28 de febrero de 2025

Análisis

Comienza la era del metal en Europa

En febrero Trump inició conversaciones formales con Rusia (sin el consentimiento de Kiev) para resolver la guerra en Ucrania, en gran medida según los términos de Putin. Además, el viernes 28, al hablar con Zelensky en la Oficina Oval, Trump y su vicepresidente JD Vance actuaron como señores imperiales regañando a su neófito vasallo. En Europa, la supuestamente impensable salida de Estados Unidos se ha convertido en una posibilidad palpable. La pregunta del momento es sin duda: ¿podrá sobrevivir la Unión Europea sin la alianza militar transatlántica que se creó hace setenta y cinco años para, en palabras de su Secretario General fundador, “mantener a los alemanes abajo, a los rusos afuera y a los estadounidenses adentro”?

El colapso del atlanticismo como ideología dominante de las élites europeas fue súbito. El futuro canciller de Alemania, Friedrich Merz, comprometido atlanticista (que trabajó en Blackrock y en bufetes de abogados corporativos para promover la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión entre la UE y los EE. UU.) inicialmente estaba dispuesto a apaciguar a los EE. UU. después de la victoria de Trump en noviembre, con su ofrecimiento de comprar más GNL y armas estadounidenses, pero el discurso de JD Vance en Munich este mes marcó un parteaguas. Merz lo calificó como acto de interferencia electoral “no menos drástico, dramático y, en última instancia, no menos descarado que la intervención que hemos visto desde Moscú”. Tras la persuasiva victoria de la CDU el lunes en las urnas, Merz caracterizó a Estados Unidos como enemigo del proyecto europeo. Instó a la Unión a fortalecer sus propias capacidades de defensa, advirtiendo que en Europa son “cinco minutos para la medianoche”.

En este momento Europa está total y conscientemente restringida en materia de seguridad. Dicha realidad choca contra otras dos restricciones fundamentales. Sus límites fiscales autoimpuestos son infames (en esta publicación hemos argumentado que dejan al continente más pobre, más débil y a su economía menos verde) y sus limitaciones energéticas salieron a la luz como destellos con la invasión rusa de Ucrania, cuando los precios de la gasolina se dispararon y la alza se extendió por toda la economía. Lo anterior ha desencadenado reverberaciones políticas en el continente: las olas de extrema derecha que azotan a sus elecciones son un intenso recordatorio de aquellas vulnerabilidades elementales que merman las posibilidades de una vía ecológica para la salida del estancamiento del continente. No en vano en abril del año pasado Emmanuel Macron declaró que «Europa es mortal: puede morir». El Pacto Verde ya no existe, Europa ha inaugurado su era del metal.

Las élites europeas ahora están convencidas de que la mejor apuesta para el futuro de Europa es superar sus ataduras fiscales autoimpuestas y pedir prestado para invertir en los andamiajes del poder en el siglo XXI: la defensa, la energía limpia y la tecnología. El obstáculo en su camino es la estructura única de la UE, que delega la política económica a Bruselas y la seguridad a los Estados-nación individuales. Para hacer realidad la visión de autonomía propuesta por este consenso de élite emergente, será necesario responder a interrogantes sobre la fabricación versus la compra de bienes verdes y militares, superar los problemas de angostura que presenta la constitución fiscal de Europa y, si se quiere promover la agenda de paz del proyecto europeo, una política completamente nueva a nivel nacional, continental e internacional.

Realidades de la guerra Rusia-Ucrania

Han transcurrido tres años brutales de guerra de desgaste en Ucrania desde la invasión a gran escala de Rusia en 2022. Cientos de miles han muerto o sufrido heridas; millones de personas ucranianas y casi 800.000 personas rusas se han convertido en refugiadas. A pesar de las cuantiosas ofensivas y contraofensivas del último año, que prolongaron la guerra con un costo humano terrible, los beneficios territoriales para ambas partes son pocos y las realidades fundamentales no han cambiado. Rusia no retirará a su ejército del 20 por ciento del territorio de Ucrania que ahora ocupa, Ucrania no abandonará su deseo de integrar su economía y sociedad con Occidente y Putin no aceptará ningún acuerdo que permita la integración de Ucrania en la OTAN; además exige estrictos límites cuantitativos y cualitativos para el futuro ejército de Ucrania (como en su Conversaciones de Estambul de 2022).

Rusia ha anexionado ilegalmente cinco regiones de Ucrania. Crimea en 2024; Donetsk, Kherson, Luganks y Zaporizhzhia en 2022. (Fuente: ISW).

En materia económica, Estados Unidos y Europa no han podido debilitar la capacidad bélica de Rusia con sanciones. Rusia, ridiculizada por comentaristas occidentales como una “gasolinera con ejército”, demostró ser mucho más fuerte de lo que Occidente anticipaba. El deseo de grandes países en desarrollo y China de continuar relaciones comerciales con Rusia, abastecida de armas, hidrocarburos, alimentos fertilizantes y una política fiscal expansiva, ha significado que la economía de Rusia creció más rápido que la de los países del G7 en 2023 y en 2024, según el informe del FMI. Como el experto en sanciones Nicolas Mulder resumió astutamente hace dos años, “la limitada eficacia de las sanciones se debe a la respuesta de Rusia en sus políticas internas, a su tamaño, su posición comercial y la importancia de los países no alineados en la economía mundial”.

Rusia obtuvo 242 mil millones de euros en ganancias de las exportaciones globales de petróleo y gas en el tercer año de su guerra, y los ingresos totales “ahora se acercan cada vez más a la cifra del billón” (Fuente: CREA)

La garantía de seguridad de Occidente

En la reciente reunión del Consejo de Seguridad de la ONU Washington votó con Moscú y Beijing a favor de una resolución para poner fin a la guerra, pero no mencionó la agresión rusa ni la integridad territorial de Ucrania. ¿Habrá un acuerdo de neutralidad a cambio de la Ucrania ocupada? Esa opción exige una férrea garantía de defensa occidental en caso de otro ataque ruso a Ucrania. Es aquí donde comienzan las decisiones difíciles (para los gobiernos ucranianos, europeos y estadounidenses).

Para Ucrania, con varias ciudades del este destruidas y la moral de su pueblo abatida, ya no es posible la victoria militar mediante la expulsión de las tropas rusas. Lo que se producirá en su lugar es un acuerdo negociado para garantizar que Ucrania conserve el 80 por ciento restante de su territorio y buscar el paquete con las mayores garantías occidentales de seguridad y reconstrucción económica. De hecho, Zelensky ha aceptado el principio de la fórmula “paz por territorio”, pero sólo si Ucrania cuenta con la protección de la OTAN.

La administración de Trump les ha impuesto límites firmes a sus aliados europeos de la OTAN. En primer lugar, las tropas estadounidenses no formarán parte de futuras misiones para mantener la paz en Ucrania. En segundo lugar, el artículo 5 de protecciones de defensa mutua de la OTAN no se aplicará a ninguna fuerza europea que enviada a la Ucrania de posguerra. En tercer lugar, Ucrania no debería esperar convertirse en miembro de la OTAN. En cuarto lugar, Ucrania debe intercambiar paz por territorio y renunciar al reclamo sobre su territorio ocupado por Rusia.Todo esto plantea preguntas incómodas para la política interna en Europa. ¿Quién se encargará exactamente del mantenimiento de la paz en Ucrania ahora que Estados Unidos ha retirado el apoyo militar? ¿Quién pagará para reconstruir Ucrania y cómo lo hará? ¿Será necesario romper las reglas fiscales que limitan el gasto europeo para financiar la defensa? ¿Optará la UE por impuestos más altos y la reducción del Estado bienestarista para pagar la factura?

A puertas cerradas, en la reunión de emergencia de febrero en París, Estados Unidos envió estas preguntas directas para los gobiernos europeos. (Fuente: Reuters)

El discurso exagerado de los líderes del continente en la Conferencia de Seguridad de Múnich sobre el gran ejército europeo y «autonomía estratégica” de Estados Unidos ha dado paso a un reconocimiento sobrio de las limitaciones de Europa. La brecha entre palabras y hechos se ha hecho cada vez más evidente al paso de los últimos tres años, a medida que los países europeos de la OTAN envían municiones y dinero, pero no tropas; y al nunca arriesgarse a medidas intensificadas como zonas de exclusión aérea. Ahora que se vislumbra el fin de la guerra, el apoyo militar europeo en forma de grandes fuerzas en pro de la paz también es poco probable ante la declaración de Macron a principios de febrero, en la que se refirió a la idea como “insensata” y agregó que “tenemos que tomar medidas apropiadas, realistas, bien pensadas, proporcionadas y negociadas”. El primer ministro polaco, Donald Tusk, líder del ejército más grande de Europa y el mayor respaldo militar de Ucrania después del Reino Unido y Estados Unidos, declaró de forma inequívoca que “Polonia no enviará tropas a Ucrania”. Hasta ahora sólo el primer ministro británico, Keir Starmer, ha expresado voluntad de enviar tropas, un compromiso que, los jefes militares británicos dicen, no se puede cumplir.

¿Europa soberana?

Ahora que la seguridad europea quedará en manos de Europa, ¿cómo cambiarán su políticas? Ante la perspectiva de un aumento del gasto militar, en algunos sectores se está sintiendo ansiedad por la posibilidad de reducción del gasto social. ¿Resultará en un keynesianismo militar para las empresas y el Estado? ¿En austeridad para el pueblo? Al mismo tiempo, dado que los ejércitos son una gran fuente colectiva de emisiones globales, cualquier aumento en el gasto en defensa probablemente enfrentará resistencia por motivos climáticos. Mientras tanto, las voces conservadoras argumentan abiertamente por el lado benéfico de la ecuación.

Puede que ambas posibilidades no tengan que excluirse mutuamente. En un informe del Instituto Kiel para la Economía Mundial se argumentó en febrero en contra del dilema ampliamente asumido de “armas o mantequilla”, enfatizando que “el aumento de dinero, mano de obra y materias primas canalizadas para usos militares tradicionalmente no ha sucedido enteramente a expensas del consumo privado”. El argumento clásico a favor del keynesianismo militar es que el dinero invertido en industrias nacionales necesarias con demanda estable producirá efectos positivos indirectos: una cadena de estímulo de crecimiento de la productividad, empleos y mayores ingresos fiscales, que a su vez se canalizan hacia el gasto social. Entre 1950 y 1970, por ejemplo, los países europeos invirtieron el 5 por ciento del PIB en defensa de forma constante mientras aumentaban continuamente su gasto social.

Sin embargo, como han argumentado equipos de investigación del Instituto Delors francés, para lo anterior es necesaria la inversión adecuada en defensa: no sólo el aumento de la producción y el gasto, sino “gastar mejor” y “gastar juntos”.  En 2020, sólo el 11 por ciento de la suma de los presupuestos de defensa nacionales dentro de la UE se asignaron a proyectos conjuntos, muy por debajo del objetivo del 35 por ciento de la UE para fomentar el gasto coordinado. Los últimos datos oficiales europeos muestran que, en 2023, más del 80 por ciento de la financiación se destinó a adquisiciones, principalmente de productos disponibles en el mercado de empresas no europeas, lo que limita los tipos de externalidades positivas identificadas en el informe de Kiel.

El consenso emergente busca una vía de escape al estancamiento y la fragmentación, y vislumbra la soberanía con un nuevo potencial de crecimiento, en la solución militar keynesiana al dilema de armas o mantequilla.

Sin embargo, las condiciones de posibilidad para la soberanía europea residen en la defensa junto a la energía. Debido a ello la soberanía europea ha estado extremadamente restringida en la era de los hidrocarburos. Al carecer de suficiente petróleo y gas para su consumo energético, durante setenta y cinco años el continente ha vivido bajo la presión de los tres centros de poder de los hidrocarburos: Estados Unidos, Rusia y los Reinos del Golfo. Al interrumpir el flujo de energía (mediante el embargo de petróleo estadounidense en 1956, embargo de petróleo árabe en 1973 y embargo de gas ruso en 2022) dichas potencias han perjudicado a la ciudadanía y a las tesorerías europeas, forzando cambios en la política exterior y los acuerdos de seguridad europeos. Europa ha quedado atrapada en diversas relaciones de dependencia y vulnerabilidad con estas tres potencias energéticas.

Hoy eso significa que para liberarse del chantaje autoritario, sea el de Putin o el de Trump, Europa debe volverse verde. A pesar de toda la retórica del Pacto Verde Europeo como transformador, a la hora de abordar la energía, el crecimiento, el bienestar social y la naturaleza, no se ha traducido ni en política industrial ni en política exterior. Incluso en 2024, la UE gastó más en petróleo y gas rusos (22.000 millones de euros) que en el apoyo financiero a Ucrania (19.000 millones de euros). Apaciguar a Trump comprando más GNL marítimo y afianzando más infraestructura de combustibles fósiles sólo empeorará el problema. La inversión en energía verde es el único camino hacia la independencia y la autonomía estratégica.

Una nueva política de crecimiento

La lógica latente del consenso emergente de las élites es apostar (donde las iniciativas como el Pacto Verde fracasaron) por un nuevo modelo de crecimiento europeo, esta vez basado en el rearmamento. Si los gobiernos europeos sinceramente adoptan los objetivos combinados de defensa e industria verde, habrá que afrontar una serie de tensiones y dilemas estructurales. 

Tanto la transición energética como la defensa requieren una política industrial. En cada una, el éxito radica en elegir exactamente qué fabricar y qué comprar. Los países europeos están comprando cazas Lockheed Martin F-35A Lightning II, helicópteros Apache AH-64, sistemas de defensa aérea Patriot y tanques Abrams, pero también están comprando una variedad de kits de defensa local para el rearmamento del continente. Polonia, el único país europeo de la OTAN que ya gasta el 5 por ciento del PIB en defensa, ha emitido órdenes de compra de Eurofighter Typhoons, fabricados por un consorcio de Airbus, BAE Systems y Leonardo, y ha comprado municiones y aviones a la sueca Saab.

La lucrativa compraventa de fondos de inversión desde la elección de Trump (vender fondos de fabricantes de armas estadounidenses y comprar fondos de fabricantes de armas europeos) son un indicador del auge esperado en el complejo militar-industrial europeo. (Fuente: ENAAT)

La Comisión Europea estima que cada país deberá gastar 500 mil millones de euros más en defensa en la próxima década. Sin embargo, el gasto común en defensa de la UE es la mitad: llegó a los 270.000 millones de euros en 2023. Solo el 20 por ciento ha sido colaborativo y representado compras a proveedores con sede en la UE. Los grupos expertos concluyen que nunca ha habido un “verdadero mercado paneuropeo de adquisiciones de defensa, sino más bien… [27 mercados] cercados con barreras legislativas de entrada, destinadas a proteger las industrias de defensa nacionales”. Las barreras son políticas: los países miembros no quieren que su defensa nacional se dicte desde Bruselas.

¿Cómo financiarlo? La UE recurrió a un truco de magia cuando se dispuso a activar la “cláusula de escape” fiscal que permite a los estados miembros exceder los límites comunes de deuda y déficit para el gasto de defensa nacional. Aunado a esto, es probable que se den cambios en el mandato del Banco Europeo de Inversiones, lo cual también se espera que tiente al capital privado a invertir más en la defensa continental.

Un fuerte aumento de las inversiones en la industria de defensa local provocará debates de “fabricar versus comprar”. Tradicionalmente la postura liberal de mercado y la atlanticista asociada con Alemania, los países bálticos, el Reino Unido y Polonia se han posicionado del lado de la “compra” en el debate, optando por importar equipo de defensa de Estados Unidos. Más de las tres cuartas partes de las compras de defensa de los estados miembros de la UE desde la invasión rusa de Ucrania fueron de fuera de la UE, de las cuales casi dos tercios proceden de Estados Unidos.

A la postura atlanticista se opone la soberanista, o la autonomista estratégica, asociada con Francia, que quiere construir un complejo industrial militar europeo más grande. Francia tiene un gran sector armamentista; es el tercer exportador más grande después de Estados Unidos y Rusia. Es más dirigista que Alemania y sus compañeros liberales: su ley de presupuesto militar para 2023 permite expropiar su industria nacional, pero se está enfrentando a la rivalidad fortalecida de Turquía, Israel y Corea.Existe un dilema paralelo en la tecnología de energía limpia, donde ciertas industrias, como la fabricación de energía solar fotovoltaica, prácticamente se han perdido en Europa. Estas industrias, como describió el Informe de Mario Draghi sobre los esquemas de competitividad europea, tienen razones para aumentar la fabricación en Europa, en especial cuando hacerlo conlleva beneficios estratégicos, de seguridad o tecnológicos.

Dos geografías: inversiones europeas en tecnología militar y limpia. (Fuentes: Centro Delàs; Breugel)

Con cientos de miles de millones de euros en defensa e inversiones industriales verdes en el horizonte, ¿podrá surgir una nueva política de crecimiento en Europa? Es probable que la mayor inversión estatal en defensa y sectores ecológicos lleve a un crecimiento económico más rápido. Que esto se traduzca o no en inversiones sociales más amplias dependerá de las negociaciones políticas que ocurran en cada país, pero están limitadas, al menos en parte, por oportunidades fiscales y cuestiones de coordinación a nivel de la UE.

Alinear la acción climática con el armamento militar corre el riesgo de fomentar el nativismo en una era de creciente migración impulsada por la crisis climática y predominio de la extrema derecha. Sin embargo, la “seguridad energética” es un componente intrínseco de los nuevos objetivos de “seguridad-seguridad” de Europa. Si la “seguridad” va a dominar la siguiente fase del proyecto europeo, ¿cómo serán las luchas por las agendas climáticas y sociales?

La transición energética y la fractura transatlántica pueden ser la base para nuevas alianzas basadas en algo más que los combustibles fósiles, como Pierre Charbonnier ha argumentado. Para países como Brasil, India y países africanos ricos en bosques tropicales y minerales, “¿Qué les ofrecemos a estos países para que se pongan de nuestro lado? Europa debería basar su política exterior en una respuesta coordinada a la cuestión climática”.

La camisa de fuerza fiscal de Europa y la falta de inversión productiva dañaron su seguridad, sus objetivos climáticos y su capacidad de colaboración internacional. Bruselas se está esforzando ahora de manera intensiva, aunque inconexa, en el intento de hacer del continente un polo soberano y gestionar los dilemas que plantea la política industrial verde y de defensa. Hasta ahora ha mostrado poco interés por reformas de amplio alcance de las instituciones de Bretton Woods que paralizan el gasto en soluciones a la crisis climática y en el desarrollo en el sur global.

La virtual destrucción de la mayoría de las iniciativas de poder blando de Estados Unidos no aumenta mecánicamente la conveniencia o solidez de programas europeos como sus MDE sobre minerales con Namibia, la República Democrática del Congo, Ruanda y Zambia; del mismo modo que una agenda sofisticada de política y financiación industrial de defensa y energía limpia no abordará automáticamente la desafección de las poblaciones europeas que votan por partidos de extrema derecha. El dinero no compra la soberanía; la construcción de una nación, como debería recordarles a los gobiernos europeos el heroísmo que han mostrado las personas ucranianas comunes y corrientes, tiene que ver con la cuestión política fundamental de por qué vale la pena luchar y morir.

Este ensayo fue traducido del inglés al español por Adriana Nodal-Tarafa.

The Polycrisis es una publicación enfocada en cuestiones macroeconómicas, de seguridad energética y geopolítica.

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