24 de octubre de 2026

Análisis

Los empleos que los brasileños merecen

Entre desarrollo y desmonte, el significado de “prosperidad” está en disputa en las urnas

Este artículo se publicó originalmente en Nexo Jornal el 22 de octubre de 2026.

Según la mayoría de los indicadores, la economía brasileña va muy bien. El crecimiento desde 2023 se ha situado en torno al 3 por ciento anual. La inflación acumulada en 12 meses ha bajado del 12,1 por ciento en abril de 2021 al 4,6 por ciento en septiembre de 2026. Y el desempleo se encuentra en su nivel más bajo jamás registrado (5,3 por ciento). Entonces, ¿por qué tantos brasileños siguen diciendo que sus sueldos no les dan para llegar a fin de mes? Aunque en esta campaña electoral se ha hecho hincapié en el elevado nivel de precios en los supermercados—que es sobre todo una herencia del Gobierno de Jair Bolsonaro—, la evolución de los sueldos y la calidad de los empleos creados también merecen atención.

Los datos del mercado laboral revelan que nueve de cada diez nuevos puestos de trabajo creados pagan entre uno y dos salarios mínimos. Se trata de empleos con baja remuneración y alta rotación. Mientras tanto, la proporción de empleos que pagan más de dos salarios mínimos ha caído del 34,8 por ciento en 2019 al 30,3 por ciento en 2025. Una de las consecuencias de esto es el avance de la ‘uberización’ del trabajo. Tal y como informó recientemente el Financial Times, el número de personas cuya ocupación principal depende de plataformas digitales en Brasil ha crecido más de un tercio desde 2022.

Estas cifras contrastan con cambios importantes en las características de la población activa. El número de trabajadores con título universitario casi se duplicó entre 2012 y 2024, gracias a la expansión de programas como el Fondo de Financiación Estudiantil (FIES) y el Programa Universidad para Todos (PROUNI), así como a la propia ampliación de las universidades federales. Sin embargo, dado que los puestos de trabajo creados no exigen ese nivel de cualificación, la proporción de brasileños que trabajan en puestos por debajo de su nivel de estudios pasó de alrededor del 25 por ciento a casi el 40 por ciento en el mismo periodo. En otras palabras, la economía brasileña no ha generado oportunidades suficientes para absorber el creciente número de trabajadores cualificados, un problema al que, en las últimas décadas, también se han enfrentado los países ricos.

En este contexto, los representantes de la extrema derecha han ido ganando terreno al ensalzar el espíritu emprendedor y el trabajo por cuenta propia, presentando el esfuerzo individual y la reducción de la intervención estatal como la receta para el éxito. Esta es la base de la propuesta de creación de un Ministerio de la Prosperidad, anunciada recientemente por el candidato a la presidencia Flávio Bolsonaro. En un mitin celebrado hace dos semanas, Bolsonaro prometió ‘proporcionar a las personas los conocimientos que necesitan para abrir sus propios negocios y formalizarlos. Vamos a reducir los impuestos, ofrecer financiación barata y traer prosperidad a Brasil’.

El guion es conocido. Desde finales de la década de 1980, el economista peruano Hernando de Soto sostiene que los países en desarrollo disponen de un vasto potencial emprendedor, cuya realización dependería sobre todo de la garantía de los derechos de propiedad y de la reducción de la burocracia.

Una lógica similar ha guiado la expansión del sector de las microfinanzas, basada en la idea de que la falta de acceso al crédito y a los servicios financieros sería uno de los principales obstáculos para superar la pobreza. Pero ambos enfoques plantean problemas importantes.

Para empezar, trabajar por cuenta propia, ya sea por necesidad o para complementar los ingresos es muy diferente a fundar una start-up. Antoinette Schoar, economista del MIT, distingue dos perfiles: los emprendedores de subsistencia, que abren un negocio ante la escasez de alternativas laborales, y los emprendedores transformacionales, que crean empresas capaces de crecer y generar nuevos puestos de trabajo. Esto no significa, por supuesto, que a los emprendedores de subsistencia les falte creatividad, dedicación, visión o resiliencia: cualquiera que haya conocido a trabajadores ambulantes en Brasil puede dar fe de ello. Pero la verdad es que muy pocos pasan del primer grupo al segundo. En Brasil, alrededor de tres cuartas partes de los trabajadores por cuenta propia ni siquiera tenían CNPJ (el registro nacional de entidades legales) en 2023.

El obstáculo no es meramente administrativo, sino estructural. Cuando una parte tan grande de la población depende del trabajo por cuenta propia, las posibilidades de crecimiento de estos negocios son limitadas. Más concretamente, actividades como los restaurantes, los salones de belleza y los servicios de transporte pueden ofrecer buenos salarios y empleos estables. Para ello, sin embargo, deben dejar de funcionar como alternativas de último recurso para quienes no encuentran otras oportunidades laborales. Esto depende del dinamismo de otros sectores de la economía, capaces de absorber una mayor parte de la población activa. El esfuerzo individual, por sí solo, no basta. Como argumentó la economista especializada en desarrollo Alice Amsden, la creación de buenos empleos depende más de la demanda de mano de obra cualificada que de la oferta. Esta fragilidad estructural de la economía brasileña exige que el Estado genere demanda de competencias más sofisticadas mediante una política industrial cuidadosamente elaborada y a largo plazo.

Durante el tercer mandato de Lula, Brasil avanzó significativamente en el fomento de la diversificación productiva. Desde 2023, el país retomó la política industrial, sobre todo a través del programa ‘Nova Indústria Brasil’. El plan ha movilizado más de 862 mil millones de reales en financiación para el periodo de 2023 a 2026, principalmente a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) y de la Financiadora de Estudios y Proyectos (Finep), con recursos destinados a sectores que van desde los biofarmacéuticos hasta los minerales críticos y la inteligencia artificial. Sin embargo, se necesitan más esfuerzos—y tiempo—para fomentar nuevas empresas productivas capaces de generar empleos cualificados y bien remunerados.

Además, es necesario crear las condiciones para que los brasileños puedan innovar. Esto no se consigue con recortes fiscales, sino con incentivos para que los investigadores transformen sus conocimientos en productos comercializables y amplíen su escala a través de nuevas empresas. Para ello, se necesitan instituciones que faciliten la transferencia de conocimientos de las universidades a las empresas, incubadoras de proyectos estratégicos, tanto públicas como privadas, y mecanismos de financiación que estimulen la asunción de riesgos y ofrezcan capital paciente.

Brasil cuenta con talento humano e ideas prometedoras, pero su aprovechamiento depende de una estructura productiva e institucional capaz de transformarlas en innovación y crecimiento. También exige que la soberanía nacional ocupe un lugar central en las estrategias de desarrollo energético, tecnológico e industrial. Por ello, los esfuerzos de diversificación productiva deben tener continuidad, ganar escala y estar mucho mejor coordinados entre las instituciones públicas.

Esto requiere una financiación sostenida, una mayor articulación institucional y una coordinación más firme de la Presidencia de la República sobre los ministerios sectoriales—como en Malasia— además de la actualización constante de las políticas industriales ante el avance de la frontera tecnológica—como en China—, el fortalecimiento de las instituciones de transferencia de tecnología—como en Taiwán—e incentivos más eficaces para que las empresas y los inversores asuman riesgos e innoven.

No hay duda de que Brasil tiene las condiciones necesarias para construir un futuro más próspero. Pero solo una estrategia de desarrollo bien elaborada, capaz de liberar el potencial emprendedor y el poder creativo de los brasileños, puede generar esa prosperidad. Si el país sigue el camino de la privatización de empresas estratégicas, del desmantelamiento de la burocracia estatal y de la apertura indiscriminada del acceso a minerales críticos y tierras raras a Estados Unidos, perderá el potencial de generar empleos de calidad y las oportunidades que los brasileños merecen.

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