Análisis
Aportes críticos de Aníbal Pinto
Estilos de desarrollo y heterogeneidad estructural en América Latina
Aún es demasiado pronto para comprender plenamente las condiciones que han propiciado el auge mundial de la extrema derecha durante la última década. Sin embargo, la profundización de las divisiones materiales dentro de las clases trabajadoras parece haber desempeñado un papel clave, desmoronando las solidaridades históricas que en su día constituyeron la base de la política de izquierdas. Si bien el implacable afán del capital por acumular “divisiones y diferencias dentro de la clase trabajadora” no es nada nuevo, el neoliberalismo parece haberlo intensificado.
Dylan Riley sugirió recientemente que, en el caso de los países ricos, el problema “no es tanto que los trabajadores en su conjunto se estén volviendo hacia la derecha, sino que la clase está fundamentalmente fracturada por los intereses materiales derivados de la posición de mercado de sus partes constitutivas”. Una fractura que ha sido aprovechada por el movimiento MAGA.
La tradición de la economía política crítica en América Latina tiene mucho que decir sobre esta dinámica de división entre las clases trabajadoras. En la década de 1970, caracterizada por un álgido desarrollo del pensamiento crítico en la región, una preocupación central era comprender cómo las características sectoriales de la acumulación de capital afectaban a la estructura de clases, y cómo los cambios en esta última condicionaban a su vez la política de desarrollo. La estratificación cambiante de la fuerza de trabajo estaba en el centro de los esfuerzos por investigar la transformación de la estructura económica y sus implicaciones políticas.
Pocos llevaron esta línea de investigación más lejos que el economista chileno Aníbal Pinto. Al aunar el pensamiento estructuralista de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL) y el análisis de la política de clases desarrollado por los teóricos de la dependencia, Pinto desarrolló un método para investigar las sociedades capitalistas que fue notablemente perspicaz en su momento y que sigue arrojando luz sobre los dilemas actuales. Este año se cumple el quincuagésimo aniversario de uno de sus artículos más importantes, «Estilos de desarrollo en América Latina». Para conmemorar la ocasión, contextualizaré brevemente la obra de Pinto dentro de los debates contemporáneos sobre el desarrollo y mostraré cómo llevó a cabo una síntesis creativa de la teoría cepalina y dependentista.
Nacido en Chile en 1919, Pinto se incorporó a la CEPAL en 1957 y permaneció en la institución hasta su muerte en 1996. La historia que quiero contar comienza a principios de la década de 1950, unos años antes de que él entrara en escena, cuando la economía del desarrollo aún se encontraba en sus primeros pasos.
Grandes esperanzas
En aquella época, el desarrollo se entendía esencialmente como industrialización. La visión estándar la proporcionó Arthur Lewis, quien, en su artículo clásico de 1954, entrelazó diversos conceptos tomados de otros economistas para crear un modelo unificado, basado en la suposición de que las economías periféricas se dividían en dos sectores: uno capitalista y otro de subsistencia. El sector capitalista se definía por el uso de “capital reproducible”, mientras que el sector de subsistencia se refería a la vasta reserva de trabajadores subempleados, desde campesinos hasta trabajadores ocasionales urbanos y domésticos. Lo cual era considerado por Lewis como una oferta “ilimitada” de mano de obra.
En este marco, el desarrollo significaba reasignar la mano de obra del sector de subsistencia al sector capitalista; es decir, fomentar una industria manufacturera y promover una transformación capitalista de la agricultura campesina. La principal barrera para esta reasignación era la acumulación de capital, ya que se necesitaría construir fábricas y comprar maquinaria para poder emplear mano de obra en el sector capitalista. Pero una vez iniciado el proceso, este tendía a cobrar impulso.
Dada la oferta ilimitada de mano de obra, los capitalistas podían contratar a los trabajadores pagándoles poco más que el ingreso medio—muy bajo—del sector de subsistencia, de modo que las ganancias tendían a ser elevadas. En opinión de Lewis, los fondos para aumentar el stock de capital provendrían precisamente de estas ganancias. De ahí el proceso acumulativo: las ganancias permitían la acumulación de capital que, a su vez, absorbía mano de obra hacia el sector capitalista, aumentando aún más las ganancias y acelerando así la acumulación. “Una vez que ha surgido un sector capitalista”, escribió Lewis, “es solo cuestión de tiempo que adquiera una dimensión considerable”.
Los datos disponibles sugieren que, al menos durante un tiempo, el “sector capitalista” sí creció en algunas partes de la periferia global. La participación de la industria manufacturera en el PIB, por ejemplo, aumentó entre 1950 y 1960 del 19% al 30% en Brasil, del 15% al 19% en Taiwán y del 16% al 20% en Sudáfrica. Brasil alcanzó la participación promedio de las economías avanzadas, que subió del 29% al 30% en la década de 1950. Para América Latina en su conjunto, la participación de la industria manufacturera se aproximó a ese nivel una década después, a principios de la década de 1970. Además, los países pioneros (como Brasil, Corea del Sur, Taiwán y Turquía) vieron cómo su PIB per cápita y sus niveles de productividad laboral se acercaban a los del núcleo capitalista entre las décadas de 1950 y 1970. Si bien algunos países asiáticos mantuvieron esta tendencia después de la década de 1980, América Latina experimentó un retroceso en sus ganancias.
Tensiones
Las implicaciones sociales y políticas del desarrollo ya habían comenzado a preocupar a los cepalinos en la década de 1960, dos décadas antes de que se hicieran patentes. A pesar del avance continuo de la producción manufacturera, su capacidad para absorber el excedente de mano de obra se redujo rápidamente. En 1968, Albert Hirschman señaló un “desencanto considerable” con la industrialización como “solución concreta al problema del desarrollo” y señaló, con cierto tono irónico, que “¡se esperaba que la industrialización cambiara el orden social y lo único que hizo fue suministrar productos manufacturados!”.
La predicción fundamental del modelo básico de Lewis quedó aparentemente refutada por la experiencia histórica—aunque cabe reconocer que el propio Lewis se mostrara más cauteloso en algunos de sus escritos—. Mientras que él había pensado que el dualismo entre los sectores capitalista y de subsistencia era solo una fase transitoria, y que el primero acabaría absorbiendo al segundo, en realidad esta polaridad persistió. De hecho, el sector capitalista siguió creciendo, pero atrajo cada vez menos mano de obra del sector de subsistencia. Esto convirtió la división de las clases trabajadoras periféricas, divididas entre trabajadores asalariados y grupos marginados, en una aflicción permanente.
En 1964, Pinto comentó sobre el “carácter agudamente desequilibrado” del desarrollo económico latinoamericano, que se manifestaba con mayor claridad en la “marginación de las poblaciones rurales y de las periferias urbanas”. Unos años más tarde, se refirió al crecimiento de la “masa marginada de las periferias urbanas” como “el fenómeno más significativo de las últimas décadas”. En lugar de la absorción gradual del sector de subsistencia por parte del sector capitalista, la expansión de la industria capitalista había llevado a la multiplicación de los barrios marginales.
Un informe de 1961 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sugería que uno de los factores impulsores de este “problema de empleo” era la “elección de técnicas”: la industrialización era excesivamente intensiva en capital, inadecuada para la dotación de factores que prevalecía en la periferia.1Merece la pena leer la (<)a href='https://doi.org/10.1017/S1740022818000372'(>)historia de los esfuerzos de la OIT(<)/a(>) para abordar este tema, escrita por Aaron Benanav. En términos sencillos, esto significaba que la industria manufacturera dependía demasiado de la mecanización en lugar de aprovechar la abundancia de mano de obra. Mientras que la mecanización, o “profundización” del capital, era lo esperado en un modelo como el de Solow, que asumía la escasez de mano de obra, Lewis argumentó explícitamente que una oferta ilimitada de mano de obra permitiría una “ampliación” ilimitada del capital.
En el mundo de los economistas convencionales eso podía parecer lógico, pero resultaba totalmente contradictorio al curso real del desarrollo—y, por supuesto, con las predicciones de otros economistas como Nicholas Kaldor (véanse sus “leyes del crecimiento”)—. A medida que se multiplicaban las chimeneas en la periferia, se elevaban los ratios de capital/mano de obra. Simplemente no era realista suponer que se pudiera producir acero, automóviles o electrodomésticos con herramientas sencillas, sustituyendo la maquinaria cara y las instalaciones modernas por un mayor número de trabajadores. La tecnología era mucho menos flexible de lo previsto.
A mediados de la década de 1960, el economista brasileño Celso Furtado, uno de los cepalinos más influyentes, revisó el modelo de Lewis para tener en cuenta el carácter intensivo en capital de la industrialización periférica. Para Furtado, era importante tener en cuenta las condiciones de la demanda a las que se enfrentaba el “sector capitalista”: la oferta ilimitada de mano de obra implicaba ingresos estancados para la gran mayoría, lo que significaba que no se desarrollaría un mercado de consumo masivo en auge. Por el contrario, los ingresos que se quedaban los ricos y los trabajadores de «cuello blanco» tendían a crecer de forma significativa, creando un mercado rentable para los bienes de lujo, cuya producción intensiva en capital reducía la capacidad de la industrialización para transformar la estructura general del empleo.
En otras palabras, Furtado pronosticó que el agotamiento de la oferta ilimitada de mano de obra se pospondría indefinidamente. En su modelo, los salarios estancados polarizaron el mercado de consumo, sesgaron la industrialización hacia sectores intensivos en capital, desaceleraron la creación de empleo y afianzaron el estancamiento de los salarios.
Reflexión crítica
Los cepalinos no solo se preocupaban por los aspectos económicos de la experiencia latinoamericana. También reaccionaban ante la agitación política que entonces envolvía a la región. Los cinco años transcurridos entre la toma del poder por las fuerzas revolucionarias en Cuba (1959) y el golpe militar en Brasil (1964) resultaron decisivos para la CEPAL, como ha demostrado Margarita Fajardo. Bajo la presión de los miembros más izquierdistas del personal de la comisión, Raúl Prebisch—entonces secretario general de la comisión—accedió a establecer una misión técnica para ayudar al gobierno de Fidel Castro.
El plan seguía los pasos de anteriores misiones de la CEPAL en la Argentina, Brasil y Chile, impartiendo formación sobre técnicas de planificación y ayudando a formular la política económica. Sin embargo, la misión en Cuba fue mucho más controvertida, lo que situó a la CEPAL en medio del fuego cruzado entre la isla caribeña y Estados Unidos. Preocupado desde el principio por las implicaciones políticas de la participación de la comisión, y como resultado de la presión del Departamento de Estado de Estados Unidos, Prebisch puso fin a la misión de forma unilateral en 1960.
Al año siguiente, el Gobierno de Estados Unidos puso en marcha un programa de ayuda para América Latina denominado Alianza para el Progreso, en respuesta a la revolución cubana. El objetivo era contener la propagación de los movimientos revolucionarios en la región. Inicialmente se pidió a la CEPAL que contribuyera a su diseño y esta aceptó asumir la tarea. Aunque pronto quedó marginada, el daño a su reputación ya estaba hecho. Como escribió Fajardo, “la posición de la CEPAL había pasado de ser aliada de la revolución [cubana] a ser socia de los contrarrevolucionarios, especialmente al alinearse con el programa de ayuda exterior de Estados Unidos”. La imagen de la comisión se transformó “de encarnar una revolución contra la desigualdad global a ser una fuerza contraria al cambio radical y la justicia social”.
Mientras tanto, en Brasil Furtado, que había dejado la CEPAL unos años antes, dirigía ahora la SUDENE, una agencia gubernamental centrada en el desarrollo de la región más pobre del país. Limitado por la falta de recursos, puso sus esperanzas en obtener fondos de la Alianza para el Progreso. El gobierno de Estados Unidos, sin embargo, tenía otros planes, y destinó el dinero a lo que Furtado calificó de “simples operaciones de fachada”. Más significativo aún, a medida que el gobierno brasileño comenzaba a inclinarse hacia la izquierda para hacer frente a las condiciones de un conflicto de clases cada vez más profundo, los fondos de la Alianza se redujeron y la CIA intervino para respaldar un golpe militar. Poco después, Furtado se vio obligado al exilio, y regresó a la CEPAL, en Santiago de Chile.
Desacreditados ante la izquierda y desestimados por el gobierno estadounidense, los cepalinos perdieron influencia y se volvieron vulnerables a los desafíos de sectores más radicales, lo que allanó el camino para los teóricos de la dependencia. En una entrevista en 1971, Pinto señaló que «La Alianza para el Progreso fue el canto del cisne del enfoque de la industrialización, de la reforma agraria moderada”. Mientras que “la Revolución Cubana [y] el estancamiento de América Latina precipitaron la reflexión crítica”.
Estilos de desarrollo
El análisis de Furtado sobre el sesgo de la industrialización hacia los lujos, presentado tras el golpe militar en Brasil, fue su primer intento de ajustar su perspectiva teórica a la experiencia de la derrota política. Pinto, que había dirigido la oficina de la CEPAL en Brasil durante la primera mitad de la década de 1960, había observado esta derrota de cerca. Su primera reacción, en un artículo publicado en 1964 bajo un seudónimo, fue centrarse en la dinámica política que condujo a la toma del poder, en contraposición a las condiciones económicas. Su punto de partida fue el argumento de Lenin de que una situación prerrevolucionaria requiere tanto una profunda crisis del orden existente como un instrumento político revolucionario capaz de aprovecharla, con el apoyo de una parte significativa de las clases trabajadoras.
En opinión de Pinto, la ausencia de tal instrumento en Brasil fue lo que permitió a los militares intervenir y preservar el orden dominante. Esto, argumentó, fue el resultado del fracaso de los partidos de izquierda a la hora de abordar el carácter fracturado de las clases trabajadoras. El Partido Comunista no había llegado al nuevo proletariado industrial ni a las periferias urbanas, mientras que “el movimiento político en las zonas rurales ha sido fragmentario y esporádico, sin lograr integrarse orgánicamente con la frágil maquinaria política de la izquierda”.
En 1970, de vuelta en Santiago para dirigir la División de Desarrollo de la CEPAL, Pinto centró su atención en el concepto de “heterogeneidad estructural”, resultado de la “gran contradicción” del modelo de desarrollo latinoamericano sobre el que había escrito Furtado. América Latina había intentado reproducir la estructura productiva de la “sociedad de consumo opulenta” del núcleo capitalista con niveles de renta per cápita mucho más bajos.
El resultado fue que el crecimiento dependía cada vez más de la demanda de consumo de los muy ricos, ante la ausencia de un mercado de consumo de masas que pudiera permitirse los bienes producidos. Haciendo eco de las premisas de Furtado, Pinto argumentó que esto implicaba una inversión de la tendencia esperada hacia la homogeneidad económica en términos de niveles de ingresos y productividad: “la capacidad de irradiación o de arrastre del ‘sector moderno’ resultó ser, como mínimo, mucho más débil de lo esperado. De este modo, en lugar de un avance hacia la ‘homogeneización’”’ de toda la estructura, se observa una profundización de su heterogeneidad”.
Desde mediados de la década de 1960 hasta mediados de la de 1970, algunas economías latinoamericanas demostraron que este modelo podía sostenerse, al menos desde el punto de vista del capital, a pesar de su “gran contradicción”. Si bien el proceso acumulativo reproducía las fracturas en las clases trabajadoras, impidiendo el agotamiento de las reservas ilimitadas de mano de obra, no condujo al estancamiento, como Furtado había supuesto. A principios de la década de 1970 Maria da Conceição Tavares y José Serra, bajo la dirección de Pinto, analizaron el llamado milagro económico brasileño—el repentino crecimiento impulsado por la dictadura militar—como refutación del estancamiento de Furtado. “El capitalismo brasileño se desarrolla satisfactoriamente”, escribieron, mientras que “la mayoría de la población permanece en una situación de gran privación económica, y esto se debe principalmente al dinamismo del sistema o, más bien, al tipo de dinamismo que lo caracteriza”.
Furtado no había considerado seriamente la posibilidad de que América Latina pudiera seguir creciendo e industrializándose sin abordar la marginación persistente de la mayoría de los latinoamericanos. Le correspondió a Tavares, Serra y, especialmente, a Pinto desvincular el proceso acumulativo del estancamiento que predijo. No era necesariamente un círculo vicioso lo que conducía al bajo crecimiento; más bien podía ser una espiral de desigualdad que generaba altas tasas de acumulación de capital. En un destacado artículo de 1976 sobre los “estilos de desarrollo”, Pinto expuso este argumento de forma sistemática. Al igual que Lewis había codificado su optimismo en 1954, Pinto hizo lo mismo con el desencanto y la derrota dos décadas más tarde.
Pinto definió un estilo de desarrollo como un proceso acumulativo entre las estructuras de la demanda (el patrón de demanda y la distribución de la renta) y la oferta (la composición sectorial de la producción y el empleo), tal y como se muestra en la siguiente figura. Un aumento significativo de la desigualdad—como el promovido por la dictadura brasileña, que redujo el salario mínimo y reprimió a los sindicatos—desplazó el patrón de consumo hacia los artículos de lujo que, en aquel momento, incluían automóviles y electrodomésticos. Los datos presentados por Pinto mostraban que, en 1970 el 85 por ciento de los vehículos en América Latina se vendían al 10 por ciento más rico de la población, junto con el 74 por ciento de los muebles y el 50 por ciento de los aparatos eléctricos y mecánicos. El aspecto más importante de un estilo de desarrollo, argumentaba, era “para quién” producía.
Un patrón de consumo tan sesgado se reflejaría en la composición sectorial de la producción y el empleo, creando pocos puestos de trabajo—en relación con la tasa de crecimiento—y ampliando de manera desproporcionada los puestos directivos. Como resultado, la polarización de la distribución de los ingresos, que separaba a la gran mayoría con salarios estancados de la minoría de capitalistas y profesionales integrados, se ampliaría y el ciclo volvería a comenzar. Este estilo de desarrollo era “un fenómeno acumulativo que refuerza gradualmente las tendencias hacia una mayor… desigualdad”.
En una simulación presentada hacia el final del artículo, indicó que la continuación de ese estilo de desarrollo reduciría la proporción de la población activa latinoamericana subempleada del 53 al 45 por ciento entre 1970 y 2000. A este ritmo, el agotamiento de la oferta ilimitada de mano de obra tendría que esperar hasta mediados del siglo XXII.

Marxista keynesiano
Contra el catastrofismo que atribuía a algunos teóricos de la dependencia, Pinto insistió en esbozar posibles alternativas. Sin embargo, al ser un analista político tan meticuloso tanto como su ser economista, no evaluó dichas alternativas únicamente desde una perspectiva técnica, sino que discutió en profundidad las condiciones políticas que podrían permitir su realización. (Le gustaba invocar la frase de Marx en el Dieciocho de Brumario de que los hombres hacen la historia, pero en condiciones ya dadas.)
En 1968, por ejemplo, había ofrecido un detallado análisis de clases del caso chileno, trazando un mapa de las diferentes fracciones de las clases dominantes y trabajadoras, y examinando cuidadosamente los obstáculos para construir una mayoría popular. Cuando Salvador Allende fue elegido presidente en 1970 y comenzó a construir el “camino chileno hacia el socialismo”, Pinto señaló que “Allende captó con gran claridad las tareas fundamentales” y añadió que estaba “impresionado por la seriedad del proceso chileno y de sus líderes… por su rechazo al populismo y a las alternativas fáciles”.
Interpretó la elección de Allende como el ascenso al poder de la fracción organizada de las clases trabajadoras y argumentó que la cuestión decisiva para el futuro de Chile era si la izquierda sería capaz de cumplir la “tarea histórica” de la “incorporación real” de las masas marginadas a la sociedad. La respuesta, por supuesto, fue anticipada por el golpe de Estado orquestado por Pinochet en 1973.
Este tipo de estudio, que examina la dinámica de las estructuras de clase de las sociedades periféricas y sus implicaciones políticas, se asocia hoy en día con los teóricos de la dependencia, pero Pinto ya lo había emprendido en 1963, en paralelo a su trabajo sobre la heterogeneidad estructural y los estilos de desarrollo. La importancia de conceptualizar los estilos de desarrollo radicaba en ofrecer una forma de analizar, conjuntamente, las características sectoriales de la acumulación de capital (con sus consecuencias macroeconómicas) y la transformación de la estructura de clases y la lucha de clases, combinando así las mejores ideas de los cepalinos y los dependentistas.
El enfoque de Pinto, en otras palabras, apunta hacia una sofisticada economía política del desarrollo que se toma en serio tanto la política como la economía. Esto es algo cada vez más difícil de encontrar, a medida que la especialización disciplinaria sigue esterilizando el pensamiento crítico. Al describir su bagaje teórico, Pinto dijo que era “una especie de marxista keynesiano” y que, para él y su generación, el pensamiento de la CEPAL ofrecía una “gran perspectiva para la interpretación del fenómeno latinoamericano”. Sus discípulos vieron de cerca el potencial de esta combinación y lo aprovecharon. “Todo mi pensamiento herético”, señaló Tavares, “lo heredé de él”.
El poder del legado de Pinto se manifestó en algunos análisis de la marea rosa latinoamericana de la década de 2000 y principios de la de 2010, los cuales se basaron en las tesis de los estilos de desarrollo para examinar el patrón sectorial de acumulación y sus implicaciones macroeconómicas, distributivas y políticas. Los trabajos sobre los casos de Brasil y Argentina identificaron una espiral igualadora en la que, paradójicamente, la disminución de la desigualdad salarial y la regresión estructural interactuaban de manera acumulativa. Este estilo de desarrollo también redujo los beneficios y la participación en la renta de las clases medias, poniendo de relieve el conflicto de clases, al tiempo que concentraba a las clases trabajadoras en sectores con escasa sindicalización.
El análisis de la economía política de esta experiencia reciente es, sin duda, un punto de partida relevante para comprender la crisis que siguió y el auge de la extrema derecha en estos países. Mientras tanto, en el núcleo capitalista, la investigación sobre la dualidad y la dinámica sectorial se ha inspirado hasta ahora principalmente en los escritos de Lewis—que, por muy perspicaces que sean, tienden a pasar por alto la interacción acumulativa entre las estructuras de la oferta y la demanda y sus implicaciones dinámicas para la estructura de clases. Medio siglo después de su ensayo histórico, los aportes críticos de Pinto tienen todavía mucho que enseñarnos.
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