresariado más moderno decidió respaldar a Lula en la segunda vuelta de 2022 en un contexto de gran tensión e incertidumbre, que persiste hasta hoy. Los dos primeros años de su mandato han estado marcados por un debate central en el gobierno: la cuestión de la austeridad. Este sector de la burguesía exige un recorte del gasto público que sea compatible con lo que ellos consideran un equilibrio fiscal que garantice estabilidad para esta fracción del capital. Se trata de una coalición muy frágil y profundamente dividida, de modo que podría surgir una candidatura con características aparentemente de derecha—pero no de extrema derecha—que resulte atractiva para esta burguesía cosmopolita. Esta incógnita seguirá sin resolverse en los próximos dos años.

HF: Al abordar los fenómenos de Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil, usted presentó la idea de “autocracia con sesgo fascista”. ¿Podría explicar, en términos generales, este concepto y cómo debemos entenderlo ahora a la luz de los nuevos acontecimientos: la elección de un Trump aún más radicalizado y, en el caso de Brasil, tanto el fenómeno de Marçal como los impactos de la inelegibilidad y los procesos judiciales contra Bolsonaro?

AS: Desde el punto de vista empírico, lo que se pudo comprobar durante el gobierno de Bolsonaro es una tendencia hacia un régimen autocrático. No tengo elementos empíricos para afirmar que avanzaba hacia un régimen de tipo fascista, pero sí autocrático, en un sentido específico, ya que estaba orientado hacia su propio fortalecimiento. Entiendo “autocrático” en un sentido muy particular: un tipo de régimen centrado en la figura del líder. Esto lo diferencia, por ejemplo, del régimen militar tecno-burocrático de 1964, que no tenía un liderazgo destacado y se organizaba en torno a un aparato institucional. El sesgo fascista radica en haber activado, o intentado activar, el inconsciente de las masas. Y digo “masas” deliberadamente, porque la idea de activación del inconsciente proviene del análisis que hizo la Escuela de Frankfurt del fascismo histórico, y este inconsciente atraviesa las clases sociales. Por supuesto, puede seguir existiendo una base de clase, pero no se restringe a ella, porque se comunica directamente con el inconsciente. En este tipo de comunicación que activa el inconsciente, el individuo que la recibe no es consciente de ello; es un tipo de comunicación que no es racional. Es por esto que surge lo que Adorno llama un “sistema delirante”. Por ejemplo, en 2021, las redes bolsonaristas comenzaron a difundir que la mayoría de los ministros del Supremo Tribunal Federal (STF) estaban recibiendo dinero de China para viabilizar la rehabilitación jurídica del expresidente Lula y, con ello, esclavizar al pueblo brasileño a China. Esto no se presentó como una metáfora, sino como un hecho. Y ese “hecho” es completamente delirante: coloca a quienes creen en él en una esfera inaccesible para aquellos que intentan dialogar de manera lógica. 

Es la misma esfera en la que se encuentran las personas que creen que la Tierra es plana. Pero no sirve de nada debatir, porque quienes creen en ello no lo hacen por razones conscientes, racionales o lógicas. Creen porque este tipo de discurso es el reflejo de una activación inconsciente. Esto no existía en la política brasileña antes de la llegada de Bolsonaro. Es una novedad que caracteriza el sesgo fascista.

Sigo la política de Estados Unidos desde la distancia, por lo que puedo estar equivocado, pero mi impresión es que la victoria de Trump en noviembre pasado se dio en un contexto de agudización de este sesgo fascista. Mi análisis está centrado en Brasil, pero, ya que se ha hecho la pregunta, me arriesgo a dar una opinión sobre Estados Unidos. ¿Por qué hablo de una intensificación del sesgo fascista? Porque, por ejemplo, al prometer la deportación de millones de personas, Trump está participando activamente de este sistema delirante. Recordemos la fábula que circuló en las redes de que los inmigrantes estaban devorando mascotas en el interior de Estados Unidos: eso es parte de un sistema delirante, ¿verdad? Así que, dado que estamos frente a este tipo de fenómeno—diferente de lo que tradicionalmente aprendimos en el análisis político—, es difícil prever qué hará Trump cuando asuma el cargo. Sin embargo, a juzgar por el tono de su campaña, estamos ante una profundización de este sesgo fascista.

En el caso de Brasil, entiendo que este rasgo fue plenamente adoptado en la campaña de Pablo Marçal en la elección de São Paulo. Fue una candidatura de extrema agresividad. No una agresividad lógica, sino una diseñada para impactar el inconsciente, al punto de que este candidato lanzó insultos y provocaciones a los demás contendientes en tal medida que, durante un debate público—para conocimiento de los lectores extranjeros—, recibió un golpe con una silla de otro candidato. Marçal llevó esta violencia incluso a otro debate posterior, en el que uno de sus asesores golpeó al publicista de la campaña de otro candidato. Estos episodios, que podrían parecer meras anécdotas, en mi opinión, forman parte de un tipo de comunicación que es mucho más efectiva que las simples palabras. Son actos de gran violencia que activan el inconsciente de las masas. Por eso, el fenómeno Marçal es muy significativo: evidencia la existencia de un espacio social para este tipo de política, que defino como de sesgo fascista.

HF: El libro publicado en septiembre pasado, O Segundo Círculo, busca situar a Brasil en el mundo. ¿Cómo se posiciona el país hoy en comparación con el período de inicios de los años 2000? ¿Cómo pensar a Brasil en este nuevo escenario de una posible bipolarización entre China y Estados Unidos?

AS: Como país periférico, Brasil sufre hechos que emanan del centro del sistema, pero, al mismo tiempo, los procesa de acuerdo con su propia estructura de clases. Como mostró el profesor Fernando Rugitsky en su libro “O Brasil no Inferno Global», en este momento, Brasil tiende a ocupar la posición de proveedor de materias primas, más o menos procesadas, para su uso industrial en Asia. Hablando en términos metafóricos, Brasil está volviendo a ser el granero del mundo, o al menos de una parte del mundo. 

Mientras tanto, el tercer vértice de este triángulo—Estados Unidos y Europa—sigue controlando el sistema global mediante mecanismos financieros. Lo que no sabemos es si la bipolarización entre Estados Unidos y China, que fue el tema central de “O Segundo Círculo», generará inversiones industriales chinas o del bloque Estados Unidos.-Europa en Brasil. Hasta ahora, ha habido algunas inversiones industriales chinas en el país, como la planta de BYD en Camaçari. No estoy seguro de si estos proyectos tienen la escala suficiente para señalar un cambio estructural o una reversión de la tendencia predominante, que es la desindustrialización. Del mismo modo, no tengo conocimiento de una transferencia significativa de tecnología avanzada, lo cual sería fundamental para considerar la posibilidad de revertir esta tendencia. La misma pregunta se plantea con respecto al bloque liderado por Estados Unidos en oposición a China, porque Brasil, siendo un actor relevante en el escenario internacional, podría beneficiarse de esta división negociando concesiones con ambos lados para avanzar en lo que ha sido un proyecto histórico de una parte de la sociedad brasileña: salir definitivamente del llamado “atraso”.

En comparación con los inicios de los años 2000, cuando Lula ganó su primera elección presidencial, la gran novedad es que Brasil está mucho más desindustrializado y reprimarizado. Esto explica, en parte, que la confederación bolsonarista haya sido derrotada en 2022 por menos de un 1 por ciento de los votos, a pesar de la catástrofe humanitaria que representó la gestión de Bolsonaro frente a la pandemia de Covid-19. También hay una transformación estructural hacia una economía más orientada a los servicios en detrimento de la industria, algo que está directamente relacionado con la confederación bolsonarista, que agrupa fracciones de la clase dominante vinculadas al agronegocio y al sector servicios. Por lo tanto, hoy, la situación desde el punto de vista de un proyecto de desarrollo es mucho más difícil que hace 20 años.

Desde la perspectiva de la redistribución del ingreso, el impacto también ha sido negativo, porque, debido a la precarización del trabajo, las perspectivas de mejores empleos, mejores salarios e incluso de una prosperidad en un entorno de justicia social para los emprendedores—dado que el emprendimiento es hoy un fenómeno relevante dentro de la clase trabajadora—se han vuelto cada vez más remotas. Lo que ha crecido en Brasil es el trabajo precarizado, una explotación más agresiva de la mano de obra y la creciente ocupación de espacios por parte del crimen organizado. El desafío de cómo articular un nuevo programa frente a esta coyuntura actual es, diría yo, una de las cuestiones más angustiosas de este momento.

HF: En el primer capítulo del libro usted defiende el uso de la palabra “interregno” para pensar la crisis global. ¿Podría comentar cuál es el aporte analítico de emplear este concepto?

AS: La propuesta del artículo es que pensemos el interregno, en términos de Gramsci, como un período de lucha entre fuerzas que aún no tienen hegemonía, pero que buscan alcanzarla. Por lo tanto, se trata de un enfoque propiamente político, que considera el interregno como un periodo de disputa entre estas fuerzas. Intentamos interpretar el fenómeno de Biden como un nuevo americanismo, es decir, como el intento de organizar una nueva dirección política. Creo que este planteamiento no pierde validez con la derrota electoral, porque, de hecho, en la primera mitad de su gobierno, Biden incorporó algunas de las banderas de la izquierda del Partido Demócrata, a pesar de no haber pertenecido nunca a ese campo. En un escenario de disputa por una nueva dirección, Biden articuló un programa que consideramos una posible propuesta de nuevo americanismo. El problema es que esta dirección perdió la elección. Ahora estamos en un momento distinto, en el que es necesario comprender por qué perdió, por qué esta estrategia no logró consolidarse. Lo cierto es que, en la lucha interna, fue derrotada por otra corriente, el trumpismo, que ahora presentará una contra-dirección para intentar resolver los problemas que la anterior no pudo abordar. 

Por ejemplo, hay un conjunto de análisis que señalan la difícil condición de vida del ciudadano medio estadounidense, sin mencionar a los sectores situados en la base de la pirámide en Estados Unidos, que es distinta de la brasileña. ¿Cómo abordará Trump este escenario? Si seguimos la idea del interregno, entendemos que esta nueva fuerza política busca ofrecer otra dirección. También podríamos pensar en términos globales: ¿qué dirección ofrece China? Estamos hablando de un proceso de liderazgo que se proyecta simultáneamente hacia el interior de los países y hacia el exterior, lo cual fue precisamente lo que Biden intentó articular, aunque de manera contradictoria, con una política social progresista hacia el interior y una postura beligerante hacia el exterior. Sería pertinente analizar también qué está proponiendo China para el Sur Global y, al mismo tiempo, para su propia economía. La cuestión central es cómo se articula todo esto desde el punto de vista de las fuerzas que compiten por la hegemonía mundial. Creo que la utilidad de la idea de interregno radica en su enfoque en las líneas de conflicto entre fuerzas políticas que compiten en un periodo en el que no hay una hegemonía claramente definida.

HF: En ese mismo libro aparece la idea de paralelismo entre Brasil y Estados Unidos, un mimetismo reciente entre ambos países. Tocamos un poco este tema a través del concepto de autocracias de sesgo fascista, es decir, el paralelismo entre Trump y Bolsonaro. ¿Podría presentar, en términos generales, los principales aspectos de este paralelismo y su implicación para comprender el lugar de Brasil en el mundo?

AS: Lo que nos llevó a la idea de mimetismo fue la constatación de que, desde 2016, la política brasileña comenzó a parecerse a la política estadounidense. Fundamentalmente, porque el expresidente Jair Bolsonaro, a partir de cierto momento, comenzó a copiar literalmente todas las acciones de Trump, en algunos casos hasta en los detalles. El punto culminante de este proceso de imitación fue el levantamiento del 8 de enero de 2023, cuando una multitud brasileña invadió y destrozó las sedes de los tres poderes en Brasilia, imitando lo que ocurrió el 6 de enero de 2021 con la invasión del Capitolio en Estados Unidos. Fue una especie de performance imitativa con consecuencias extraordinarias, ya que muchas de esas personas siguen en prisión hasta hoy, pagando un precio altísimo por participar en este sistema delirante. Ese episodio fue el clímax de un largo proceso de copia. 

A partir de ahí, nuestra investigación nos llevó por caminos diversos. Por ejemplo, el filósofo Roberto Mangabeira Unger sostiene que no hay país en el mundo más parecido a Estados Unidos que Brasil, dado el grado de aislamiento de ambos países, sus dimensiones continentales, su mirada predominantemente hacia dentro y su relativo aislamiento del resto del mundo. Es importante recordar que Brasil tiene una tradición histórica de dar la espalda a América Latina y mirar primero hacia Europa y luego hacia Estados Unidos. También es un hecho que Brasil ha copiado históricamente fórmulas norteamericanas, como la adopción del presidencialismo, aunque esto también es común en otros países de América Latina. Finalmente, hay un elemento más actual y que es el núcleo de la discusión: ambos países han experimentado un proceso de desindustrialización paralela.

Por supuesto, Estados Unidos es el centro del sistema y Brasil es un país periférico, por lo que sus dinámicas son diferentes. Sin embargo, curiosamente, ambos han atravesado un proceso de desindustrialización y, como consecuencia, han visto el fortalecimiento relativo del agronegocio en su estructura política. A partir de esto, surge una pregunta clave: ¿qué significa que las regiones interiores de ambos países se vuelvan hacia la extrema derecha? Este es un elemento estructural que puede ayudar a comprender lo que llamamos este extraño mimetismo, porque, a pesar de las similitudes, Brasil y Estados Unidos son países muy distintos. Uno es central y el otro es periférico, tienen formaciones sociales diferentes y tradiciones políticas divergentes. Un ejemplo de ello es que Estados Unidos tiene un sistema históricamente bipartidista, mientras que Brasil presenta un multipartidismo extremo con una fragmentación partidaria sin comparación. Entonces, ¿qué explica estas extrañas similitudes que hemos estado viendo? Creo que un factor clave es la desindustrialización. Esta discusión también nos lleva a formular hipótesis sobre hasta qué punto la victoria de Trump en Estados Unidos podría influir en Brasil. Estos canales de comunicación entre ambos países no existían antes, pero ahora deben ser observados con mucha más atención.

HF: Frente a este escenario, ¿cómo podemos reflexionar sobre la izquierda y el futuro de la izquierda en Brasil?

AS: En términos coyunturales, veo tres grandes desafíos. El primero es prestar mucha atención al impacto de los recortes presupuestarios en programas que garantizan ingresos y beneficios para la base de la pirámide, ya que esto podría tener un efecto fatal para el lulismo, que se sostiene fundamentalmente en este sector. Posibles recortes en el salario mínimo, en el Beneficio de Prestación Continuada o en el abono salarial, que van dirigidos directamente a la base de la pirámide, deben ser observados con el máximo cuidado desde una perspectiva política. 

El segundo desafío es responder a la percepción, compartida tanto en Estados Unidos como en Brasil, de que el aumento del costo de vida está afectando no solo a la base de la pirámide, sino también al segmento inmediatamente superior, es decir, aquellos que tienen ingresos familiares de entre 2 y 5 salarios mínimos mensuales. Este impacto es tan fuerte que incluso los indicadores agregados de la economía parecen irrelevantes para la población. Hay crecimiento económico, disminución del desempleo y aumento de la masa salarial, pero cuando se realizan encuestas, el pesimismo sobre la economía sigue creciendo. Esto sugiere que, para el ciudadano común, la vida sigue siendo muy difícil. Esta percepción puede estar relacionada con la ola de inflación en el costo de vida a nivel mundial, derivada de la disrupción de las cadenas productivas por la pandemia de covid-19 y, posteriormente, por las guerras. Los precios del petróleo y la energía impactan toda la estructura de precios y, en particular, el costo de vida. Por lo tanto, el segundo desafío es diseñar políticas de defensa de la economía popular para evitar que los efectos de la economía global sigan golpeando a los sectores de menor ingreso. 

El tercero, y más difícil, es formular un programa capaz de disputar el voto de quienes tienen ingresos de entre 2 y 5 salarios mínimos mensuales. No son la base de la pirámide, pero son trabajadores altamente precarizados. Por ejemplo, un repartidor de aplicación que trabaja en motocicleta en São Paulo no se encuentra en la base de la pirámide. Puede parecer contraintuitivo, pero en el caso brasileño, pertenece al sector intermedio, no al de los más pobres. ¿Cuál es el proyecto que puede disputar a este electorado que mostró una fuerte inclinación a apoyar a Marçal en São Paulo? Tiene que ser un proyecto de desarrollo nacional. No puede ser otra cosa que un proyecto de desarrollo. Pero, ¿cómo pensar un proyecto de desarrollo en un contexto global tan adverso como el que describí antes? Para terminar con una ironía, diría que es algo que hay que hacer ya. Pero, ¿cómo hacerlo? No lo sé.

Esta entrevista fue traducida del portugués al español por Aminta Zea.

Notas a pie de página
  1. Singer, A. Os sentidos do Lulismo: reforma gradual e pacto conservador. São Paulo: Companhia das Letras, 2012.

    ↩
  2. El PSDB fue fundado en 1988 luego del fin de la dictadura. En 1994, el partido apoyó la candidatura presidencial de su cofundador, Fernando Henrique Cardoso, que llegó a ser el primer presidente de Brasil elegido por un segundo término de cuatro años. Desde 2016, el partido ha perdido su importancia en la escena nacional

    ↩
  3. Singer, A. Lula’s return. New Left Review, v. 1, p. 5-32, 2023

    ↩
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